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OPINIÓN | 'Echar leña al fuego', por Marco Schwarzt

El Aquarius encalla en Nador

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La frontera entre Melilla y Nador parecía el viernes un cuadro de El Bosco: cuerpos apilados, entre los que figuraban seres vivos que dejaban de serlo en una lenta agonía de hasta nueve horas sin auxilio alguno, heridos sin derecho a la necesaria cicatriz de la ayuda humanitaria, otros contusionados y todos sin aliento.

Las ONGs ya recuentan 37 cadáveres, aunque el Gobierno marroquí esté abriendo fosas tan solo para 21, como afirma la Asociación de Derechos Humanos de Marruecos. ¿Cuántos muertos hay en realidad? ¿Enterrarán a dos en cada hoyo? ¿Por qué tanta prisa? ¿Para evitar las autopsias que podrían revelar la causa exacta de su defunción, la posibilidad de identificarles para que les pongamos nombre a los números?

¿Cuándo murieron? Aquel Viernes Negro, después de las primeras cifras de cinco muertos, cuando empezaron a llegar malheridos al hospital Hassani, ya no quedaban UCIs para ellos. ¿Murieron en los pasillos del centro sanitario marroquí? Hemos visto las camillas manchadas todavía con coágulos de sangre, pero los periodistas ya no pueden acceder al interior del mismo e incluso, como afirma la Asociación Marroquí de Derechos Humanos, los alrededores de la morgue se encuentran blindados por la policía para evitar ojos públicos que puedan dar cuenta exacta de las dimensiones de la matanza.

Hay otro ángulo muerto en esta historia, el de las 2.000 personas que intentaron saltar la valla aquel día

Hay otro ángulo muerto en esta historia, el de las 2.000 personas que intentaron saltar la valla aquel día. 133 llegaron a España y fueron devueltos en caliente al más puro estilo Rajoy y Aznar. Medio centenar se encuentran detenidos, según las autoridades marroquíes. ¿Dónde está el resto? ¿Los ha deportado Rabat a Ruanda, aprovechando el vuelo vacío que proyectó Boris Johnson para siete solicitantes de asilo en Gran Bretaña? ¿Será cierto que, al menos a 900, los habrán trasladado en autobuses policiales al centro del país o les habrán llevado al Ponto Euxino de la frontera con Argelia, a los límites del desierto en Mauritania, como en otras ocasiones? ¿Harán falta otras madres locas de Mayo, a esta orilla del mundo, para preguntar donde están Pedro, donde está Lidya, como en la copla de Carlos Cano, aunque ahora se llamen Sidy o Khalid, Jamal, Youssef o Ibrahim?

“Un asalto bien resuelto”, proclamó el presidente, cuando todavía nos corrían por las redes la contundencia, la sangre y la saña, a manos de las fuerzas de seguridad de nuestro reconciliado socio del sur, con hartazgo de dinero y con sed de derechos fundamentales. Carlos Cano seguía cantando: “Cada vez que dicen patria, pienso en el pueblo y me pongo a temblar”.

Los migrantes iban armados con garfios y cuerdas para saltar la empalizada made in la Europa de acero inoxidable, con concertinas de cuchillas de quita y pon, según el Gobierno que toque, pero sin rendijas donde poder sujetar los dedos para trepar a ellas. Fue un salto agresivo, eso pregonan los voceros oficiales, dado que muchos de ellos llevaban palos, punzones, cuchillos y piedras para defenderse de las defensas de gendarmes y de guardias civiles. ¿Cuántos agentes de la Gendarmería o de la Benemérita cayeron entonces en acto de servicio, ni Alá ni Dios lo quieran? ¿Fue proporcionada la intervención policiaca o un linchamiento al estilo Sweet Home Alabama? Lo mismo volvimos a hacer ahora un Jorge Fernández Díaz, como ocurriera en las playas y en las fronteras de El Tarajal, aquel 6 de febrero de 2014 cuando 15 migrantes perdieron la vida, ahogados mientras intentaban llegar a la orilla bajo una lluvia de balas de goma y botes de humo Marca España.

El mismo presidente que salvó a aquel barco, abrió la puerta con formidable simpatía popular a los ucranianos hace unos meses. ¿Por qué no ofrecerles ese mismo trato a los naturales del Chad o de Ghana?

