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Hastío

Los políticos de nuestro polvoriento país han adquirido la fastidiosa manía de mostrarse durante estas fechas bastante más locuaces que de costumbre. En realidad no callan.

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Coscubiela: En 48 horas negras se han pulido la reivindicación del referéndum

Joan Coscubiela, interviene en el Parlament de Catalunya. EFE

Tengo la impresión, no sé si acertada o no, que cada día hay más gente aburrida, hastiada, que detesta el ruido de la política y se pasa al bando de la naturaleza donde los rábanos, los tomates, las sandías y las coliflores crecen en el silencio más absoluto.

Con la llegada del otoño alguna gente bienintencionada, suele tomar la determinación, septiembre tras septiembre, de desechar de sus vidas el ruido de la política para escuchar tan sólo el rumor del viento entre los árboles, el lento deambular de unos bueyes arrastrando toneladas de nada o los latidos de su propio y desorientado corazón. Lo cierto es que esta tarea no suele resultar nada sencilla, mucho más en este inicio de curso en el que como de costumbre andamos enredados en cuestiones de identidad en lugar de ocuparnos de lo verdaderamente importante, o sea, de la reforestación del país, la regeneración hídrica, el desarrollo tecnológico, la educación del ciudadano, la cohesión social, la reorganización demográfica o la investigación judicial que limitara la colosal corrupción urbanística que ha tenido lugar en nuestros ayuntamientos, pero no, estamos enredados, de nuevo, en cuestiones identitarias porque aún no hemos encontrado nada que nos excite tanto como prolongar nuestra adolescencia hasta la tumba; lugar donde, muy a nuestro pesar, adquiriremos 'ad eternum' nuestra definitiva identidad....

Los políticos de nuestro polvoriento país han adquirido la fastidiosa manía de mostrarse durante estas fechas bastante más locuaces que de costumbre. En realidad no callan. Han sobrevivido a las insolaciones, a los incendios forestales, a las picaduras de insectos, a las paellas de los chiringuitos y necesitan demostrarlo, así que no terminan de pronunciar una frase cuando ya están mascullando otra; de hecho basta que cometas la imprudencia de hojear un periódico, encender la televisión, darte un garbeo por el dial de la radio o adentrarte en Twitter para tropezarte con cualquiera de ellos soltando lastre, es decir, llenándolo todo de nada, desperdiciando neuronas, sentenciando nimiedades, en definitiva, chapoteando en la superficie de la realidad como voluminosos cetáceos encantados de haberse conocido...

No hay asunto que no les concierna ni acontecimiento en el que no intervengan de modo que si se convoca un coloquio con el fin de debatir la influencia de la gonorrea en la poesía francesa de mediados del XIX o se conmemora el aniversario del primer atraco perpetrado por algún banquero estilizado, chusco, meticuloso, bien peinado y por supuesto moderadamente liberal, lo único que realmente se puede garantizar es la asistencia de algún que otro profesional de la política dispuesto a derramar su opinión por todas partes como si fuera el sosias de Francisco Marhuenda.

Nada tengo en contra de esta costumbre. Nada; dios me libre. Pero debido a ella comprendo que las aspiraciones de alguna gente hastiada de la política y de los políticos se limite a cultivar zanahorias, a rascarse los sobacos, a mirar las nubes pasar, a dejarse las uñas en el barro de un jardín minúsculo y a contemplar el brote silencioso de la albahaca, de los pimientos o de las lechugas mientras meditan construcciones huecas, escuchan el canto del mirlo común o releen las obras completas de Josep Pla ahora que parece tan necesario atender a la palabra de un catalán inteligente...

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