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Día 18 en estado de alarma: fondo de armario para pandemias

Nos va a pillar el cambio de armario metidos en casa, y a ver qué gracia tiene sacar la ropa de verano para que te la vean los de siempre. Yo soy más de arrejuntar la ropa, pero este año igual le doy un meneo a los cajones, aunque sólo sea por hacer como que ya es primavera.

Dress code /Foto: L.S.

Dress code /Foto: L.S.

Cada mañana envía una foto a su familia, a sus hijos y a sus nietos. Vestido impecable. Como si a la media hora fuera a estar en el mejor café de la plaza tomando su desayuno. Pantalón con raya, camisa recién planchada, jersey azul si el día refresca y chaqueta por pura coquetería. Es su manera de decir que está bien. Su prueba de vida, como los secuestrados que se fotografían con el periódico del día. Si la cosa se complica, y con esto de la salud nunca se sabe, piensa, nunca lo pillarán en un mal pijama, despeinado o con la casa revuelta. Ahora que circulan mil y un antídotos caseros contra el virus, tantas recetas de youtuber frente a la soledad, su arma secreta es la elegancia. Y el jazz. (La ventana de Ángela)

Confinamiento de colores 

(La ventana de Néstor) Nos va a pillar el cambio de armario metidos en casa, y a ver qué gracia tiene sacar la ropa de verano para que te la vean los de siempre. Yo soy más de arrejuntar la ropa, pero este año igual le doy un meneo a los cajones, aunque sólo sea por hacer como que ya es primavera.

Sólo espero que al sacar la ropa de verano ocurra igual que con el cambio de hora. "A las dos serán las tres y da igual", titularon. Pues no. Se nota cuando llega el aplauso: es lo de siempre, pero se aplaude de otra manera y se mira distinto. La noche no se quita la mala fama ni para una causa noble y a la luz aplaudimos mejor. Pues eso, que lo mismo espero de la ropa: se viene un confinamiento distinto, de colores veraniegos y camisetas holgadas.

Se nos olvida que la ropa cómoda también merece un homenaje. Va a costar volver a un mínimo sentido del dress code después de equis semanas de pantalones bombacho, Domyos y me visto como quiero. Quizá el Gobierno nos pida que volvamos a la formalidad poco a poco, como parte de la salida progresiva del confinamiento. En mi casa, el único que quería seguir con su uniforme de trabajo hace tiempo que se olvidó de su sudadera roja de Príncipe Pepe. Se ha acostumbrado a una nueva normalidad, y supongo que eso es bueno.

Mario, Bart y Batman

(El patio de Alejandro) Tengo depuradísimos mis dos ‘looks’ de cuarentena: chándal y pijama. Pijamas tengo tres, todos perfectos para mi treinteañera madurez: Mario, Bart y Batman. Este último acompañado, por supuesto, por el Joker y sacado de una escena vintage comiquera. Que estaremos confinados en casa, pero seguimos tirándonos el rollo cultureta. Confieso, eso sí, que mi favorito es el más nuevo y abrigadito: el de Bart Simpson escribiendo en la pizarra que “eructar no es una respuesta”. Por suerte, lo pillé en el Primark justo antes de la pandemia… la cuarentena no sería lo mismo sin su suave tacto aterciopelado.

Obviamente, no voy todo el día en pijama. Por la mañana es hora de vestirse en condiciones: chándal negro de Adidas. Con él puesto, ya estoy listo para una nueva jornada laboral y para comerme el mundo… o, al menos, todo lo que haya en la nevera.

Empiezo a notar que mi tercer atuendo, el de las ocasiones especiales, empieza a entrarme con dificultad. Es una prenda recia y áspera olvidada en el fondo de mi armario… ah, sí, vaqueros se llamaban. Los uso para esos días de fiesta en los que se puede salir a la calle a hacer la compra o sacar al perro de la vecina.

Por suerte, todavía no me ha tocado aún hacer ninguna videoconferencia de trabajo. Ese día optaré por el look de moda: camisa, corbata… y calzoncillos. Que debajo del escritorio no alcanza ni el tiro de tu cámara. Ni la vista de tu jefa. 

Pavo informal

(La ventana de Luis) Siempre he vestido, en la medida de lo posible, como me ha dado la gana. Habitualmente, con ropa cómoda e informal, y en verano, decididamente, con mis pantalones cortos. De hecho, no han sido pocas las ocasiones que he cubierto informaciones, en el Parlamento, en San Telmo o donde se terciara, con mis pantalones por encima de la rodilla.

Fotos hay por ahí que lo atestiguan, lo que me costaba alguna que otra con los jefes de El Correo Andalucía, pero la verdad es que nunca tuve que cambiar mi atuendo. Mi padre en casa siempre fue arreglado, aunque no fuera a salir, y así fue prácticamente hasta el final. Si a la hora del almuerzo ibas un poco desastroso y pretendías sentarte a la mesa a comer, estabas del todo equivocado: "¿No pensarás sentarte con esa pinta, verdad hijo?". Suficiente, estaba claro que te tenías que cambiar o ayunar, claro.

Cuando se nos ha echado encima este tiempo de clausura, pensé que lo mismo me relajaría y me dejaría arrastrar por la "molicie "(pensé que moriría sin escribir este término, tan sólo lo he escuchado una única vez en la vida y fue en una entrevista a Arias Navarro, aquel que dijo "Franco ha muerto"). 

Pues bien, a pesar de no poner un pie en la calle, sigo manteniendo los rituales como si fuera a trabajar: me ducho, me afeito cada dos o tres días y me pongo ropa cómoda, pero de calle. Lo de mi pelo  es otra cosa, porque me cogió la alarma teniéndolo ya bastante largo y ahora, si no me lo lavo y me lo peino bien peinadito, soy una especie de José Luis Rodríguez El Puma cantando aquello de "pavo real, pavo real, uuuh". 

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