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Inteligencia emocional para curar las heridas del terror

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Inteligencia emocional para curar las heridas del terror

Inteligencia emocional para curar las heridas del terror

Miedo, asco, tristeza, enfado, dolor, ira, alegría, sorpresa... No hay sentimientos buenos o malos, pero hay que saber gestionarlos. A eso aprenden los 65 niños y el centenar de adultos víctimas del terrorismo en el Campus de la Paz, donde la inteligencia emocional se convierte en el bálsamo que cura las heridas del terror.

Hace cuatro otoños la Fundación Víctimas del Terrorismo (FVT) y la Universidad Camilo José Cela firmaron un acuerdo de colaboración para poner en marcha este proyecto pionero en Europa para el desarrollo emocional de niños y jóvenes víctimas del terrorismo.

Desde entonces, unos 65 niños y alrededor de cien adultos -la mayoría madres, pero también abuelos- acuden una vez al mes (un sábado) al Campus que la Universidad tiene en la localidad madrileña de Villanueva de la Cañada para, a través de técnicas de inteligencia emocional, intentar sobreponerse a las secuelas que ha dejado en ellos la lacra terrorista.

Se trata, como dice a Efe el rector de esta Universidad, Eduardo Noya, de ayudar al colectivo de víctimas "más vulnerable", los niños, que "durante toda su vida van a tener que hacer frente a lo que les ha ocurrido a ellos y a sus familias".

Generalmente, explica Noya, las circunstancias que han vivido les ha vuelto agresivos, por lo que en el Campus se les enseña a encauzar esa agresividad y a enfrentarse de otra manera a ese entorno "extremadamente hostil" que han sufrido.

Llegan desde todos los puntos de España, como el País Vasco, Andalucía o Galicia, y su estancia en el programa es gratuita. El 90 por ciento del coste lo asume la Universidad, con la que colabora la FVT.

El "boca a boca" y las asociaciones de víctimas, tanto de ETA como del 11M, han hecho posible que las familias de estos niños hayan decidido acudir al programa.

Ignacio Sell es el responsable del Campus de la Paz, que ya culmina en diciembre su tercer curso. Dice a Efe que, pese a que ETA ha dejado de matar, muchos de estos niños todavía tienen que desenvolverse en un ambiente de odio, en localidades donde están "estigmatizados" como víctimas.

Y los niños perciben ese odio y llegan a sentirse culpables, subraya Sell.

Desde el juego y la actividad lúdica -todas las instalaciones de la Universidad, incluidas las deportivas, están a disposición del programa-, los psicólogos y especialistas, formados en esta Universidad y en la de Málaga, trabajan las emociones que han quedado enquistadas en estos niños, sobre todo el miedo, el enfado o la ira.

"Nuestras emociones son como las velas de un barco, se mueven debido a estímulos externos e internos, pero depende de nosotros conocerlas bien y ajustarlas para que podamos dirigirnos a donde queremos ir".

Con esta filosofía, el Campus intenta hacer frente a esas heridas que ha dejado el terror y que "no terminan de curar", y a ese "tremendo desamparo" de las víctimas, resalta Sell.

Marga y Marta son dos de las especialistas que desde el ocio y el juego trabajan la inteligencia emocional de estos menores y les enseñan a identificar sus emociones, sin que se avergüencen de ellas, y a canalizarlas de la mejor manera.

En la última sesión, los niños han tenido que escribir dentro de un corazón cinco compromisos para trabajar en familia. Ver la tele juntos, hacer un pastel juntos, decorar la casa, darse abrazos, estar sentados juntos en el sofá... son compromisos que los niños han plasmado en ese corazón y que se llevarán con ellos. Les servirá de "anclaje".

Otra de las actividades que han realizado es escribirse a sí mismos una carta con "un plan de acción" sobre lo que quieren conseguir en su familia. No se llevarán ahora la carta. La Universidad se las enviará a sus domicilios dentro de un tiempo y así les servirá de recordatorio de su plan.

Cuando llegaron el primer año al Campus apenas hablaban y les costaba participar en las actividades. Incluso, rechazaban cualquier contacto físico y se aislaban con violencia. Hoy, dicen las especialistas, hasta piden muestras de afecto, saben regular su enfado e identifican plenamente sus emociones.

Tanto es así, que en uno de los ejercicios tienen que dibujar un rascacielos de 20 plantas y colorearlas según las emociones. El primer año, predominaba el color que adjudicaban al miedo y al asco y ponían la sorpresa junto a las emociones negativas porque la identificaban con algo malo. Hoy, sus rascacielos son radicalmente diferentes.

Y ese cambio queda patente en las evaluaciones que el Campus hace a cada niño y en las que se observa un avance significativo en su desarrollo emocional.

Alejandro comparte el programa con otros adultos y ya no se siente tanto un cero a la izquierda como al principio. Comparte con sus compañeros los problemas que acarrea ser víctima y ha conseguido "enfocar las cosas de otra manera", dice a Efe.

Desde San Sebastián acude Javier al Campus, un joven que presenció con diez años cómo mataban a su padre. También reconoce haber aprendido a controlar sus emociones después de haber vivido años con miedo.

Lucía perdió a su marido en un atentando y asiste con su hijo al Campus. A ella le ha servido mucho, pero lo que más valora es que su hijo haya podido quitarse la "armadura" con la que llegó. Ahora "incluso da besos", relata emocionada.

Su paso por el Campus también le ha permitido enfrentarse al juicio del atentado a su marido con más serenidad. Gracias a esa dosis de "adrenalina" con la que ella y su hijo vuelven a casa.

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