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¿Y el propósito de la enmienda?

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En 1977, cincuenta años después de su ejecución, el gobernador por Massachusetts, Michael Dukakis, rehabilitó a los anarquistas Sacco y Vanzetti, condenados en ausencia de un juicio con garantías. En 2013, casi sesenta años después de su suicidio, el gobierno de la reina Isabel II exoneró de sus cargos al matemático y homosexual Alan Turing, a quien hemos recordado recientemente en la película 'The imitation game'. Quince años después de su asesinato, el Gobierno vasco ha expresado oficialmente su reconocimiento a Fernando Buesa y a su escolta, el ertzaina Jorge Díez, al igual que al consejero José Ramón Recalde, gravemente herido en otro atentado.

En este caso no se trata de rehabilitar o exonerar a ningún reo injustamente tratado, sino de realizar una reflexión autocrítica por parte del Gobierno “ sobre lo que no se ha hecho, o se ha hecho de una manera silente o se ha hecho tarde; o sobre lo que nos ha dividido frente a lo que nos une del modo más real y auténtico: el rechazo a la violencia y la solidaridad con las víctimas”. Sin citarlo expresamente, se recuerdan aquellos días del Gobierno de Ibarretxe, gélidos con las víctimas, ajenos a la profunda significación del crimen político, del magnicidio que suponían estos casos –Buesa había sido vicepresidente del Gobierno vasco y diputado general de Álava-, y pragmáticos hasta la náusea: se volvía al acuerdo con el brazo civil de los asesinos en cuanto se había despejado la polvareda de la conmoción. Como bien ha respondido la Fundación Fernando Buesa en una nota, han pasado quince largos años, pero es de buen recibo el reconocimiento. Nunca es tarde si la dicha es buena.

La nota gubernamental tiene algunos párrafos esperanzadores, ahora que se discute acerca de cómo se recordará la historia del terrorismo en Euskadi. Se recordará, supongo, a partir de un diagnóstico acerca de qué fue lo determinante para que este comenzara y se mantuviera en el tiempo. He ahí la cuestión. Y en la breve nota hay contundencia y tino. Dice que se ha tratado de “ crímenes amparados en una estructura perversa que considera que matar a un semejante que piensa diferente es un medio legítimo de obtener fines políticos”. Dice que ocurrió “ porque grupos y personas consideraron que la defensa de una convicción tenía más valor que la dignidad humana”. Y remata diciendo que “ ninguna certeza debe situarse, como si fuera un valor absoluto, por encima del valor de los derechos humanos”. Inmanuel Kant parece haber redactado la nota a partir de su imperativo categórico: piensa en el ser humano como un fin, no como un medio.

El problema de la declaración gubernamental del otro día no es que llegue quince años tarde. Lo peor es que no es consecuente con lo que el gobierno hace en ese asunto y su Plan de Paz y Convivencia es la mejor constatación

Hay un problema: esto ya lo hemos vivido más veces. Recordaré solo tres, entre otras más. El largo documento del Acuerdo de Ajuria Enea (1988) señalaba que la opción de la violencia tenía por objeto “ imponer modelos políticos alternativos”. Es decir, que se entendía que no era una reacción ante unas garantías políticas inexistentes o limitadas, sino una opción de parte, una elección estratégica para hacer prevalecer una propuesta política al margen de los mecanismos de competición democrática y cívica. Todavía lo reiteró con más claridad el lehendakari Ardanza en una conferencia suya en la Fundación Sabino Arana, terminando 1992: “ El conflicto que está en la base de la violencia no consiste en un contencioso no resuelto entre el Pueblo vasco y el Estado español, sino en que una minoría de vascos se niega a aceptar la voluntad de la mayoría y emplea para imponer la suya el instrumento de la ‘lucha armada’”. Y qué decir del punto tercero de la declaración de la Mesa de Ajuria Enea tras el asesinato de Miguel Ángel Blanco (1997): “ [El pueblo] no puede creer que esté conviviendo con tanta gente a la que este vil asesinato no le provoque una palabra de protesta, un gesto de compasión, un grito de condena”. En consecuencia, todos los partidos abajo firmantes se negaban a actuar “ en la defensa de ninguna causa, por legítima que en sí sea, con quienes con su palabra de apoyo o con su silencio cobarde se han hecho cómplices de tan abominable asesinato”. La historia ha ido impugnando una tras otra tan contundentes declaraciones. El pragmatismo de la política se ha impuesto siempre.

Ahora volvemos al hoy. “ El error no estaba en las imperfecciones del sistema democrático, el error estaba en la pretendida ‘pureza’ del dogmatismo que amparó y promovió el recurso sistemático al terrorismo”. Eso afirma el documento del gobierno vasco del pasado viernes 20 de febrero. A la cabeza de las causas por las que algunos optaron por continuar con el terrorismo como estrategia política estaba una elección hecha por su parte, no otra cosa. Pues bien, ¿por qué no trasladan la rotundidad de esa declaración a la filosofía de su Plan de Paz y Convivencia? ¿Cómo contestar al exrector Pello Salaburu el otro día cuando les espetó que de nada valía tal plan si en el mismo no aparecían las palabras asesinato, extorsión o secuestro? ¿En qué ha consistido entonces esto del terrorismo? Y no es cuestión de palabras, por supuesto, sino de las acciones y estrategias que se desprenden de ellas.

El problema de la declaración gubernamental del otro día no es que llegue quince años tarde. Lo peor es que no es consecuente con lo que el Gobierno hace en ese asunto. No tiene ni un ápice de rotundidad su plan a la hora de dejar claro que este fue un combate entre el totalitarismo absolutista y la democracia relativista, y no entre vascos que opinaban de maneras diferentes, o de 'vascos equivocados' contra los demás. Ni tampoco que las circunstancias del entorno justificaran o empujaran a la acción violenta. Mientras esas rotundidades sean solo discursivas, para las ocasiones en que la urgencia social o el incomodo de la historia te soplan la nuca, habrá que pensar que la convicción no es mucha, que el pragmatismo instrumental, utilitarista, sigue mandando aquí. O que seguimos gobernados por democristianos afectos a una lectura equivocada de ese renglón de la Biblia que dice que tu mano derecha no sepa lo que hace la izquierda. Un gobierno donde en una puerta de Lehendakaritza está el redactor de esa declaración y en la de al lado el responsable del dichoso plan.

El sacramento católico de la penitencia tiene cinco pasos. Uno de ellos es el propósito de la enmienda, la voluntad de corregir en la práctica una mala acción anterior. ¿Puede explicar el lehendakari Urkullu en qué va a consistir ese propósito y cómo afecta ello a la filosofía de su esquivo plan?

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