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OPINIÓN

Corbyn se ha consolidado como líder, pero ahora debe plantear un proyecto claro y coherente

La esperanza recae en los seguidores críticos que apoyan al líder cuando lo hace bien y lo critican cuando se equivoca.

Muchos afiliados al Partido Laborista creen que los parlamentarios y los cargos jerárquicos del partido no respetan sus decisiones democráticas y que quieren borrarlos del mapa, y si esta furia no se detiene a tiempo, el partido implosionará como fuerza política.  

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Jeremy Corbyn es reelegido líder del Partido Laborista británico

Jeremy Corbyn es reelegido líder del Partido Laborista británico EFE

Estaba claro que Jeremy Corbyn sería reelegido como líder del Partido Laborista. Vivimos en una época en la que las predicciones políticas se equivocan una y otra vez, pero éste era un resultado sobre el que no cabían dudas. 

Aún así, es difícil pensar en un mayor desafío a las probabilidades políticas en tiempos modernos. ¿Cuál era su principal oponente?  Su propio triunfo en las elecciones anteriores.

Durante el último año, el liderazgo de Corbyn fue atacado por la campaña mediática más extrema e implacable que se haya visto contra un político en la historia moderna del Reino Unido. Los parlamentarios laboristas intentaron hacerlo echar de su puesto con un fallido golpe en un momento de crisis nacional, y 172 parlamentarios del Partido Laborista votaron contra la moción de confianza en su liderazgo. 

El equipo de Corbyn, que no tenía ninguna esperanza de ganar el año pasado, ha cometido innegables y repetidos errores comunicativos y estratégicos. Y aún así, no sólo el Partido Laborista se ha consolidado como uno de los partidos políticos más fuertes de Europa, sino que Corbyn ha quedado incluso más fortalecido que tras su apabullante triunfo del año pasado. El año pasado ganó por un 59%, y esta vez ganó con un 62%, y con un electorado mucho mayor.  

Después de la victoria del año pasado, a Corbyn se le criticó su discurso triunfal por no apelar a todo el país en su conjunto. Esta vez no fue así. Esta vez realizó un fervoroso llamado a la unidad: “Somos parte de la misma familia laborista”, dijo. Sin reclamos ni rencores. Dejó en claro que el Partido Laborista busca ganar, que deben derrotar a los conservadores y presentar una alternativa política atractiva. Ayer pareció un líder. Ahora, Corbyn debe continuar como empezó.

Cuando Corbyn ganó el año pasado, yo escribí que ganar había sido la parte más fácil. Hoy, esa declaración es mucho más pertinente que entonces. El Partido Laborista está hasta el tope de ira, desconfianza mutua y lo acecha una inminente guerra interna. Los anti-corbynistas extremos y los corbynistas están de acuerdo en una cosa: que la guerra no será de agotamiento sino de aniquilación, que los que pierdan serán destruidos.

Cuando el Nuevo Laborismo triunfó en 1997, los socialdemócratas estaban arrasando toda Europa occidental. Hoy, los socialdemócratas alemanes, cuyo líder promueve una tercera vía politica al estilo de Blair, ronda el 18-22% en las encuestas. Los socialdemócratas españoles tienen un líder telegénico pero pierde cada vez más apoyo que le quitan opciones más a la izquierda

La bronca va mucho más lejos que los radicalismos más apasionados. Una gran porción de los afiliados al Partido Laborista creen que los parlamentarios y los cargos jerárquicos del partido les han declarado la guerra, que no respetan sus decisiones democráticas y que quieren borrarlos del mapa para siempre. Muchos parlamentarios creen que el partido se ha llenado de gente que no tiene lealtad al laborismo y que no tolera el desacuerdo. Si esta furia no se detiene a tiempo, el Partido Laborista implosionará como fuerza política.  

La única esperanza recae en los seguidores críticos del liderazgo laborista. A estos se los atacará desde ambos lados. La facción anti-corbynista extrema los verá como ingenuos cómplices de las derrotas electorales. Los más leales al liderazgo los verán como ingenuos rajados o saboteadores que no pueden aceptar un partido que se inclina hacia la izquierda. En una atmósfera tan polarizada, los que presentan matices son vistos como chaqueteros, que no se mojan, que se quedan en medio de la carretera y son atropellados por los coches de ambas direcciones, parafraseando a Nye Bevan. Pero, por más críticas que reciban, los seguidores críticos son cruciales para la supervivencia y el éxito de la izquierda en general y del laborismo en particular.  

