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Creatividad en el espacio público urbano

La transición hacia sistemas de movilidad sostenibles en la ciudad supone abrir un proceso político dirigido a provocar un cambio de hábitos

La mejora de nuestros espacios comunes pasa por reducir la superficie ocupada por los coches y devolvérsela a la gente

Ejemplos como el de Sevilla o Pontevedra nos marcan el camino y nos recuerdan que ya sabemos qué es lo que hay que hacer

Ciclistas en Copenhague

Hora punta en Copenhague.

Existe una inaplazable necesidad de transformar el espacio público de nuestras ciudades —término en el que no sólo entran los parques y las plazas, sino todas las calles, vías y avenidas— en espacios más habitables y de más calidad. Si tenemos en cuenta que aproximadamente el 70% del espacio de nuestras calles y avenidas está ocupado por automóviles, en circulación o aparcados, esta mejora de nuestros espacios comunes pasa por reducir la superficie ocupada por los coches y devolvérsela a la gente. Sorprendentemente, nadie dentro de los especialistas que nos dedicamos a estas cuestiones está en desacuerdo con esta tesis.

Ahora bien, una cosa es postular una tesis y otra muy diferente es hacerla realidad. Y es así, porque hacerla realidad supone un cambio complejo, no sólo por sus dificultades técnicas, que por cierto no son tantas, sino porque ese cambio es ante todo de carácter cultural. Es decir, la transición hacia sistemas de movilidad sostenibles en nuestras ciudades supone poner en marcha un proceso político dirigido a provocar un cambio de hábitos. Para impulsar este cambio político hacen falta, en mi opinión, tres herramientas esenciales:

La primera es de carácter político. La herramienta básica es la voluntad política de impulsar ese cambio cultural, independientemente de las dificultades o de los cálculos electoralistas de corto plazo. Afortunadamente, en Sevilla tenemos un ejemplo muy claro de lo que puede hacerse, en este ámbito de la movilidad, cuando se posee la firme voluntad política de hacer ciertas cosas. Ejemplos como el exitoso fomento de la movilidad en bicicleta o las transformaciones urbanas ligadas a peatonalizaciones iniciaron un nuevo modelo gracias a la voluntad de políticos valientes que tuvieron esa visión y se pusieron a trabajar en ese sentido.

La segunda herramienta es ideológica, en el sentido de poder superar una ideología desfasada que vincula el automóvil con una falsa y ya anticuada conceptualización de la modernidad. Esa ideología que suponía que la dominación de un medio de transporte ineficiente y peligroso, junto a la necesidad de poner a su servicio grandes y caras infraestructuras, era un símbolo de progreso y desarrollo urbano y metropolitano. La idea alternativa es imaginar una ciudad libre de automóviles en lo posible, donde la mayoría de los desplazamientos sean cortos, puedan realizarse en medios no motorizados (andando o en  bicicleta) en alianza  con un buen sistema de transporte público.

REDES SOCIALES

La tercera herramienta es urbanística y de modelo de ciudad, porque un espacio público de calidad constituye uno de los mayores capitales urbanos disponibles para un desarrollo humano bien entendido. El futuro de las ciudades está en que nos provean de espacios donde la creatividad florezca, y para que ello suceda es necesario que nuestras calles, plazas y parques —que tradicionalmente han sido el medio donde las relaciones sociales se multiplican— sean lugares atractivos para vivir y relacionarse.

Al contrario de lo que pudiera parecer, la eclosión de las redes sociales virtuales está permitiendo una revalorización de los espacios públicos urbanos como elementos de relación y de mejora de la calidad de vida. En este caldo de cultivo se están fraguando idearios sociales que no sitúan al automóvil como objeto indispensable para la realización personal y las bicicletas son consideradas, por ejemplo, un vehículo mucho más eficiente y conveniente.

La preeminencia del peatón en espacios públicos liberados del automóvil permite que vuelva a ser atractivo vivir en ciudades más densas, donde la capacidad de relacionarse se multiplica, sin tener que renunciar a espacios urbanos de calidad ambiental alta. Además, hay un aspecto muy importante que generalmente se margina en este debate: el económico. Es mucho más barato construir y mantener sistemas de movilidad no basados en el automóvil, con lo que se liberan ingentes cantidades de dinero, que podrían invertirse en mejorar, mediante la educación y el fomento de la creatividad, la capacidad de nuestro capital humano.

El talento para afrontar los retos futuros florece mejor en ciudades que merezcan ser vividas, porque el espacio público de calidad es, a todos los efectos, un pozo de creatividad. Muchas ciudades lo están comprendiendo así. Ejemplos como el de Sevilla, en el fomento de la movilidad en bicicleta, o Pontevedra, que ha hecho lo propio con la movilidad peatonal, nos marcan un camino interesante y nos recuerdan que ya sabemos qué es lo que hay que hacer.

*Manuel Calvo Salazar es especialista en ecología urbana y movilidad sostenible.

[Este artículo ha sido publicado en el número de verano de la revista Alternativas Económicas. Ayúdanos a sostener este proyecto de periodismo independiente con una suscripción]

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