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12M: de la pólvora a las setas

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La pólvora no frenó al 15M en Valencia

por Belén Toledo

Cientos de personas ocuparon la plaza del Ayuntamiento pese al doble vallado y el cordón de agentes de la Policía Con los que el Consistorio había intentado evitarlo. Durante todo el día, el gobierno local bloqueó el paso con el argumento de que esta misma noche se iba a disparar allí un espectáculo pirotécnico por el día de la patrona de la ciudad.

Como resultado del empeño municipal, el lugar -el más simbólico para el 15M- estaba lleno de pólvora, preparada para estallar en un espectáculo de fuegos artificiales. Esta circunstancia, sin embargo, no disuadió a los manifestantes. Poco después de que la cabecera de la marcha con la que se celebraba el aniversario llegara a la plaza, varias personas se encararon a la policía, tumbaron las vallas e invadieron el lugar. Los pirotécnicos retiraron los petardos entre abucheos dedicados a la alcaldesa, Rita Barberá. Varios cientos de personas celebraron una asamblea y decidieron permanecer en la plaza, a la espera de la reacción policial.

Fue el final de una manifestación masiva, en la que decenas de miles de personas salieron a la calle para celebrar el aniversario del 15M. Las pancartas más abundantes fueron las de crítica a la clase política en general, con mensajes como "Político, bribón, bájate tú el pantalón".

Barcelona: una marcha festiva y pacífica

por Brais Benítez

Plaza de Catalunya, seis de la tarde. Tres pequeñas juegan en corro a piedra papel tijera. A su lado, un cartel pide una “educación pública universal y de calidad”. Las niñas se divierten ajenas a las reivindicaciones sociales que aparecen por doquier. No comprenden muy bien lo que sucede a su alrededor, aunque les atañe, si cabe, más que a la masa que las rodea. “Las hemos traído con nosotros porque esta lucha es sobretodo por su futuro. Ojalá les dejemos un mundo mejor que el que tenemos”, explica Olga, su madre.

Un año después, la indignación ha vuelto al centro de Barcelona. Y con ella las pancartas, los colores, la música y los lemas a coro. Las columnas que horas atrás han dejado sus barrios y pueblos ya conforman una marea multicolor que inicia la caminata hacia la Diagonal. “Lo que ha sucedido en el último año no ha hecho más que reafirmar la necesidad de salir a la calle”, asegura Carmen, enfermera de 52 años. “ La sanidad está sufriendo un ataque del que costará mucho rehacerse”, apostilla.

Banderas republicanas coinciden con otras independentistas. Cánticos contra los recortes confluyen con gritos contra la banca y las fuerzas policiales. La heterogeneidad del movimiento se manifiesta una vez más en una marcha festiva y pacífica. La única policía visible se ocupa de desviar el tráfico al paso de la multitud. Los Mossos d’Esquadra no han hecho acto de presencia, pero por si acaso, muchos manifestantes llevan brazaletes que les identifica como “ciudadanos pacíficos”.

“La afluencia que está habiendo hoy demuestra que no han conseguido amedrentarnos. La persecución de estudiantes y sindicalistas después de la huelga general ha sido lamentable”, denuncia David, un biólogo en potencia. “¡No tenemos miedo!”, reafirma la multitud. “¡Si se puede!”, se escucha repetidamente. La protesta es intergeneracional, e implica desde los abuelos a los más pequeños. La pancarta de los ‘yayoflautas’ recuerda también la intemporalidad de la contienda: “Luchamos y seguimos luchando”.

Varios manojos de globos aparecen por todo el recorrido. Identifican los puntos itinerantes de recogida de firmas de la ILP a favor de la dación en pago, la paralización de los desahucios y el alquiler social. “Estamos recibiendo muchos apoyos y hoy hemos recogido miles de firmas”, comenta orgullosa Ada Colau, portavoz de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH).

Sevilla, en las setas

Por Olivia Carballar

Sonia Vázquez lleva un par de botellas de Coca Cola rellenas con agua del grifo para ella, su marido y sus dos niños. En la cartera, cincuenta céntimos y un bonobús. “No tengo nada más, me puedes cachear si quieres. Pero yo no me quedaba hoy en mi casa y mucho menos dejaba a mis niños, porque ellos tienen que ver esto; esto es histórico”, cuenta mientras comienzan a llegar los primeros manifestantes a la Plaza de España, en Sevilla. Está en paro, su marido gana 900 euros al mes, tienen una hipoteca de 700 euros y otro préstamo del banco. “Las cartas del juzgado me llegan y estoy por decir ya lo que dijo el rey: lo siento, no volverá a ocurrir”, afirma con tristeza mirando a su hijo de once años, que padece asma. “¿Y cómo le pago las vacunas con esta sanidad para ricos? Yo también sufro epilepsia. ¿Qué futuro le puedo dar a mis niños, por favor?”. Ella, como muchas personas que acudieron a la manifestación de Sevilla, no estuvieron hace un año en el estallido del 15-M. “Hoy tengo más motivos que nunca para estar en la calle”, concluye Sonia, del barrio de Torreblanca. En una sábana vieja ha escrito una palabra: “ Estafa”.

Con paraguas verdes abiertos acuden mujeres de la ONG Acción en Red. Los 40 grados de Sevilla son lo de menos. Su único afán es protegerse de la lluvia de recortes del Gobierno del PP. “Vamos a salir a la calle las veces que haga falta. También contra esa reforma de la ley del aborto que nos va a hacer retroceder siglos”, lamenta Pilar Habas. El próximo 14 de junio, según explica, la asociación Ágora Feminista, a la que pertenece, ha convocado la primera protesta en la ciudad contra las intenciones del ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón. “¡Menos cojones, más soluciones!”, gritaba otro grupo de mujeres a su paso por la Catedral, abierta y con algunos turistas aún dentro. “No más dinero a la Iglesia”, se podía leer en la pancarta que Rosa –que prefería no decir su apellido- llevaba colgada al cuello. Faltaba ya poquito para que la cabecera llegara a las Setas.

Y a las nueve y media de la noche, la cabecera de la manifestación volvió a ver, un año después, las Setas. Aplausos sonoros y miles de manos levantadas. “No he podido evitarlo, he llorado”, explica Rocío Muñoz minutos antes de leer el comunicado. Dos policías nacionales hablan con un miembro de la organización. “Nos interesa hacer las actividades, llevamos un mes trabajando para ello, no va a haber ningún problema”, le dice el joven a los agentes. Los tres, entre risas, terminan conversando sobre la ciudad en la que nacieron. Ni un incidente. A las cinco de la madrugada, la Policía avisa, sin embargo, de que la gente que queda será desalojada. Las protestas continuarán. La calle está más viva que nunca.

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