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ANDALUCES EMIGRAOS
Que me perdone Manu Sánchez, pero me baila el acento

Manu Sánchez, en una imagen de archivo

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Era una tarde cualquiera de 2020, a la sazón yo me encontraba entrevistando a un chaval español y emigrado en California, como yo, quien se postulaba para un puesto en mi equipo en la redacción de noticias locales en la que trabajaba yo en ese entonces. 

En un momento de la entrevista, el tipo, que era de Madrid, me suelta, “Oye, te baila el acento, eh”, y se ríe. (Ni que decir tiene que no lo contraté).

Que me perdone Manu Sánchez, pero es que el chaval tenía razón, aunque a mí me sentara mal el comentario, me baila el acento. 

Cómo no bailarlo después de 10 años viviendo fuera de España y en constante contacto con hablantes latinoamericanos de distintos orígenes, teniendo que adaptar mi forma de escribir y comunicarme para el público latino que ve televisión en español en Estados Unidos. 

Ese fenómeno que describo se llama disglosia y, según el Instituto Cervantes, es una situación social en la que una comunidad de hablantes utiliza dos variedades de una lengua (o dos lenguas distintas) en ámbitos y funciones sociales diferentes. 

Claro, cuando a esto le sumas los estereotipos que siguen relacionados al acento andaluz como algo de personas de baja cultura y/o bajos recursos económicos, la cosa se pone peor. Cuando sientes que tu acento es de alguna manera peor que el otro, puede que se acelere el proceso de asimilación del lenguaje de la cultura dominante.

Por más que estemos de acuerdo con las campañas de reivindicación de nuestros orígenes y nuestro acento, no podemos luchar de manera individual contra procesos de asimilación a la cultura en la que estamos

Eso es lo que ese muchacho de Madrid no entendía. Me imagino las reacciones a su acento castellano en Estados Unidos, “Uy, eres español, qué gracia, me encanta España, qué sexy”, en comparación con las que he recibido yo de muchos hablantes de Español en este video de Instagram, que incluyen, “acento mocho”, “ese acento no es español”, y “por qué hablas así”.

Si sumas todo eso, pues claro, es normal que en la emigración el acento andaluz se empiece a desvanecer quizás más rápido que otros. 

Y, que me perdone Manu Sánchez, pero no es algo de lo que avergonzarse. Aunque confieso que cuando voy en el avión a Sevilla ya mentalmente me voy preparando, diciéndole a mi cerebro que vaya aspirando las eses. 

Es decir, andaluces en la emigración, es normal que hayamos perdido el acento o que nos baile un poco (o un mucho). Y por más que estemos de acuerdo con las campañas de reivindicación de nuestros orígenes y nuestro acento, no podemos luchar de manera individual contra procesos de asimilación a la cultura en la que estamos, sobre todo cuando estamos en un lugar donde la cultura dominante nos discrimina por nuestra forma de hablar. 

Lo que sí podemos hacer es, cuando alguien nos pregunte por qué nos baila el acento, decirle que es un malafollá, un papafrita, un revenío, un farfolla y un apollardao, y que se deje de pegos y patochás que nos va a dar una enritación de la vín.

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