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PSC-PSOE ¿Vale la pena?

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La reciente carta abierta de Carme Chacón pidiendo al PSC que se desvincule “abierta y rotundamente de cualquier iniciativa de ruptura con España” persevera en el debate sobre las relaciones entre PSOE y PSC, que son tildadas a menudo de difíciles y ocasionalmente hasta de hostiles. Y a pesar de las frecuentes opiniones contrapuestas, el PSC ha roto la disciplina de voto en el Congreso solo una vez en 35 años. Más que una relación hostil, parece una de esas parejas (perdón por el estereotipo) en las que la esposa se esfuerza por aparentar que le gusta el futbol y así acompañar al marido los domingos por la tarde, y el marido disimula su aburrimiento en la representación de ballet clásico del sábado por la noche, sólo para seguir así a su lado. Eso no es una relación hostil: es un esfuerzo prodigioso para mantener unas relaciones ejemplares. Y a pesar de lo ejemplar, quizá no valga la pena el esfuerzo. ¿Sería mejor admitir que a ella no le gusta el futbol y a él le aburre el ballet?

Que el PSOE no se siente del todo cómodo en política catalana no es ningún descubrimiento. Las elecciones autonómicas al Parlament solo le traen quebraderos de cabeza y ningún placer. Los programas electorales del PSC a menudo le ponen en aprietos (eso irá a más porque las convicciones de los electores catalanes y españoles se distancian) y regalan munición al PP. Y además, casi cada vez que el PSC ha perdido esas elecciones, se han interpretado como una derrota sufrida por la “familia socialista”. Pero cuando las ha ganado… entonces el PSOE ha sufrido todavía más. Durante los siete años que el PSC gobernó la Generalitat, la cantidad de aprietos en que se vio el PSOE aumentaron exponencialmente (la negociación del Estatut, el viaje a Perpiñán, y un largo etcétera).

El PSC tampoco está como pez en el agua en política española. Esta incomodidad proviene muchas veces de las trampas ratoneras que les tienden sus paisanos nacionalistas y a las que están expuestos sin remedio. La única pizca de felicidad que recibe el PSC en política española es algún ministerio de vez en cuando y la reputación de conseguir para Catalunya algunos favores de los gobiernos socialistas. Aunque no son malas pizcas, es iluso pensar que una mera federación catalana del PSOE no podría conseguir lo mismo. Frente a esta incomodidad del PSC, el PSOE está en su salsa cuando debate política española, incluso si el debate es en Catalunya. No hay imagen de mayor felicidad que aquella foto de Felipe en chaqueta de mitin, en unas generales… en Barcelona.

¿Deben seguir yendo los dos al futbol y los dos al ballet clásico? Está claro que los perjuicios de una ruptura superarían las incomodidades de la convivencia. Pero hay modelos de convivencia que permiten superar las incomodidades sin llegar a la ruptura. En el artículo “ Un PSOE-PSC a la alemana” Juan Rodríguez Teruel recomendaba la fórmula bávara para encauzar esa convivencia. Básicamente, la fórmula bávara consistiría en que el PSOE no tendría ningún tipo de representación en las elecciones autonómicas y municipales en Catalunya. En esas elecciones tan solo se presentaría el PSC, sin ningún “guion-PSOE” y con un programa independiente. Por el contrario, en las elecciones generales y europeas se presentaría una coalición entre dos partidos “hermanos”: el PSC y el PSOE. Es cierto que esa sería una fórmula beneficiosa para el PSC, pero no sería aceptable para el PSOE, que difícilmente admitirá que su organización nacional sea una coalición entre dos partidos en pie de igualdad. En cambio, Rodríguez Teruel desdeñaba precipitadamente la fórmula canadiense de la que es buen conocedor. Y es paradójico porque el modelo de relación que mantienen el Partido Liberal del Quebec y el Partido Liberal de Canadá podría ser interesante para este caso. Trasladada a España, la fórmula quebequesa podría operar de la siguiente forma.

