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Presunción de culpabilidad

Los políticos han conseguido con una interminable lista de escándalos de corrupción que la presunción de inocencia se haya convertido en un concepto incompatible con la realidad de este sistema

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González, Rajoy, Aguirre y Mato en la cena de Navidad del PP de 2012. Foto: Alberto Martín/EFE.

González, Rajoy, Aguirre y Mato, en la cena de Navidad del PP de 2012. Foto: Alberto Martín / Efe

Esperanza Aguirre dice que está "alucinando en colores". Rita Barberá afirma que se encuentra "ojiplática". Acostumbrado a dirigir un partido de imputados, Alberto Fabra ve la nota positiva desde Valencia: ha insistido en que "especialmente todo está en la Comunidad de Madrid". Pero no hay respuesta más espectacularmente desvergonzada en el PP al escándalo de corrupción que ha alcanzado a varios alcaldes de Madrid y al presidente de la Diputación de León, entre otros, que la de Esteban González Pons. No por las palabras empleadas, sino por el cóctel magistralmente irónico que forman el qué y el dónde.

Decir que el PP "rechaza cualquier tipo de corrupción" y hacerlo en la misma sede cuya reforma se pagó con dinero negro, según la investigación dirigida por el juez Ruz, eleva la definición de descaro a una dimensión inaudita. Habría que recordar la palabra yiddish chutzpah o, mejor dicho, la escena con la que se suele definir por aproximación: dos hermanos asesinan a sus padres y luego piden clemencia ante el tribunal alegando ser dos pobres huérfanos.

Con este nuevo ejemplo desvelado por la operación Púnica, la clase política española, y en especial el partido que gobierna en la mayoría de las instituciones, se coloca al mismo nivel que esos hermanos homicidas desvergonzados. Han llenado la política de sobornos, sobresueldos, recalificaciones urbanísticas fraudulentas y contratos de servicios públicos a los que hay que añadir no menos de un 3%. Ante el furor popular, la respuesta ha sido pedir clemencia, afirmar que los corruptos sólo son una minoría, prometer que no volverá a ocurrir, presumir de su nueva "tolerancia cero" y especular con propuestas en favor de la "regeneración". Los hemos llenado todo de basura, pero sería injusto que la gente nos acusara.

Y ante todo esto, mucha gente se pregunta: ¿no sería más sencillo para acabar con la corrupción que los políticos dejaran de robar?

Rajoy es ese hombre que huye de los periodistas que culminó la semana aciaga del PP este domingo describiendo esa tormenta de titulares como "unas pocas cosas". En el colmo de las ironías que no hacen ninguna gracia, Rajoy  es el mismo tipo que rechazó en 2006 uno de esos recurrentes pactos contra la corrupción con los que los partidos intentan espantar los titulares negativos con el argumento de que el único pacto posible era que "los corruptos dejen de robar y que actúen la Policía y los jueces".

Pero Rajoy también es el mismo político que propuso en diciembre de 2010..., efectivamente, un gran pacto contra eso en lo que están pensando: "Todos los que estamos aquí asumimos ese día [cuando entraron en política] ese compromiso de ejemplaridad. Por eso la próxima semana ofreceremos al conjunto de las fuerzas políticas un gran acuerdo por la transparencia y contra la corrupción en la vida municipal española". Lo dijo en la Convención Nacional del PP y todos se rompieron las manos aplaudiendo. Seguro que por ahí estaba Esperanza Aguirre, que ha bendecido con su dedo o su permiso a muchos de los protagonistas de los escándalos que han sacudido a Madrid en los últimos años (Gürtel incluida).

Cuatro años después, Rajoy nos vuelve a agitar ante la cara otro pacto con la corrupción y por la "regeneración" (sic).

Sólo un completo idiota puede creer que esta vez será diferente. En su famosa comparecencia del plasma, Rajoy dijo (y ya hablamos de 2013) que "la sombra de la sombra de un indicio manipulado no puede servir para que un español pierda la presunción de inocencia". La realidad ya es muy diferente. La presunción de inocencia es un mecanismo esencial dentro del funcionamiento de la justicia, pero no funciona igual fuera de ella cuando se ha acumulado caso tras caso de corrupción, cuando se ha defendido a delincuentes o se han ocultado pruebas a la justicia. Los políticos de los grandes partidos la han consumido con una sucesión de escándalos que parece no tener fin.

Con perdón por la reiteración, ¿qué clase de confianza en el sistema político queda después de Gürtel, Bárcenas, Jordi Pujol e hijos, los ERE, las tarjetas 'black' de Caja Madrid, los sobresueldos del PP, el caso Palau, el hundimiento de las cajas de ahorros, los cursos de formación, el caso Pokemon, Carlos Fabra, el caso Cooperación, el caso de las ITV y otros que convierten la lista en insoportable?

La confianza en los políticos no puede ser un cheque en blanco. Su credibilidad no es ya una fuente inagotable, y la de Rajoy está hundida, incluso entre buena parte de los dirigentes de su partido.

No hay ejercicio más estéril que reclamar elecciones anticipadas cuando su convocatoria sería el anuncio de un desastre para el partido en el poder. Cualquier gobernante aguantaría con la esperanza de que se produzca un milagro. Aun así, es difícil saber cómo vamos a soportar un año más de tormento. El único alivio procede de la esperanza de que esta vez será diferente. No por parte de los políticos, sino de los votantes. Estos deben darse cuenta de que el voto importa, que no se puede premiar a los corruptos y sus protectores con cuatro años más de gracia, como se ha hecho, por ejemplo, en la Comunidad Valenciana.

Los votantes ya no pueden alegar ignorancia, no pueden "alucinar en colores". A partir de ahora, si no despiertan, son cómplices necesarios.

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