El genio de Maurice Béjart reúne la música de Queen y la de Mozart y las viste de Versace para conquistar el Maestranza

Ballet for life ©François Paolini

Alejandro Luque


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Un ballet que viste de Versace y se mueve al son de Mozart y Queen: esa es la asombrosa fusión que propone el Béjart Ballet Lausanne para los días 14 y 15 de octubre en el Teatro de la Maestranza de Sevilla. Una celebración de la juventud que fue concebida por el revolucionario de la danza Maurice Béjart, un brillante coreógrafo que aspiraba a un arte total ecléctico y cosmopolita, y que no dudó en combinar ingredientes aparentemente antagónicos como los mencionados. Así creó Ballet for Life, una pieza de 1996 concebida como un doble homenaje al cantante Freddie Mercury y al argentino Jorge Donn, principal bailarín del Ballet del siglo XX y del Béjart Ballet Lausanne, fallecidos por SIDA, ambos, a los 45 años.

“Cada vez soy más consciente de lo que tengo, de lo que he hecho, de lo que soy”

“Cada vez soy más consciente de lo que tengo, de lo que he hecho, de lo que soy”

Sin embargo, Béjart se resiste a recordarlos desde la tristeza o tragedia del duelo, sino que invoca la juventud y la esperanza. “Una historia de amor con la música de Queen. Invención, violencia, humor, amor: todo está ahí. Me encanta el grupo. Me inspiran y me guían, a veces por esta tierra de nadie donde todos iremos algún día y donde, estoy seguro, Freddie Mercury está tocando a dúo al piano con Mozart”, comentaba Béjart sobre este montaje, estrenado en el Salle Métropole de Lausana el 5 de diciembre de 1996 y recuperado en 1997 para el Teatro Chaillot de París, con Gregor Metzger y Gil Roman en los papeles protagonistas.

El propio Gil Roman, director artístico del Béjart Ballet Lausanne desde el fallecimiento de su fundador en 2007, se pone al frente de la empresa para seguir perpetuando el repertorio de la compañía y enriqueciéndolo con sus creaciones. Según explican quienes le conocieron de cerca, Béjart había descubierto la música de Queen en los años 80, y le impactó el hecho de que el SIDA acabara con Mercury y Donn a los 45 años. Luego se sintió atraído por la imagen que decoraba el disco póstumo de Freddy Mercury, Made in Heaven, donde se mostraba una vista del lago de Ginebra casi idéntica a la que él mismo disfrutaba desde su chalet de Sonchaux, sobre Villeneuve.

Morir joven

Una región, por cierto, a la que Freddy Mercury estaba muy vinculado, pues vivió sus últimos años en un chalet alquilado en Clarens, y su banda compró los estudios Mountain, en el ala derecha del Casino de Montreux, los mismos donde grabaron David Bowie, Iggy Pop y los Rolling Stones. Eso hizo que hubiera muchas coincidencias o, para citar a Béjart, muchas “conexiones”. Como quería crear un ballet sobre Mercury y Donn, Béjart buscó contactar con el productor de Queen, Jim Beach, y lo encontró también en Montreux. “No será un ballet sobre el sida, decidió Béjart, sino sobre la gente que murió joven”. Escuchó sin cesar los álbumes de Queen. “Prefiero las grabaciones en directo. Cuando graban en estudio son más lentos, menos galvanizados por el público”. La escenografía sería oscura. Los rayos X gigantes en blanco y negro adornarían incluso el escenario, sobre la música de Mozart.

El nombre de Gianni Versace se impuso finalmente para el vestuario. Iniciada en 1984, la colaboración entre los dos creadores ya había iluminado ballets como Dionysos, Malraux, Chéreau-Mishima-Perón y Pyramid. “Me gusta trabajar con él porque su entusiasmo, su fervor, es contagioso”, recordaba Béjart. “En cuanto empezamos a trabajar, se estresa como un principiante. Yo también. Ese es el secreto de nuestra amistad”. A la presentación en el Chaillot asistieron al espectáculo invitados tan distinguidos como Bernadette Chirac, Farah Dibah, Frédéric Mitterrand, Yves Mourousi, Jérôme Savary y Claude Nobs. “Fue un doble espectáculo en el escenario, porque al final de la canción It's a Beautiful Day, Béjart se desplazó entre sus bailarines tumbados en el suelo bajo sudarios blancos. A continuación, se le unieron, en la parte trasera del escenario, Brian May, Roger Taylor y John Deacon con sus instrumentos, y Elton John, que acarició Show must go on, bajo los vítores del público”, recuerda el periodista especializado en danza Jean Pierre Pastori, presente en la cita. “Al final, Béjart levantó el puño en alto para mostrar su certeza de la victoria de la vida sobre la muerte”.

El amor y la guerra

El propio Béjart explicaba el fondo de la obra en estos términos: “Hace algo más de treinta años, entre la sorprendente música de Berlioz intercalada con los bombardeos y el sonido de las ametralladoras, un poco convencional Fray Lorenzo gritaba a Jorge Donn y a Hitomi Asakawa: ‘¡Haced el amor, no la guerra!’ Hoy, Gil Roman, que tiene más o menos la misma edad que la creación de mi Romeo y Julieta, rodeado de bailarines que nunca han visto este ballet, responde: ‘Nos dijiste que hiciéramos el amor, no la guerra. Hemos hecho el amor. ¿Por qué el amor nos hace la guerra?’. Un grito de la juventud, para el que el problema de la muerte por Amor se suma a las múltiples guerras que no han cesado en el mundo desde el llamado ¡Fin de la última Guerra Mundial!”.

“Por encima de todo, mis ballets son encuentros: con la música, con la vida, con la muerte, con el amor... con todos aquellos cuya vida y obras encuentran una renovación en mí”, concluye el coreógrafo. “Además, el bailarín que ya no soy se reencarna cada vez en los bailarines que superan a este antiguo ser. Una historia de amor con la música de Queen. Invención, violencia, humor, amor: todo está ahí. Me encanta el grupo. Me inspiran y me guían, a veces a través de esta tierra de nadie a la que todos iremos un día y en la que, estoy seguro, Freddie Mercury está tocando un dúo al piano con Mozart. Un ballet sobre la juventud y la esperanza, tan desesperada como optimista. A pesar de todo, creo que, como dice Queen en una de sus canciones, ‘el espectáculo debe continuar’”.

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