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Emigrantes andaluces de segunda generación o un sendero de migas para deshacer el camino

Nacido de madre andaluza (servidora) y padre estadounidense, Emilio es un andaluz emigrante de segunda generación, a pesar de que nunca ha emigrado

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A sus casi dos años, Emilio Jones-Durán, nacido en San Diego, California, dice solo un puñado de palabras. “Abrir”, “shoe-shoes” (zapatos), “¿dónde está?” y “over there” (allí), entre otras. Nacido de madre andaluza (servidora) y padre estadounidense, Emilio es un andaluz emigrante de segunda generación, a pesar de que nunca ha emigrado.

Emilio no está solo, ni mucho menos. De los 327.579 andaluces que están registrados en el extranjero, 213.024 han nacido fuera de España. De las 20.803 nuevas inscripciones en algún municipio andaluz desde el extranjero en 2023, el 14.7% fueron de individuos de menos de cuatro años. La lógica de estos números nos dice, aunque no esté registrado como tal en el Instituto de Estadística y Cartografía de la Junta de Andalucía, que los andaluces que nos hemos ido a vivir fuera de España estamos teniendo hijos, a los que registramos en nuestros consulados respectivos como andaluces en el extranjero. 

Hay dos definiciones de migrante de segunda generación. La más estricta es los que, como Emilio, han nacido en el lugar donde viven de padres extranjeros. Pero, según este estudio de Iñaki García Borrego para la Universidad Carlos III de Madrid, en una visión más amplia, los niños nacidos en el país de origen y llevados a la emigración en su infancia también son migrantes de segunda generación, porque se les supone una memoria muy limitada de su vida antes de la emigración y haber recibido educación formal y socialización en el país de destino. 

Como muchos otros aspectos de la emigración andaluza, no he encontrado estudios académicos o artículos de prensa que se refieran a esta realidad en relación con nuestra identidad. Lo que sí he encontrado es mucha literatura acerca de la experiencia de los inmigrantes de segunda generación asentados en Andalucía, que quizás nos acerque a esta experiencia y nos ayude a trazar los paralelismos entre los andaluces que nos hemos ido a otro lugar por buscar una vida mejor, y quienes han llegado a Andalucía para lo mismo.

Este informe del programa de Canal Sur Los Reporteros explica la experiencia de estas personas que no tienen ese sentido de identidad definida, que no son “ni de aquí ni de allá”. Cuyos rostros, apellidos o vestimenta les marcan como extranjeros, pero en muchos casos el único hogar que conocen está en Andalucía.

“Aunque votes aquí, estudies aquí, trabajes aquí, pagues tus impuestos aquí, por un trozo de velo y por tus apellidos y tu nombre, nunca te van a reconocer de aquí. Es como que tampoco me puedo sentir de aquí”, aseguraba Najma Fagrouch para Los Reporteros. 

O, como explica el comediante algecireño Lamine Thior en este reel de Instagram, para los emigrantes de segunda generación, la pregunta “¿de dónde eres?” la carga el diablo. 

Pero si hasta el propio término migrante de segunda generación viene cargado de estigma. En primer lugar, el de la migración, y en segundo, el de la filiación. De nuevo cito el estudio de García Borrego: “El hecho de que, en una sociedad en la que no se pregunta ya ‘¿tú de quién eres?’, los hijos de inmigrantes sigan siendo identificados como ‘hijos de’ nos lleva a plantearnos una pregunta, en cuya respuesta radica, a nuestro entender, la clave de la cuestión: ¿qué es lo que la sociedad española tiene necesidad de destacar en los hijos de inmigrantes para señalarlos como tales?”.

Hubo un día en que mi hija mayor, Candela, que entonces tendría unos 3 años, se colocó por primera vez un traje de flamenca y unos tacones, e inmediatamente comenzó a bailar, moviéndose con mucho age, y con una intensidad en la mirada que era fácil imaginársela encima de un tablao. Tras mucho jaleo de la familia que allí se encontraba reunida, todos decidieron: lo del flamenco debe llevarse en la sangre porque no se explica que esta niña baile de esta manera. 

Más allá de lo cultural o lo anecdótico, es un desarraigo de no saber muy bien dónde encaja uno, dónde va a caer. García Borrego lo llama "la condición fronteriza, una situación a medio camino entre los inmigrantes y los españoles"

Esta anécdota la cuento porque creo que sí, que como madre emigrante algo estoy transmitiendo a mis hijos que los va a distinguir de los demás. No solo el idioma; sus nombres, cantar villancicos o ir de visita a España todos los años.  

Más allá de eso, lo cultural o lo anecdótico, es un desarraigo de no saber muy bien dónde encaja uno, dónde va a caer. García Borrego lo llama “la condición fronteriza, una situación a medio camino entre los inmigrantes y los españoles”. 

Yo, como madre emigrante, me esfuerzo cada día por darle a Candela y a Emilio el idioma español, el acento andaluz, los lazos con nuestra cultura. Desde que les despierto por la mañana inventándome una sevillana hasta que les pongo a dormir cantando Campanilleros. En parte porque quiero transmitirles lo que yo he vivido, pero también dejarles un sendero de migas a aquello de donde vienen para que, si un día se pierden, puedan deshacer el camino.

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