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El feminismo está de moda, pero no a todas les mola

Más allá del imaginario de la feminista loca, fea, gorda, que no se depila y odia a los hombres cabe hacer autocrítica para preguntarnos por qué ese estigma sigue funcionando.

Mujeres mediáticas se desvinculan del feminismo, probablemente una de las teorías de pensamiento más desconocidas.

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Se ha montado cierto revuelo tras las declaraciones de la cantante Bebe en la revista Woman, en las que afirmaba que ella no era feminista, nunca lo había sido y nunca lo sería. Sus palabras hicieron que un buen grupo de feministas, indignadas y decepcionadas, renegasen de su carrera discográfica y se lamentaran por todas las veces que se habían emocionado bailando 'Ella'. En la entrevista, Bebe hablaba también de la la brecha salarial y de todo lo que aún queda por lograr en el camino hacia la igualdad entre hombres y mujeres. A Paula Echevarría le cayó la del pulpo por situarse en el ya clásico "yo ni machista, ni feminista, yo persona". Katy Perry, Taylor Swift, Lady Gaga, Juliette Binoche, Demi Moore o Maribel Verdú se han manifestado en términos similares.

Es duro que estas mujeres, como referentes, como mujeres que han triunfado en sus profesiones, que se han labrado una carrera exitosa en entornos muy masculinizados, y que tienen altavoces privilegiados, renieguen de los feminismos. Ellas insisten en que apoyan las luchas de las mujeres, pero se colocan frente a los feminismos. De las palabras de Bebe y de otras mujeres famosas preocupa, no tanto que no se definan como feministas, por muy deseable que resulte, sino el gran desconocimiento que existe sobre el feminismo . Desconocimiento, por otra parte, lógico. No es algo que te enseñen en la escuela o en la universidad y se relaciona, de inmediato, con alguien con mucha conciencia y muy docta.

Como bien decía Blanca Suárez, el feminismo es una moda. Bueno, un movimiento social, una filosofía política y ética es difícil que sea una moda, pero está claro que el feminismo está de moda y vende. Buena prueba de ello es que las declaraciones de Bebe o las de Blanca Suárez hayan sido titulares, en lugar de las palabras sobre sus trabajos. El feminismo ha llegado a los medios de comunicación, y sus eslóganes llenan camisetas que se venden en grandes multinacionales de la moda. Como ya apuntábamos hace tiempo, este #feminismochic, que desde luego, ni Bebe ni el resto comparten, tiene sus aspectos positivos y sus aspectos negativos. Por un lado, todo lo que suponga visibilización es bueno; pero, por otro, corremos el riesgo de que el feroz capitalismo patriarcal fagocite y pervierta el discurso feminista como una estrategia de mercado. Otro de los riesgos es que hablemos de feminismo en singular, como si fuera uno y trino. Las modas, desde luego, pasan como una apisonadora sobre los matices que nos hacen hablar de feminismos.

Esta moda puede explicar esta insistencia en preguntar a las mujeres por el feminismo. A las mujeres con dimensión pública o con poder siempre se les ha preguntado si son madres, cómo compaginan su maternidad; si son escritoras o cineastas, si existe una creación específicamente femenina -cuando definir algo como femenino en una sociedad patriarcal supone inmediatamente desprestigiar-, en definitiva, preguntas que jamás se harían a un hombre.

Es indignante que los medios de comunicación, esos que perpetúan estructuras y dinámicas patriarcales con sus techos de cristal en sus plantillas, con la invisibilización de las mujeres en las noticias, asumiendo publicidad que cosifica y denigra a las mujeres, se permitan el lujo de dar lecciones a mujeres que no se definen como feministas con preguntas sobre feminismos. Y es indignante que el feminismo sea considerado únicamente como algo que afecta sólo a las mujeres.

Es dañino atacar a estas cantantes o actrices por su desconocimiento o por no erigirse en adalides del feminismo. No podemos ni debemos demonizar a las mujeres que no se definen como feministas (recordemos que casi beatificamos a Andy Murray el tenista escocés que corrigió a un periodista para matizarle que sí había habido tenistas de Estados Unidos, una mujer en concreto, que llegaron a semifinales de un Grand Slam desde 2009) porque no es justo y porque nos guste o no hay personas que no quieren serlo. No podemos atacarlas, ni acusarlas y sobre todo juzgarlas, porque no tenemos ningún derecho. No podemos dividir el mundo en feministas y no feministas. Es demasiado reduccionista. Y tampoco podemos olvidar que tenemos la opción y el poder de hacer lecturas de género reivindicativas de productos culturales de autores o autoras que nunca consideraríamos feministas. La película  'Las brujas de Zugarramurdi' de Álex de la Iglesia es un buen ejemplo de lo que decimos.

Podemos cabrearnos porque sí, es duro ese desconocimiento general de los feminismos, pero podíamos ir más allá y no quedarnos en el lamento fácil. Podríamos aprovechar la coyuntura para preguntarnos por qué, a pesar de la lucha de años, de décadas, de siglos, el feminismo sigue teniendo tan mala prensa y tan mala imagen. No se trata únicamente de afirmar que al patriarcado le ha interesado crear ese imaginario de la feminista loca, fea, gorda, que no se depila y que, sobre todo, odia a los hombres y quiere acabar con ellos: está claro que el estigma de la feminista sigue funcionando a la perfección en la actualidad. Deberíamos aprovechar para ir más allá y hacer autocrítica.

Quizá es difícil para muchas personas identificarse con un discurso feminista elitista, con una agenda muy marcada por las problemáticas que tienen que ver con los cuerpos (interrupción voluntaria del embarazo o maternidad subrogada e incluso pornografía) y muy poco pendiente de la precarización, la feminización de la pobreza, la corresponsabilidad, las problemáticas derivadas y relacionadas con los cuidados, la imprescindible interseccionalidad... Un discurso alejado de las problemáticas más cercanas y cotidianas. Quizá se eche en falta más cercanía, más accesibilidad a un discurso que deviene complejo por su radicalidad y por su envergadura. Quizá no hayamos sido capaces de trasmitir como es debido y no estamos adaptándonos al necesario cambio de paradigma global que asistimos.

A algunas nos ha costado mucho definirnos como feministas. A otras no tanto. Hace falta mucho trabajo y mucha pedagogía para que nuestros referentes se pongan en pie de guerra como lo han hecho después de muchos años las actrices de Hollywood. Porque, ¡los feminismos, nos pueden joder la vida, pero siempre conseguiremos superarlo !

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