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Las válvulas de seguridad del régimen del 78

En su discurso, el rey tomó partido y ató su destino no a las libertades, no a la convivencia, no a la democracia, ni siquiera a España, sino al corrupto Partido Popular

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El rey Felipe VI, durante el discurso tras el 1-O. Foto: Casa Real

El rey Felipe VI, durante el discurso tras el 1-O. Foto: Casa Real

El régimen del 78 es un sistema de válvulas de seguridad para proteger el statu quo y el gobierno en manos de unos pocos (en griego, ὀλιγαρχία -oligarkía-).

Cuando todo va bien, no hay que activar ninguna de estas válvulas.

Pensemos, por ejemplo, en aquella época en la que los pisos siempre subían de precio, la democracia dormía plácidamente narcotizada y Aznar y Zapatero nos conducían silbando hacia ese fin de la historia de Fukuyama en el que muere la política. En los felices 2000, todas las válvulas de seguridad estaban apagadas porque los oligarcas no temían por su poder.

A medida que el régimen del 78 empieza a tener problemas, las válvulas se empiezan a activar en orden de menor a mayor importancia.

Entre las primeras, los medios de desinformación masiva.Al contarse entre los elementos más desprestigiados del sistema, los medios son lo primero que el régimen prefiere quemar.

Porque esa es otra de las características del mecanismo que aquí se pretende describir: las válvulas de seguridad que se activan se queman y ya no se pueden volver a utilizar.

Un ejemplo clarísimo de esto es el del diario El País. Una cabecera emblemática y alguna vez respetada que, en un momento dado, se decide activar a toda máquina como válvula de seguridad al servicio de la conservación del régimen. Como resultado, su prestigio, acumulado a lo largo de décadas, es gravemente chamuscado en cuestión de meses y mucha gente ya no volverá a confiar en sus editoriales o a creerse sus titulares.

Pero no fue sólo El País. Sin reparar en daños, pusieron a prácticamente todos los medios de desinformación de la Corte primero a invisibilizar, luego a ridiculizar y finalmente a atacar y difamar a cualquier agente que cuestionase el statu quo. Esa fue una de las primeras válvulas que vimos activarse… y quemarse.

Otra válvula de seguridad que saltó y se quemó en los inicios de la crisis de régimen se llamaba abdicación de Juan Carlos I. Se trataba de una válvula importante que venían preparando con esmero desde hacía mucho tiempo (“el príncipe está muy preparado”) y no la quemaron, desde luego, por puro placer fallero. No. El terremoto de las elecciones europeas les obligó a ello.

Al tratarse de una válvula muy voluminosa, el incendio fue enorme y se llevó por delante una válvula secundaria llamada Rubalcaba.

En este punto, hay que mencionar que la red de válvulas es compleja y extensa y no todas las válvulas son tan visibles. Por lo menos no lo son hasta que no se queman y uno ve la columna de humo ascendiendo hacia el cielo.

Entre las válvulas de seguridad más oscuras que hemos visto saltar en los últimos tres años, destaca la súbita combustión de la pequeña Gestapo ilegal que el régimen había montado en el Ministerio del Interior y que PSOE y PP se iban traspasando como se traspasan la cartera los ministros.

En condiciones normales, la parapolicía política de Interior funcionaba relativamente bien sin que nadie se percatase de ello. Cuando la cosa se puso fea, le aumentaron demasiado las revoluciones, empezaron a cometer errores y al final el motor se quemó haciendo visible todo el entramado a la luz de una hoguera bastante espectacular.

Una válvula menos.

Pero si hay una válvula de seguridad del régimen por antonomasia es esa válvula de ingeniosa factura y tamaño prodigioso llamada PSOE. En condiciones de estabilidad, la válvula PSOE opera de manera cíclica. Se intercala entre los períodos en los que gobierna el post-franquismo popular y hace de efectivo retardante de las demandas de justicia social de la ciudadanía. Con un arsenal de herramientas, que van desde el “no se puede” hiper-legalista hasta el regateo del “os damos hasta aquí para que estéis contentos pero sin pasarse”, pasando por el arrastrar los pies o directamente el “donde dije digo, digo Diego”, la válvula cíclica PSOE funcionó de maravilla durante años.

Hasta que el régimen tuvo que activarla en serio.

Eso sí, al ser una válvula tan enorme, su activación y quema es mucho más lenta y se va dando en varias etapas.

La primera, cuando los que de verdad gobiernan obligaron a Zapatero a doblar la rodilla a golpe de prima de riesgo. La reforma laboral de 2010 y la infame reforma del artículo 135 al dictado de los bancos alemanes supusieron la primera activación extraordinaria de la válvula PSOE y su primera quema parcial.

