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Circular o respirar: tú decides

Un día emplazamos a dos ciudadanos a cubrir un tramo de 4 km de Barcelona. Ella al manillar de su bici; él al volante de su coche. Ella tardó menos de diez minutos; él llegó estresado pasada la media hora

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Miércoles a mediodía. Bajo a Madrid desde un pueblo de la sierra y me doy de bruces con la neblina de contaminación que la envuelve. No parece aire, es como una gelatina pixelada. No apetece nada entrar en ella. Si fuera un pájaro cambiaría de rumbo para eludirla, pero tengo que llegar a Atocha para coger un tren. Dan ganas de respirar hondo, contener la respiración y achinar los ojos antes de zambullirse en ese nubarrón tóxico.

Antes de hacerlo hago una foto y pongo un tuit. Las opiniones se acumulan a su pie: bandas de cretinos que se mueven en coche, miedo da, muerte lenta, y todavía hay gente que se pregunta cómo podemos vivir en un pueblo, hay que promover el teletrabajo, la sociedad debe cambiar… Eps! Ahí le has dado amigo: atención a esta última opinión.

Porque tal vez ahí esté la clave: en cambiar nuestra manera de desplazarnos. Lo de ir en coche particular a todas partes, incluso para cubrir cortos desplazamientos por el interior de la ciudad, ya no se sostiene. Sabemos que seguir instalados en esta sinrazón de atascos, víctimas y malos humos nos conduce a la bancarrota económica, ecológica y vital. Sin embargo no cambiamos para nada, ni tan siquiera estamos dispuestos a cambiar de tecnología y pasarnos al coche eléctrico ahora que ya lo tenemos.

De un tiempo a esta parte somos cada vez más los ciudadanos que participamos de manera activa y solidaria en la mejora del medio ambiente. Estamos sustituyendo las bombillas por LEDS, pagamos un poco más por la lavadora para ganar en eficiencia, hemos colocado aireadores en los grifos, revisamos los sistemas de aclimatación para gastar menos en calefacción o aire acondicionado, separamos las basuras en casa para llevar cada cosa a su contenedor. Pero el coche no: mi coche ni se te ocurra tocarlo. Cuenta conmigo para todo lo demás, pero no sin mi coche.

Cada día entran y salen del centro de las grandes áreas metropolitanas centenares de miles de vehículos (más de un millón y medio en el caso de Madrid y Barcelona). Una procesión de tubos de escape humeantes que emiten alrededor de doscientos gramos de CO2 por cada kilómetro que recorren (los modelos viejos mucho mas; los nuevos mucho menos). Según los estudios de movilidad urbana, el 80% de esos coches transportan tan solo al conductor. Mil kilos de carruaje para transportar setenta de pasaje: el colmo de la ineficiencia.

Por cada coche aparcado la salud da un paso adelante y el cambio climático otro atrás. Por eso es tan importante replantearse muy seriamente lo de usar el coche en la ciudad. Reciclar, ahorrar agua, practicar la eficiencia energética y el consumo responsable: todo eso ayuda, ayuda muchísimo. Pero colgar las llaves y adquirir un título de transporte para ir al centro en bus, metro, tranvía o cercanías es la bomba, de verdad.

Y luego está la opción de la bici bien usada, es decir la del ciclista urbano cívico: que respeta al viandante, atiende a los semáforos y se desplaza por la calzada o el carril bici de manera responsable y respetuosa.

Según un informe de la UE sobre movilidad en el interior de las ciudades, la velocidad media de un automóvil en el interior de una capital europea no supera los 10 km/h, por lo que la mayoría de los trayectos se cubren más rápido en bici e incluso a pie. Hace unos años quise demostrarlo en uno de los capítulos de Naturalmente, la serie que dirigí para TVE.

Un viernes por la tarde, en pleno caos de tránsito, emplazamos a dos ciudadanos a cubrir un tramo de 4 km de la Diagonal de Barcelona: el que va de Francesc Macià a Glòries. Ella al manillar de su bici; él al volante de su coche. Ella tardó menos de diez minutos; llegó fresca como una rosa, dejó la bici, se sentó en una terraza y pidió un café. Él llegó pasada la media hora; llegó estresado, con una falsa sonrisa rodeada de cansancio, saludó y se volvió rápidamente al coche porque lo había dejado en una zona de carga y descarga, de lo contrario habría tardado tres cuartos de hora. Es un auténtico absurdo, una sinrazón que requiere una respuesta de todos.

Podemos culpar a los responsables municipales de gestionar el tránsito por su falta de previsión y de coraje. Podemos acusar a las petroleras por ponerle el pie en el cuello al coche eléctrico. Podemos decir que no tenemos alternativa porque el transporte público no funciona, faltan carriles bici y la oferta del carsharing o coche compartido es todavía insuficiente. Todo eso es cierto.

Pero tengamos clara una cosa, ya para acabar: si no ponemos algo de nuestra parte, si no aportamos (también) respuestas individuales al problema de la movilidad urbana, si nos empecinamos en el "no sin mi coche" las ciudades serán cada vez más hostiles para la vida. Respirar o circular: esa es la cosa. Tú decides.

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