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Legítima claustrofobia

Ante la gravedad del COVID-19 #QuedateEnCasa. Pero es inevitable la tristeza por la libertad perdida y el temor a que "el cierre de colegios+teletrabajo" aten más a las mujeres a la casa justo cuando la competencia por los empleos va a aumentar.

Aplausos al personal de la sanidad pública que atiende la emergencia del coronavirus. ART María Iglesias

Vecinos de Vallecas aplaudiendo al personal de la sanidad pública que atiende el coronavirus. EFE / Madrid

El jueves cambió nuestra vida. El presidente del Gobierno transmitió la gravedad del coronavirus, la urgencia de frenarlo. Y desde entonces nos insisten y cada uno insistimos, como un eco, al resto: #QuedateEnCasa y #YoMeQuedoEnCasa. La evidencia científica, los expertos en salud subrayan que es la única manera, no ya de curar un virus que, con certeza, más de la mitad acabaremos cogiendo, sino de retrasar el contagio para no colapsar el sistema sanitario. La gran mayoría cumplimos. Aquí estamos encerrados. Pero negar el agobio es demasiado.

Me chirría oír o leer comentarios displicentes hacia el disgusto de estar confinados. Mensajes que a todos os llegarán del tipo “a otras generaciones les pidieron ir a la guerra, a nosotros solo se nos pide quedarnos en casa”. Ante lo desconocido, ante la invisible amenaza lo mínimo que se nos puede permitir es vértigo.

Porque baja una al quiosco de prensa, los cinco minutos al día que se concede en la calle, y aún ese instante es de prisa en los pies y ánimo culpable. Porque ahora que al fin tomamos en serio lo de Italia y China ve una que allí las cuarentenas llevan más de dos semanas y teme que si el Gobierno no dicta ya el mes de encierro es sólo para hacernos progresivo lo inevitable. Porque de un mes de confinamiento, o dos, se sale, sí. Yo creo que saldremos y creo además que ningún desafío se vence sin creer. Pero vivir como pájaros en jaulas claro que pesa. No por casualidad, a quien delinque se le priva de la libertad.

Vivir agobiados (por nuestra salud, trabajos, legítimos anhelos... todo hoy en pausa), fingiendo calma por los peques, sin cole, en casa y teniendo que simultanear en el mismo espacio lo doméstico, laboral y escolar es un gran reto.

Heroicidad, por supuesto, la del personal de la sanidad pública y los comercios que por nosotros siguen en sus puestos presenciales. A ellos, justos aplausos en los balcones. Y mejor que eso que los gobiernos, central y autonómicos, les den de inmediato el material necesario que les falta: tan básico como mascarillas y guantes.

Pero todos, los de primera línea y los enclaustrados, cuando esto pase, merecemos reflexión y cambios sistémicos urgentes hechos por los gobiernos internacionales. Porque el sistema socio-político-económico tiene que garantizar nuestras vidas y a día de hoy, para protegerlas, las tenemos suspendidas.

Para que no se repita, investigación y democracia

No poder abrazarnos o besarnos para reconfortarnos, tener que vivir separados a metro y medio es mejor que la enfermedad y la muerte, por eso lo hacemos. Pero no nos resignemos a que esto vaya a pasarnos de forma inevitable, de vez en cuando. No nos resignemos a dejar este legado.

Habrá que invertir mucho en investigación científica, en vacunas; habrá que saber cómo empezó la infección y tener clarísimo que dictaduras como China que obligó a retractarse al médico Li Wenliang cuando en diciembre alertó contra la enfermedad de la que luego ha muerto, perjudican tanto la salud que no se pueden consentir.

Hoy vemos inevitable el estado de alerta en España por eso lo acatamos. Pero es triste haber tenido que llegar aquí, sienta un serio precedente de control de la población (hasta por policía y ejército) y tiene efectos secundarios.

La reacción de tantos que acaparan productos en los supermercados denota pánico, los despidos que dejarán a muchos a la intemperie sembrarán más miedo y sumisión a las condiciones laborales que quieran imponerles. Temo que el cierre de colegios sumado al teletrabajo ate aún más a las mujeres a la casa justo cuando la competencia por los empleos va a aumentar. Y cuando este virus se extienda por países con un sistema sanitario mucho menos robusto (África o América Latina, pero también EEUU con treinta millones de personas sin cobertura) las muertes que aquí ya ocurren y no se pueden ni velar, se dispararán.

Que esto inconcebible nos esté pasando puede tener algo constructivo. Igual que hace una semana ninguno habríamos creído cómo vivimos ahora, hoy podemos aferrarnos a que hay una opción para la existencia sostenible que necesitamos. Y esa opción la ganaremos o se nos escurrirá entre los dedos cuando salgamos de este encierro. 

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