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El juez Silva declara mañana voluntariamente por el encarcelamiento de Blesa

Miguel Blesa saliendo de la cárcel. Foto: EFE


Cientos de mensajes, miles de correos se eliminan estos días en España. Desde aquí oigo el clicar frenético con el que decenas de individuos nerviosos revisan viejas cuentas de correo, marcan mensajes, los suprimen de una tacada, los vuelven a borrar en la bandeja de Eliminados, vacían la Papelera, revisan dispositivos portátiles donde hubiese copia y repiten la acción, y después buscan en Google cómo eliminar definitivamente un mensaje…

El desnudo integral de Miguel Blesa estos días debe de haber puesto nerviosos a todos esos que hoy revisan mensajes viejos. España está llena de cretinos que confiaban tanto en su impunidad, que se sentían tan a salvo en su delinquir, que lo ponían todo por escrito y le daban al botón de Enviar.

Ahí está Urdangarín, cuya incontinencia electrónica nos ha dejado decenas de correos que ahora permiten reconstruir sus manejos, y los de su entorno. En su caso se entiende mejor esa sensación de impunidad, qué le iba a pasar, se sentía inmortal perteneciendo a una familia que durante décadas ha disfrutado de un blindaje judicial, político y mediático a prueba de bombas.

El caso de Blesa es más de lo mismo: ¿por qué iba a preocuparse él de lo que escribía en sus correos? ¿Por qué debía tomar alguna precaución a la hora de hablar de la estafa de las preferentes, de los favores a su gente, del saqueo alegre de la caja que presidía, del reparto del botín con sus consejeros cómplices, del despilfarro y la gestión criminal que acabó hundiendo la segunda caja de España y empujando a todo un país al rescate bancario? ¿Qué podía pasarle a él, que era íntimo del gran hombre, un triunfador que tocaba con sus manos el Poder con mayúscula?

Tras la publicación de los correos de Blesa, como antes los de Urdangarín, imagino a decenas de ilustres mandarines de nuestro pasado reciente buscando como locos la manera de borrar sus correos, sus cuentas, sus papeleras, sus discos duros, sus nubes, recordando de repente tal o cual mensaje que en su día enviaron y que hoy equivaldría a una confesión, la ligereza con que contaron o incluso presumieron ante interlocutores que, pese a sus esfuerzos por borrarlo todo, siempre conservarán una copia incontrolable de aquel mensaje.

Imagino a consejeros y directivos de las saqueadas cajas de ahorro, a gobernantes y dirigentes políticos que en algún momento pulsaron Enviar sin pensar que apretaban un gatillo que un día podría devolverles la bala disparada, a empresarios acostumbrados a la manera castiza de hacer negocios por aquí, incluso a directivos y periodistas de medios que también intercambiaban correos con aquellos; tantos remitentes que en la España de la rapiña metieron la cucharita o el cucharón en la olla y lo pusieron por escrito. Su miedo hoy es comparable al del imbécil que en un momento de calentón envía a su amante una foto comprometida, y al momento comprende que esa imagen le perseguirá de por vida y tarde o temprano acabará publicándose.

Sabed, desgraciados, que aunque borréis como locos siempre quedará algún rastro recuperable, una copia que no controláis, un disco duro de donde recuperar datos, alguien que hizo una copia por seguridad, un destinatario que lo conserve. Y ese correo estará ahí siempre, a punto de salir a la luz.

Nada de esto significa que la impunidad sea cosa del pasado. Esta por ver en qué queda lo de Blesa, donde por ahora el único en apuros es el juez que intentó investigar sus andanzas, Elpidio J. Silva, el mismo que ordenó a la policía judicial intervenir los más de 8.000 correos que Blesa había dejado tras de sí, inconsciente de su peligro. Aunque Blesa o Urdangarín sean hoy piedras de toque para la confianza ciudadana en la Justicia, es pronto para pensar que acabarán pagando por sus delitos. Pero el mal rato que están haciendo pasar a muchos ya es una pequeña pieza de justicia poética que no nos repara mucho, pero sabe dulce.


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