Los seguidores críticos esperan que los parlamentarios laboristas acepten y respeten la segunda decisión electoral democrática, masiva y rotunda en menos de un año. Sin desestimarla y sin sabotearla. Esto no significa silenciar desacuerdos ni traicionar sus propias conciencias, pero se puede expresar desacuerdo sin causar daño político. Los parlamentarios deberían ver la participación de la masa laborista como una oportunidad, no como una amenaza. Deberían aceptar como pilares de la política laborista la inversión –no el ajuste-, la justicia fiscal, la titularidad pública y los asuntos exteriores que priorizan la paz. Si el laborismo va camino a una derrota calamitosa, los rivales de Corbyn necesitan un líder que se haga responsable de lo que suceda. Si, en cambio, conspiran contra el líder, corren el riesgo de que se los culpe por la derrota.

Los adversarios más ideológicos de Corbyn también deberían tomarse un tiempo para pensar en sus propios errores. Ante la ausencia de un proyecto inspirador y coherente, dejaron un vacío y ahora están enfurecidos porque alguien lo ha llenado. Cuando el Nuevo Laborismo triunfó en 1997, los socialdemócratas estaban arrasando toda Europa occidental. Hoy, los socialdemócratas alemanes, cuyo líder promueve una tercera vía politica al estilo de Blair, ronda el 18-22% en las encuestas. Los socialdemócratas españoles tienen un líder telegénico pero pierde cada vez más apoyo que le quitan opciones más a la izquierda. Si la derecha laborista tuviera un buen plan para llegar al poder, no estaría en una situación tan precaria.

Los seguidores críticos también deben hacer demandas y poner presión al liderazgo laborista. Dada la renovación del mandato y la furia de gran parte de las bases por los acontecimientos del verano, sería fácil no decir nada. Las ganas de muchos miembros del Partido Laborista de aplicar la “reselección obligatoria” son reales, pero deben resistirlas. Lo que lograrían sería desestabilizar el partido. Corbyn y John McDonnell enfatizan fervorosamente la unidad. Ése es exactamente el camino que hay que seguir. Si los anti-corbynistas extremos caen en la tentación de socavar públicamente el liderazgo de Corbyn, los que quedan como unos insensatos son ellos. Una vez acabada la batalla por el liderazgo, las disputas internas del partido deben quedar a un lado y debe priorizarse la apremiante necesidad de ganar electorado.

Deben enfatizarse las cuestiones que unifican al partido. Hay que ver cómo Corbyn puso a Theresa May a la defensiva por el tema de la educación secundaria. Los errores cometidos durante el último año son entendibles, dada la falta de preparación para una victoria por el liderazgo que parecía imposible. Esas excusas ya no corren. El liderazgo tiene que plantear un proyecto claro y coherente que atraiga no sólo a sus partidarios apasionados. ¿Cuál es exactamente el proyecto de Corbyn? ¿Qué tipo de país quiere construir el Partido Laborista, y cómo? ¿Cómo puede unificar un país dividido por el referéndum sobre la permanencia en la UE? Estas preguntas necesitan respuestas claras.

A menudo ha fallado la estrategia mediática. Hay que priorizar la presencia en los medios, ya que es donde la mayor parte de la gente se informa sobre temas políticos. Cada vez es más la gente mayor que se aleja del laborismo. Recuperar esa parte del electorado es un desafío existencial. Los autónomos pronto serán más que los empleados del sector público, y necesitan respuestas. La coalición laborista tradicional está divida por las cuestiones de inmigración y la UE. Estas divisiones se tienen que resolver. La masa laborista tiene mucho potencial, pero tiene que haber una estrategia para movilizarla, para llegar a las comunidades y convencer a los indecisos.

Dado el torrente de ataques que sufrió el liderazgo laborista, los corbynistas apasionados se enfurecen ante la más mínima crítica. Pero seguidores ciegos y acríticos no le harán ningún bien al movimiento. Los seguidores críticos no son críticos porque quieran que pierda la izquierda. Quieren desesperadamente que gane. Silenciar los desafíos y los problemas, y culpar a los medios y a los parlamentarios por todo lo que no funciona sólo los llevará a la derrota. Los seguidores críticos deberían apoyar al líder cuando hace algo bien, combatir los ataques cuando son irracionales y criticar al líder cuando se equivoca. No hay nada más desleal a la izquierda que no hablar de las cuestiones incómodas que se tienen que enfrentar si se quiere tener éxito.

Las 313.209 personas que votaron por Jeremy Corbyn están felices con su triunfo. Pongamos ese entusiasmo a trabajar por un proyecto coherente, inspirador y creíble, y quizás –sólo quizás- se pueda construir un Reino Unido basado en los intereses de la mayoría.  

 Traducción de Lucía Balducci

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