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¡Inmigrante, trabaja!

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La regularización de migrantes que ha anunciado el Gobierno es sin duda una de las grandes noticias de lo que llevamos de década. Evidentemente, esta medida no ha caído del cielo, sino que se debe sobre todo a la lucha de organizaciones como Regularización Ya.

Como cabía esperar, nada más anunciarse comenzaron a correr los bulos agitados por las dos caras de la ultraderecha, la de Vox y la del PP. Son bulos tan toscos y ridículos que se desmontaron por sí solos: no, regularizar no equivale a otorgar la nacionalidad, ni por tanto el derecho a voto, sino simplemente a la concesión de un permiso de residencia ligado al trabajo. Y no, los migrantes no llegan a nuestra tierra patria para tirarse a la bartola y gorronear hasta dejar exhausto nuestro espléndido Estado de bienestar. Antes al contrario, los datos demuestran obcecadamente que se parten el lomo y que, de hecho, el beneficio fiscal por cada migrante regularizado iría de 3.300 a 4.000 euros netos al año. Es una evidencia que tampoco necesitaba de mucho más. Quien más quien menos conoce casos cercanos de personas migrantes que trabajan hasta la extenuación, sin apenas tiempo de ocio, para sacar adelante a los suyos, aquí y en su país de origen. Por si fuera poco, en demasiadas ocasiones en trabajos socialmente muy poco valorados, y desde luego en muchos que los nativos repudian debido a las deplorables condiciones, como la hostelería, el campo, los cuidados y la construcción. Tan es así que no hace mucho al propio Gobierno no le quedó más remedio que facilitar el arraigo a las personas migrantes que se quedaran con los trabajos basura que nadie quiere.

Esto del trabajo y la inmigración es lo que más se repite a la hora de desmontar bulos. Las pasadas Navidades se hacía viral el sketch del humorista José Mota en el que ridiculizaba a los políticos que pretenden expulsar a los migrantes. El país perdería buena cantidad de su mano de obra, empezando por los que cuidan de los padres de esos mismos políticos. No dudo de la buena intención de este sketch, ni de todas las personas que lo compartieron. Al contrario, resultó sintomático de un sentir general que rechaza la ruidosa xenofobia de los de siempre. No obstante, a mí me chirría.

¿Merecemos menos derechos si carecemos de una nómina? Ese es el mensaje implícito. Se mire por donde se mire atenta contra la dignidad humana y, de paso, contra el feminismo que tanto se enarbola cuando viene bien

Siempre me chirría que el argumento principal para reconocer los derechos de cualquier persona, la ciudadanía, de hecho, sea el trabajo. Es una trampa en la que la izquierda institucional, sobre todo la comunista, siempre cae, o siempre nos tiende. ¿Merecemos menos derechos si carecemos de una nómina? Ese es el mensaje implícito. Se mire por donde se mire atenta contra la dignidad humana y, de paso, contra el feminismo que tanto se enarbola cuando viene bien.

No en vano, ¿no han sido a menudo nuestras madres, desde trabajos no remunerados, quienes han sostenido esta sociedad? ¿Acaso debemos aceptar que uno se convierte en menos humano, en menos sujeto de derechos, porque haya cruzado esos pocos metros de tierra que llamamos frontera? ¿Acaso el hecho de permanecer en un país sin causar daño a nadie nos nos hacer merecedores de derechos inalienables? ¿Vale menos un migrante subsahariano sin empleo que un escandinavo que se asienta en la Costa del Sol a fundirse su pensión o, tal vez, a especular con nuestra vivienda? ¿En qué momento tantas personas bienintencionadas, insisto, han aceptado que el trabajo sea la moneda con la que pagar la residencia, el arraigo y la posterior nacionalidad?

Llámenme loco, pero yo creo que el mero hecho de residir en un territorio te debería otorgar la ciudadanía. De pleno derecho, no solo para trabajar.