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INTERNACIONAL

Cómo las noticias falsas alimentaron la guerra civil en Burundi (y pueden volver a hacerlo)

Periodistas exiliados cuentan cómo décadas de trabajo periodístico han quedado reducidas a cenizas a manos del gobierno de Pierre Nkurunziza

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Un manifestante participa en una protesta en contra el presidente Pierre Nkurunziza en un barrio de Buyumbura (Burundi) EFE

Como periodista, el trabajo de Aline es informar sobre su país y sobre su presidente. Pero no sabe cómo hacerlo sin terminar muerta. Pierre Nkurunziza es el temible y  antidemocrático presidente de Burundi, además acusado de incitar tensiones étnicas mientras tacha de mentiras a las informaciones negativas que se publican sobre él.

Intimidar a la prensa es algo cotidiano, cuenta Aline. La periodista asegura que un miembro del equipo de comunicación del presidente le manda WhatsApps a diario recomendándole que deje de escribir y de informar. "Le conozco, antes éramos amigos".

Desde que  Nkurunziza anunció que se presentaría a un tercer mandato en abril de 2015, Burundi se ha visto inmerso en el caos, con numerosos avisos que recuerdan a una situación de guerra civil. El presidente, su partido y la policía han sido acusados de orquestar  una campaña de violencia e intimidación donde los asesinatos selectivos, la tortura y la violencia sexual son el pan de cada día.

La guerra contra los medios independientes ha apuntalado todo esto. Tras un fallido intento de golpe de estado en mayo de 2015, Nkurunziza declaró que los periodistas estaban "luchando contra el Gobierno" y los señaló como enemigos de los ciudadanos.  Detuvieron y mataron a periodistas. También prendieron fuego a redacciones de periódicos y estaciones de radio, y se cortaron las emisiones de radio.

El Gobierno de Burundi y los que lo apoyan niegan todo esto. Aseguran que la gente está dejando el país por el hambre y no por ser objetivos étnicos o por la violencia. También dicen que las informaciones sobre acoso sexual y abusos de los derechos humanos son un invento de Human Rights Watch, ACNUR y la UE. En febrero de este año, protestaron por sus indagaciones y aseguraron que la cobertura que se estaba haciendo de lo que sucedía eran "noticias falsas".

"Continúan mintiendo y diciendo que es falso, que ninguna de estas cosas están sucediendo", comenta Aline desde Ruanda, donde ha solicitado refugio. "Es por esto por lo que tengo que seguir informando, para contar la verdad". Ahora Aline regenta un café en el distrito musulmán de Kigali con dos antiguos compañeros, Chanise y Jeanette. Por el día sirven platos de ugali, carne y verduras y por la noche vuelven a sus antiguas vidas.

Los tres, que tienen poco más de 20 años, son parte de una comunidad secreta llamada Humura Burundi que escapa al radar del control de Nkurunziza.

Sus noticias tratan todos estos asuntos. Desde el acoso hacia las mujeres por parte de las fuerzas de seguridad hasta las "desapariciones" –como el caso abierto en el que todavía se busca al periodista desaparecido Jean Bigirimana. Como uno de los únicos sustentos para la información veraz y honesta, esta comunidad secreta es muy leída por burundianos en campos de refugiados y por los ciudadanos del país que se oponen al presidente.

Su arma son las redes sociales

A través de esta plataforma, los periodistas exiliados y aquellos que ejercen desde el país, vigilan lo que está sucediendo en Burundi. Para ello utilizan Facebook, Twitter, SoundCloud y WhatsApp para compartir sus reportajes. Todos firman bajo seudónimo para proteger sus identidades y a sus familias.

"Escribimos historias en secreto", cuanta Jeanette. "Es la única manera que tenemos para contar lo que está pasando en nuestro país sin que nos maten. La guerra contra "las noticias falsas" y los rumores infundados se ha convertido en el objetivo de los políticos y de los medios de comunicación en todo el mundo. Pero en Burundi esto no es algo nuevo sino algo que ha estado enraizado en la historia del país desde hace décadas.

Después de los doce años de guerra civil, combatir a los "medios del odio" que alimentaban gran parte de la violencia fue crucial. A finales de la década de los 90, comenzaron a funcionar varias emisoras de radio para ayudar a cerrar las heridas del país. Contrataron a periodistas de las etnias hutu y tutsi, y la producción se centró en la reconciliación y en la lucha contra los rumores peligrosos.

Como resultado, Burundi construyó uno de los sectores de medios de difusión más vibrantes e independientes en África. Antes de su huida, los tres periodistas que ahora dirigen un café trabajaron en Radio Publique Africaine (RPA), donde cubrieron casos de corrupción, escándalos financieros y abusos contra los derechos humanos, así como casos de abusos sexuales contra mujeres.

"Nuestra emisora dijo cosas que no gustaron al Gobierno", cuenta Chanine mientras sirve alimentos en una mesa. "Para nosotros, era nuestra segunda casa".  Cuando su emisora fue incendiada durante los disturbios políticos de mayo de 2015, los periodistas vieron cómo décadas de información de confianza y equilibrada (posterior al conflicto civil) quedaba reducida a cenizas.

Desde entonces, se han abierto las compuertas y con ellas la envenenada propaganda étnica que vivieron antes, enfrentando a los hutus contra los tutsis. Ahora también tienen que enfrentarse con sus informaciones calificadas como "falsas" por el gobierno.

Aunque algunos periodistas independientes permanecen en el país, están constantemente bajo vigilancia y bajo una amenaza persistente de detenciones arbitrarias. Otros, que se han quedado sin ingresos y han terminado en campos de refugiados en países vecinos.

"Cuando ves a un soldado o a un policía, el corazón te empieza a latir más rápido, y te dices a ti mismo 'ahora es cuando vas a morir'. Si alguien te encuentra y te da una paliza, y sobrevives, ya puedes dar gracias", dice Aline, repasando la realidad que viven los periodistas en Burundi. "Cuando se llevan a alguien, sabes que no lo vas a volver a ver en la vida".

Todos los nombres de este artículo se han cambiado para proteger a los periodistas y sus familiares que todavía viven en Burundi.

Traducido por Cristina Armunia Berges

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