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Periodismo a pesar de todo

Que vean antes esta otra ecografía

Las personas de derechas de toda la vida dicen ser de centro, porque piensan que en el centro se halla la virtud. Y no hay cosa que más agrade al espíritu de la gente de derechas que su particular sentido de la virtud. Conozco, en consecuencia, virtuosos de “centro de toda la vida”, piadosos defraudadores, homófobos, ladrones, maltratadores, que creen firmemente que la derecha es un invento de la izquierda para desacreditarlos, porque en sus cabezas no cabe que pueda existir nada más a la derecha que el centro mismo del mismo centro. Es lo que se llamaría una nueva geometría moral.

El centrado de toda la vida, aunque sea fumador, esnife coca y beba regularmente alcohol hasta perder las formas al volante, cree que los drogadictos que ponen en peligro los pilares de la estructura social son los otros, es decir, esa otra legión de malditos que se pinchan heroína adulterada entre las ruinas de los poblados marginales y que te asaltan con una jeringuilla para robarte la pasta; no como la gente de centro de toda la vida que te roba limpiamente vendiéndote participaciones preferentes o hipotecas a precios de usura.

Por exigencias de la nueva geometría moral, los suníes creen que los chiíes son una despreciable secta del Islam, y viceversa; y los católicos tildan a los adventistas del séptimo de caballería, o como se llamen, de formar parte de otra secta mezquina. Aunque nosotros bien sabemos que la religión no es otra cosa que una secta que ha prosperado, al igual que el centrista de toda la vida es un facha que ha prosperado socialmente.

Traigo aquí aquellas palabras del cardenal arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, preocupado por las almas de los jóvenes (lo del paro juvenil ni le sonaba), preguntando a las escuelas laicas que amenazan con arruinarle su negocio “si la atracción de la juventud hacia las sectas y los fundamentalismos no es una consecuencia de haber ocultado algo tan normal y humano como es la experiencia religiosa seria”. Es decir, seria como la suya, que no es una secta, ni se nutre de ninguno de los estupefacientes con que se drogan los fundamentalistas. Una vez más, la historia se repite: los drogadictos son siempre los otros, los que utilizan drogas distintas a las admitidas socialmente.

Ahora, Tomás Gómez, el secretario general de los socialistas madrileños, mientras denuncia que el gobierno de Rajoy está trufado de fundamentalistas religiosos, define al Opus Dei como “prácticamente una secta... una pseudosecta”. Hasta Tomás Gómez confunde el culo con las témporas. Si es una pseudosecta... es una religión, de la misma manera que un pseudoladrón resulta ser un tipo honesto, o un pseudoidiota es más listo que el hambre. Y creo que eso no es precisamente lo que quiso decir el líder de los socialistas madrileños, al que admiro por cómo se explica. Debería saber que las religiones cristianas son todas unas sectas de la religión judaica, que a su vez es un compendio de las numerosas sectas de las tribus nómadas que acabaron poblando los relatos fantasiosos de la Biblia... que a su vez... La diferencia, pues, entre una religión y una secta es clasista: es el rico triunfante despreciando el tamaño de la pobreza de los demás, el dictador definiendo los límites de la libertad de quienes tiene amordazados.

Digamos que Tomás Gómez quiso decir que el Opus Dei es una secta procedente de otra secta, la católica, una sectita, una sectucha de mierda, porque, gracias a la nueva geometría moral, y como bien define el Diccionario de la Real Academia, el sentido peyorativo de secta es el “conjunto de creyentes en una doctrina particular o de fieles a una religión que el hablante considera falsa”. En el caso de las religiones, que hasta el propio dios sabe que son todas falsas, es como una discusión entre locos en la que todos se insultan llamándose locos los unos a los otros.

Uno de los miembros más conocidos del Opus Dei en el PP, procedente de la vieja UCD, aquella tropa que ya entonces creía ser “de centro”, gracias a esa nueva geometría imposible que comentamos, es Juan Cotino, exdirector General de la Policía con Aznar (otro elemento insufrible del extremo centro), y hoy presidente de las Cortes valencianas. Cotino, de misa diaria, soltero, miembro de la secta con mayor influencia en el Vaticano, se opone al aborto, bajo cualquier supuesto, porque el feto nonato que él jamás ayudará a traer al mundo, sea malformado física y mentalmente o esté condenado a morir en breve, tiene derecho, según él, a la vida pasando por encima del derecho de la madre a evitarle tal sufrimiento, porque su dios, infinitamente caprichoso y malvado, disfruta con el dolor de sus criaturas.

Partiendo de que para ser miembro del Opus Dei es necesario padecer cierta malformación moral de nacimiento, no debería resultarnos extravagante que a un extremo centrista como Cotino le haya parecido buena idea que, para disuadir a las abortistas de sus malas intenciones, se les obligue a ver una ecografía del feto de su nonato, esa maravilla de criatura en forma de feto que alberga en su vientre, esa bendición del Cielo con síndrome de Down, espina bífida o hidrocefalia grave enviada por su dios para hacer del hogar la antesala torturante del paraíso que les espera.

Visto lo visto, atención, traigo una propuesta revolucionaria.

Por las mismas leyes que rigen en la nueva geometría moral de su secta podrida, elitista, homófoba, apoyo de golpistas de toda laya, cada vez que el gobierno del partido de Cotino se disponga a recortar apoyos a la dependencia, reducir la aportación del subsidio de desempleo, empobrecer a las clases más débiles con la subida del IVA, desmantelar el sistema sanitario y de enseñanza pública, hundir a los mineros en el fondo de la mina, o dejar sin paga extra a los funcionarios... antes de que lleven a cabo toda esa cirugía, más sangrienta y dolorosa que cualquier aborto, propongo que obliguen a Cotino y al resto de los miembros del Opus Dei que mariposean por el consejo de ministros a contemplar una ecografía gigante de los ciudadanos españoles, una ecografía de esos hogares en los que entre todos sus componentes no ingresan un duro, donde los hijos pierden su trabajo para poder atender a sus mayores incapacitados, para que vean cómo se retuercen, como fetos, sus compatriotas víctimas de la depresión física y mental provocada por las medidas ultraliberales de sus secuaces meapilas.

Que vean en directo, en esa cámara que más bien parece un limpiaparabrisas, cómo se desangran los hogares españoles con cada punto del IVA que suben, con cada ayuda a los desamparados que eliminan, con cada trabajador que envían al paro sin coste alguno. A ver si aún así tienen cojones de gritar ante la pantalla ¡que se jodan!

Primero, esa ecografía. Y después hablamos serenamente del aborto, repugnantes pedazos de hijos del Opus Dei.

(Meditación para hoy: según los socios de esta secta, el derecho a la vida es prioritario, aunque el feto llegue con una malformación severa e incapacitante. Una vez en el mundo, los mismos que le obligaron a nacer le sisarán, vía recortes oportunos, la ayuda necesaria para sobrellevar su dolor y el de su familia. Luego, para rematar la ignominia, vendrá el cura del pueblo gallego de Tarrío (Padrón) a negarle la comunión, porque “darle la partícula a una persona como ella es como tirarla”. Con todo, lo más doloroso de todo ello es que de nada sirve que te cagues en su dios, porque no existe.)

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