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Arde Cristina Morales

Si algún lector pretende leer literatura que se mueva dentro de las reglas temáticas, éticas y políticas de nuestra narrativa más asentada, que no se adentre en Morales

Cristina Morales, Premio Nacional de Narrativa 2019, en una foto de archivo

Cristina Morales, Premio Nacional de Narrativa 2019, en una foto de archivo Europa Press

Desde su debut literario, del que en otras páginas ya hablé de manera elogiosa (como posteriormente del resto de su obra), Cristina Morales se ha destacado como una novelista iconoclasta, rompedora en toda la extensión de esa palabra, tan a menudo empleada como una mera etiqueta comercial. Es una autora que no solo tiene algo que decir, sino que sabe cómo hacerlo y que a pasos de gigante ha ido escalando hasta la cima de la excelencia. No se me ocurre nadie en nuestro panorama con su capacidad para combinar una literatura, digamos punk, y una factura de indudable calidad, que es el caso de su novela Lectura fácil. Hace gala, además, de una sorprendente versatilidad, no solo temática, sino incluso estilística, como demostró en sus Malas palabras, novela sobre Santa Teresa, que felizmente va a recuperar Anagrama. Por si no queda claro, mi admiración como escritora hacia ella es más que evidente.

Que una novela tan políticamente incorrecta como Lectura fácil, rechazada en un inicio por Seix Barral tras la negativa de su autora a retocar o eliminar varios pasajes, obtuviera el Premio Herralde de la editorial Anagrama y, en estos días, el Nacional de Literatura, supone, sobre todo en el último caso (pues lo otorga el Ministerio de Cultura y Deporte) una llamativa y preciosa sorpresa. Y claro, la polémica no se ha hecho esperar.

El escándalo ha venido por la entrevista a Europa Press, replicada por varios medios, concedida tras enterarse del Nacional. Entre otras cosas, al preguntarle sobre Cataluña (aunque granadina, Morales reside en Barcelona) declaraba, harta del depredador proceso de gentrificación y turistificación que sufre su ciudad de acogida: «Es una alegría que haya fuego en vez de cafeterías abiertas». Hasta Albert Rivera se ha metido de por medio con uno de sus impagables tuits. En realidad, sin embargo, la polémica no viene de sus palabras, sino de que por una vez hayan ocupado titulares en la prensa convencional. Quien siga su trayectoria, desde ahora muchísima más gente, no se habrá sorprendido tanto, y sí en cambio habrá contemplado con cierta ironía (así mi caso) tanta rasgadura de vestimenta. La tormenta en redes ha rozado extremos ridículos y, cómo no, los juicios de valor e insultos a esta supuesta indepe, que encima lleva cresta, han arreciado.

Podríamos imaginar a Morales riéndose de todo ello si estuviera, que no está, en alguna red social, porque tan solo unos días antes de la concesión del premio, en otra entrevista, había declarado, a propósito de los disturbios en Cataluña tras la sentencia al procés: «El conflicto se maneja en términos patriarcales y machos [...]. No puedo solidarizarme con estos manifestantes desgraciados que pierden un ojo, solo puedo compadecerlos. Lamento que estén ahí, lamento que sean víctimas de la policía por una causa que es un contubernio entre élites». Esas declaraciones, mucho más controvertidas en principio que las ahora virales, no tuvieron apenas repercusión, es decir, no lograron romper el discurso establecido.

Reconozcamos la eficacia con la que, como en pocas ocasiones, ese discurso, en el que tanto se han esmerado los grandes medios, ha resultado harto eficaz: indepes malos contra constitucionalistas buenos, esos son los dos únicos bandos a los que debemos, como correctos demócratas, adscribirnos, sin matices ni desviaciones. Lo que Morales ha hecho con ambas declaraciones, cierto que con su característico tono, es afirmar que hay partidos en los que muchos ni jugamos ni queremos jugar, a pesar de que nos removamos y manifestemos contra la salvaje violencia policial de Cataluña, a pesar de que respetemos, e incluso apoyemos, las protestas (casi todas pacíficas) contra la vergonzosa sentencia del procés, a pesar de que estemos hartos de las noticias manipuladas, de las imágenes de la quema de contenedores, casi siempre las mismas, repetidas hasta la saciedad, y no veamos las de los policías disparando balas de goma ilegales para mutilar a manifestantes.

Sabemos, sí, dónde está la injusticia y dónde no, pero no queremos jugar a ese juego, a ese «contubernio entre élites». Si algún lector pretende leer literatura que se mueva dentro de las reglas temáticas, éticas y políticas de nuestra narrativa más asentada, que no se adentre en Morales. Si, por el contrario, alguien está dispuesto a trastocar o discutir con su propia visión del mundo, Lectura fácil (sobre el trato institucional hacia las personas con llamada discapacidad intelectual) supone un buen comienzo. Ah, y es una novela llena de humor, mucho, y de ternura, también mucha. Eso tampoco se lo dirán.

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