Después de algunas activaciones subsecuentes menores, como el ya citado episodio Rubalcaba, asistimos en 2016 a una segunda activación de mayor envergadura que casi fue definitiva.

Primero, el régimen intentó activar (y posiblemente incinerar para siempre) la válvula PSOE mediante una Gran Coalición con el PP con parada intermedia en Ciudadanos. Paradójicamente, fue Unidos Podemos quien evitó el sacrificio.

En un segundo capítulo enormemente aparatoso y con la quema de la falla retransmitiéndose por todas las televisiones del país, el régimen vuelve a intentar la activación de la válvula PSOE eliminando sangrientamente a su Secretario General (que no tenía ninguna gana de ser quemado) y poniendo toda su fuerza tras Susana Díaz en las primarias.

¿El objetivo? El mismo que en el primer capítulo: poner un Gobierno leal con el régimen al volante de España.

Esto de hecho se consiguió con la vergonzosa abstención del PSOE para hacer Presidente a Rajoy. Pero la segunda parte del plan fracasó miserablemente. Susana Díaz fue derrotada y esto evitó, temporalmente, que la válvula PSOE se acabase quemando del todo.

En estos últimos años hemos visto varias válvulas de seguridad entrar en juego para salvar al régimen oligárquico del 78, pero lo de las últimas semanas ha supuesto un salto cualitativo. Con Catalunya como reactivo principal, estamos viendo una aceleración tremenda en la activación de importantísimas válvulas.

Este pasado domingo, 1 de octubre, vimos quemarse una de ellas en una hoguera tan descomunal que se vio en todo el planeta.

El prestigio de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado está basado en un hecho muy sencillo: protegen a la gente corriente, pacífica y trabajadora de los delincuentes, los corruptos y los terroristas. En España, además, lo hacen con gran éxito y profesionalidad.

Cuando el Gobierno de Mariano Rajoy lanza a la Policía y a la Guardia Civil contra la población civil en Catalunya, cuando los lanza a golpear a ancianos y a adolescentes pacíficos, cuando les ordena disparar pelotas de goma prohibidas por la ley, cuando les obliga a provocar más de 800 heridos para (en la lógica enferma de los oligarcas) proteger el régimen del 78, no sólo está cometiendo una infamia repugnante en cualquier país moderno. Está obligando a las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado a hacer lo contrario de aquello que es su fuente fundamental de legitimidad y prestigio y los está metiendo en una encerrona.

De una manera increíblemente irresponsable, los está usando (y quemando) como válvula.

El último episodio en esta activación y quema sucesiva de válvulas de seguridad del régimen cada vez más importantes lo vimos anoche en el discurso del rey.

Nunca habíamos visto al jefe del Estado tomar partido tan claramente por una opción política concreta. Ni siquiera en el 23F. Ya que, aunque la intervención de Juan Carlos I durante el intento de golpe de estado tuvo una importante carga política, no puede decirse que su contenido respondiese a la hoja de ruta de ciertos partidos concretos, sino de todos más o menos por igual.

Anoche, sin embargo, Felipe VI suscribió con contundencia la hoja de ruta del corrupto y violento Partido Popular.

Una hoja de ruta que comparte con su socio y muleta naranja, pero que no es aceptada por los partidos que, reunidos en la Declaración de Zaragoza, representan a dos millones de personas en Catalunya y a seis millones y medio en el conjunto de España. Una hoja de ruta inmovilista y represiva que es deplorada por la inmensa mayoría de los catalanes y quizás por buena parte de los votantes del PSOE.

Anoche, el rey hizo algo que no había hecho nunca y que es peligrosísimo en una monarquía parlamentaria. Anoche, el rey tomó partido y ató su destino no a las libertades, no a la convivencia, no a la democracia, ni siquiera a España, sino al corrupto Partido Popular.

Esto es algo tan preocupante y tan sorprendente, que sólo puede ser leído de una manera.

Después del enorme error y el consecuente desgaste sufrido por el Gobierno tras la injustificable violencia contra la población civil, retransmitida en directo por las redes sociales y los medios internacionales, el régimen se ha puesto aún más nervioso de lo que ya estaba y ha decidido, en su desesperación, activar una de las válvulas de seguridad más importantes. Una de las últimas que les quedan.

La válvula Felipe VI.

Por supuesto, esto no denota fortaleza sino debilidad. Porque a las válvulas de seguridad que se activan ya sabemos lo que les ocurre.

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