Habría dos partidos distintos sin vinculación orgánica: el PSC (de ámbito solo catalán) y el PSOE (de ámbito español y con una federación también en Catalunya). Ambos tendrían militancia diferenciada (aunque compatible), finanzas independientes y personalidad jurídica propia. El PSOE renunciaría a presentarse en las elecciones autonómicas catalanas, cediendo todo el protagonismo al PSC, que se presentaría en solitario. A cambio, el PSC también renunciaría a presentar candidaturas a las elecciones generales y dejaría que lo hiciera el PSOE en solitario. Desde luego un modelo de convivencia de este tipo tendría algunos inconvenientes, pero tendría muchas ventajas, como por ejemplo evitar muchas de las incomodidades descritas más arriba al mantener claramente diferenciada su personalidad. Así, cuando el PSC perdiera elecciones autonómicas, el PSOE no debería sufrir por sus fracasos. Y cuando el PSC las ganara, el PSOE no debería avenirse a aquellas reivindicaciones que le ponen en aprietos. Igualmente, el PSC no debería resignarse a soportar aquellas posiciones del PSOE en política española que le disgusten. O al menos, no las debería soportar más de lo que soporta las posiciones de otros partidos españoles.

Desde luego, un posible reparo radicaría en si el PSC podría afrontar unas autonómicas sin el sustento de los socialistas españoles, ya que buena parte de sus votantes se identifican con el PSOE más que con el PSC. El gráfico 1 muestra que los liberales quebequeses han logrado buenos resultados sin el apoyo de sus colegas canadienses: en sus elecciones provinciales suelen lograr entre 12% y 18% más de lo que consiguen sus colegas en las federales. Desde luego, esto no demuestra que el PSC pudiese conseguir lo mismo, pero descarta que esta forma de articulación debilite, por si misma, al partido periférico. Sobre todo porque, con el apoyo del PSOE, el PSC no solo no ha logrado más voto en las elecciones autonómicas, sino aproximadamente un 10% menos (véase gráfico 1).

Gráfico 1. Evolución del voto del PSC (Cataluña) y el Partido Liberal (Quebec)

Gráfico 1. Evolución del voto del PSC (Cataluña) y el Partido Liberal (Quebec)


Queda la incógnita de cómo se presentarían en elecciones europeas y en elecciones municipales. Las europeas no son realmente un problema, porque la gran proporcionalidad del sistema electoral hace que sea realmente indiferente que vayan juntos en coalición o que presenten dos candidaturas separadas. Además, la forma de voto vigente en las elecciones europeas haría que el elector casi no notase ningún cambio tangible (recordemos que con las “listas blancas” actuales, la lista nacional del PSOE adopta apariencias distintas en distintas CCAA). Y por lo que respecta a las elecciones municipales, se pueden dar multitud de situaciones locales, desde municipios donde se presentaría solo el PSC (seguramente, en municipios rurales), a municipios donde se presentaría solo el PSOE (probablemente, en municipios metropolitanos), e incluso municipios donde podrían competir (quizás en capitales de provincia). Una vez más, las “listas blancas” que se utilizan en la elección de las diputaciones, haría que esa diversidad no dejase secuelas en el número de diputados provinciales.

Para concluir, creo que todos reconoceremos que se está produciendo un gradual distanciamiento entre las preferencias de los potenciales votantes socialistas en Cataluña y en el resto de España. Esto es evidente en el modelo de estado, pues mientras los catalanes simpatizan cada vez más con mayor autonomía, lo opuesto ocurre entre el electorado español. Ante esta realidad, creo modestamente que cada vez es más necesario para PSOE y PSC replantear su modelo de convivencia para evitar que sus inevitables discrepancias degraden su atractivo electoral. Las experiencias en otros países ofrecen a los socialistas un menú de alternativas posibles. De entre estas, a mi entender, el modelo quebequés es el que más se ajusta a las necesidades del socialismo catalán y español.

Agustí Bosch es profesor de ciencia política de la Universidad de Girona

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