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Las cloacas del Estado y el cordero lechal

En ese lugar se ha dado forma a la historia reciente de nuestro país. A la lumbre del horno de leña, sin actas ni taquígrafos. Sin más pruebas que la memoria de unos pocos

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León mirando para otro lado

Esto es un caso particular, así que te ruego que no trates de llegar a ninguna conclusión a partir de mis palabras. Si lo cuento aquí es porque no tengo psicoanalista. Ni gato. De tener gato, se lo contaría a él (para eso están los gatos). 

El caso, verás, es que, desde hace un tiempo, me ha dado por pensar que las cloacas del Estado están detrás de todo. O de casi todo, vaya. No puedo evitarlo, es superior a mis fuerzas. Se trata, me parece, de una especie de TOC. Es absurdo, ya lo sé. Para empezar, ni siquiera está claro qué son las cloacas del Estado exactamente. Es un concepto abstracto, imposible de imaginar, como el amor o los muones.

Yo, sin embargo, me las imagino con enorme precisión. Ahí está el problema. Que veo clarísimamente a un montón de señores con ligero sobrepeso (algunos también con alopecia) comiendo cordero en un restaurante cerca de Miranda de Ebro. Un sitio bueno, con solera.

Ahí, entre lechazo y lechazo, entre Ribera de Duero y Ribera de Duero, se gestó el GAL y se le dio carpetazo. Desde ahí se puso en marcha el Golpe de Estado y el golpe a Garzón. Ahí mismo promocionó el pequeño Nicolás. Desde ahí se ordenaron informes sobre Puigdemont, Ibarretxe, Iglesias y sobre cualquiera que alguna vez en su vida haya escrito el nombre de Otegi. Todo en papel, por supuesto. Nada de emails ni whatsapps. Solo folios unidos con clip dentro de sobres color gabardina.

Con los años, incluso he ido decorando el restaurante. Ahora tiene sus mesas y sus sillas. Su barra, sus manteles y sus fotos enmarcadas (el dueño con Bertín Osborne, el dueño con Jesulín de Ubrique, el dueño con Raúl González…). También al dueño me lo imagino. Un tipo ya tirando a setentón, fascista pero simpático. De esos que tiene merchandising franquista en el salón, entre el toro y la Virgen. La clase de tipo que te mataría sin dudarlo si el contexto social fuese un poco más propicio.

De ahí que, cuando leo ciertos titulares, juegue a imaginar en qué mesa se decidió eso exactamente. Leo, por ejemplo, sobre el caso Pujol y pienso: "Eso se habló en la mesa 7, que es bastante discreta y además te entra un poquito de luz natural". Leo sobre Podemos y pienso: "La mesa 12, que es grande y pueden los espías estirar las piernas después del café". Y me imagino esos sobres, saliendo de una cartera y entrando en otra, camino de despachos donde se negará todo conocimiento. ¿Cloacas, qué cloacas?

En ese lugar se ha dado forma a la historia reciente de nuestro país. A la lumbre del horno de leña, sin actas ni taquígrafos. Sin más pruebas que la memoria de unos pocos. Aunque, insisto, todo esto son cosas mías. Ese restaurante no existe. Ni esas comidas, ni tampoco esos sobres. Y, si me apuras, es posible que no exista siquiera el cordero lechal ni el Ribera de Duero.

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