Cómo hemos cambiado, canta de nuevo Sole Giménez, aunque los presuntos implicados, esta vez, sean otros; los del llamado Gobierno más progresista de la historia española, algunos de cuyos eurodiputados se rasgaban las vestiduras por la llamada directiva de la vergüenza que subcontrató a Turquía la gestión de los refugiados que llamaban a las puertas de Europa tras la guerra de Siria. Fue por entonces cuando el mediterráneo se llenó de almadías, cargadas de fugitivos del polvorín norteafricano. Entre otros muchos buques a la deriva de la globalización, de la guerra o de las hambrunas, el Aquarius, de Open Arms, recogía náufragos por el mar Egeo y los gobiernos europeos, de Malta a Italia, les cerraban las puertas, con la implacable actitud de quienes ni siquiera se asoman a la ventana cuando algún energúmeno propina una paliza en la calle. 630 almas viajaban a bordo, sin un destino claro. Con audacia y gallardía, en un Bienvenido Mr. Marshall a la inversa, la España socialcomunista –que diría la extrema derecha y la derecha extrema--, en junio de 2018, les abrió las puertas por Valencia y ahí siguen.

El Aquarius cumplió su misión pero el Estado español no lo hizo: las autoridades terminaron por denegarle el asilo a la mitad de sus pasajeros. Y, al día de hoy, solo 58 de los rescatados por el buque humanitario han logrado la protección internacional cuando se cumplen justamente cuatro años después del desembarco.

¿Cómo es posible que el mismo Consejo de Ministros que ha aprobado el ingreso mínimo vital, ha subido el Salario Mínimo Interprofesional, ha combatido los contratos precarios o promulgado la ley de Eutanasia, pueda encogerse de hombros ante esta tragedia? Quizá por la agenda secreta del cada vez más inexplicable acuerdo con Marruecos, Pedro Sánchez corrió a felicitar a los gendarmes marroquíes, sin mencionar a sus víctimas, el pasado sábado, cuyas muertes ya sabíamos que había varias sobre el tapete de la actualidad.

Con el Aquarius encallado en el mar de las contradicciones, ojalá sepan salir de estos arrecifes tan peligrosos para los que huyen del inmenso fondo sur de la economía mundial. El mismo presidente que salvó a aquel barco, abrió la puerta con formidable simpatía popular a los ucranianos hace unos meses. ¿Por qué no ofrecerles ese mismo trato a los naturales del Chad o de Ghana, por ejemplo, que hubieran podido acceder al estatuto de refugiados con tan solo llegar a la pequeña oficina que tramita dichas solicitudes junto a la frontera de Melilla y a la que solo se permite acceder a aquellos que llevan encima lo suficiente para un soborno?

Tras largas décadas en el limbo, parece que Ceuta y Melilla ahora van a ser protegidas por la OTAN. Sin embargo, ¿quiénes protegerán a los pobres de Zeus, a esa madeja de cuerpos apilados a las puertas de la Unión Europea? O, al menos, ¿quién consolará a sus familias y les cambiarán, al menos, la vida por una sepultura digna? Definitivamente, como dijo el poeta y las últimas noticias, nosotros los de ayer ya no somos los mismos. Y el Aquarius ha quedado tan solo en una botella de refresco que flota en el infierno de un cuadro de El Bosco.

La frontera entre Melilla y Nador parecía el viernes un cuadro de El Bosco: cuerpos apilados, entre los que figuraban seres vivos que dejaban de serlo en una lenta agonía de hasta nueve horas sin auxilio alguno, heridos sin derecho a la necesaria cicatriz de la ayuda humanitaria, otros contusionados y todos sin aliento.

Las ONGs ya recuentan 37 cadáveres, aunque el Gobierno marroquí esté abriendo fosas tan solo para 21, como afirma la Asociación de Derechos Humanos de Marruecos. ¿Cuántos muertos hay en realidad? ¿Enterrarán a dos en cada hoyo? ¿Por qué tanta prisa? ¿Para evitar las autopsias que podrían revelar la causa exacta de su defunción, la posibilidad de identificarles para que les pongamos nombre a los números?