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Un pastor gritando, unos excursionistas y 200 vacas extraviadas

Ganado de montaña en el Pirineo Catalán

José Luis Gallego

Un hombre baja dando gritos por la ladera de la montaña, bastón en alto, acompañado de sus perros pastores. Abajo, en el sendero, un colapso circulatorio de vacas y montañeros intentando compartir camino junto a una valla: un paso de ganado que alguien había dejado abierto.

El pastor estÁ encolerizado y no atiende a razones. Intento razonar con él para que se calme y su berrinche va a más. Luego, recogido el ganado y mientras sube sendero arriba con sus fieles ayudantes, entablamos conversación a pie de roble.

Estoy desesperado —me dice al borde del llanto—, nunca pensé que llegaríamos a estos niveles de incivismo. La verdad es que ya no puedo más, pero no por mi oficio, sino por el desprecio de la gente. Si esto sigue así voy a tener que dejarlo.

El viejo pastor sigue confesándose después de pedir disculpas por sus gritos. La puerta de paso tiene que estar cerrada —se lamenta— ¿tú sabes lo que es bajar cada día para volver a reunir a doscientas vacas? Si se meten en unos pastos que no son los que tengo arrendados me cuesta una fortuna, si invaden el camino los excursionistas se pueden hacer daño y a mí me caería un puro.

Gente que intenta cogerlas por los cuernos para hacerse el chulo entre los suyos, que les da de comer las sobras de los bocadillos, que les echan a sus perros para ver como corren, presas del pánico, por los prados. El relato del pastor da muestra de la falta de respeto de mucha gente que cree que la montaña es un parque temático y el ganado una atracción. Hace unos días tuvo que bajar de la cabaña dando zancadas por una tartera —“casi me mato”— porque un padre había subido a su hija pequeña al lomo de una vaca para hacerle una foto. A veces pienso que nos estamos volviendo todos locos, remata.

La convivencia en la montaña entre quienes allí trabajan y los que acudimos a ella para disfrutar de sus paisajes hace tiempo que se tambalea. En Este mismo rincón de eldiario.es hemos apelado en varias ocasiones a la oportunidad de desarrollar el turismo de naturaleza como alternativa al de sol y playa para avanzar hacia otro modelo más sostenible y menos masificado. Pero el tránsito entre uno y otro modelo debe realizarse imponiendo unas normas de uso mucho más estrictas.

No podemos subir al monte con los mismos hábitos y costumbres que están arrasando con el medio ambiente y la convivencia en nuestras playas. No se trata tan solo de imponer y supervisar el respeto a la naturaleza, de bajar con la basura, de evitar cualquier tipo de fuego. Tan imprescindible como todo ello es respetar las propiedades privadas y los cultivos, atender a las señalizaciones de paso prohibido y no molestar al ganado.

Quizá la culpa haya sido también nuestra: de quienes nos dedicamos a promover el respeto a la naturaleza en el monte. Hemos centrado nuestros esfuerzos en prevenir las agresiones a la biodiversidad y nos hemos olvidado de las agresiones al ganado, la invasión de las fincas privadas y el desprecio a los sembrados.

Quizá antes de impulsar el turismo de montaña deberíamos enseñar a la gente a circular por la montaña, como hacemos con la educación viaria. De lo contrario quienes la trabajan, los ganaderos y agricultores de montaña, se rindan hastiados de tanto desprecio y la abandonen, lo que sería un auténtico desastre.

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