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La Casa de Sefarad: el hogar de la cultura judeoespañola en el corazón de Córdoba

Casa del Sefarad.

Mª Ángeles Robles

Córdoba es una ciudad para perderse y nada mejor que hacerlo por su recoleta judería, una enrevesada red de blancas y estrechas calles y pequeñas plazas en las que detenerse para saborear una historia que nos remite a la forma de vida de los judíos que, durante casi cinco siglos, nacieron, vivieron y murieron en España hasta su expulsión en 1492.

Muy cerca de la sinagoga, a pocos pasos de la estatua de Maimónides –que los universitarios de la ciudad visitan en época de exámenes en busca de inspiración– se encuentra la Casa de Sefarad, un espacio cultural y museístico que lleva veinte años empeñado en recuperar y restaurar la huella y la identidad judeoespañola.

Visitar la Casa de Sefarad supone una experiencia cultura gozosa pensada para los que quieren realizar una actividad diferente, que tiene como base ese patrimonio intangible que no se puede tocar pero que forma parte de cada uno de nosotros y que nos llega a través de la lengua, la música, la gastronomía o las costumbres tradicionales.

El museo comenzó su andadura a finales de 1999 gracias a la iniciativa del historiador Sebastián de la Obra, que asegura que Córdoba es el lugar ideal para acogerlo porque, aunque otras ciudades se disputan el título, podemos considerarla “la capital de Sefarad”, ya que esta ciudad andaluza reunió al mayor número de pensadores, poetas y talmudistas a lo largo de toda la historia judía de la península. Entre estos estudiosos y artistas destaca la figura de Maimónides, que, como recuerda De la Obra, es “la cumbre del pensamiento humanista de la Edad Media”.

La huella urbana judía en Córdoba es excepcional, “tanto en extensión como por su riqueza”, e “impresionante por su valor simbólico”, explica el director del museo. El paseante se puede demorar más de una hora por las callejuelas de la judería sin dejar de percibir la apabullante presencia judía que más de cinco siglos de historia dejaron en la ciudad. También puede disfrutar con la belleza de sus casas y hacer un alto para reponer fuerzas en algunas de las pequeñas tabernas que encontrará durante el recorrido.

El hermoso edificio que aloja el museo dedicado a Sefarad es una construcción del siglo XIV, que conserva algunos elementos patrimoniales de esa época, pero que ha sido reconstruido en el siglo XX. Está en una importante encrucijada del barrio judío, frente a la sinagoga y, “por esas casualidades poéticas de la vida”, comenta De la Obra, hace esquina con la calle Averroes, “que es el gran filósofo musulmán que tuvo que huir de España”.

Casa de Sefarad: una iniciativa privada

La Casa de Sefarad es un proyecto poco frecuente también desde el punto de vista económico porque es totalmente privado y no ha contado para su desarrollo y mantenimiento con ninguna ayuda pública. El museo pervive con recursos propios y funciona “con una enorme pasión y una gran inteligencia creativa”, como explica su director.

Los visitantes de la Casa de Sefarad acceden a este espacio que nos traslada a otro tiempo y a otra cultura a través de un discreto zaguán, donde se encuentra la recepción en la que comprar los tickets para las visitas libres y las muy recomendables visitas guiadas, y que da paso a un hermoso patio que conserva todo el sabor de la construcción original.

El recorrido se divide en tres grandes bloques. El primero se centra en la huella judía en la península. Pese a que no existen muchos elementos patrimoniales tangibles, los 1.400 años de convivencia se dejan notar en el pensamiento, en las tradiciones, en la gastronomía y en toda una red de influencias mutuas.

Una segunda línea de la visita la protagoniza la diáspora y se centra en qué fue de los judíos que tuvieron que abandonar España en 1492. Esta parte está protagonizada por la lengua, la música y la cocina y los elementos comunes que se pueden rastrear en comunidades sefardíes de puntos geográficos tan dispares como Ámsterdam, Marruecos, Salónica o Sarajevo.

Para Sebastián de la Obra, la última etapa del recorrido por la Casa de Sefarad es quizás “la más apasionante” y trata de desvelar qué paso con los judíos que se quedaron en España, esos judeoconversos, cristianos nuevos, criptojudíos o, despectivamente, marranos que se sienten judíos pero que no celebran sus tradiciones y “viven en la esquizofrenia, que diríamos actualmente, de aparentar una cosa y ser otra”. Su influencia en nuestra cultura es insustituible y podemos rastrearla a lo largo de los siglos en nuestra literatura y en nuestras costumbres y también en algunos de nuestros dichos populares.

La Casa de Sefarad es una isla en mitad de una ciudad atestada de turistas y “con un patrimonio musulmán y cristiano con el que es difícil competir”, como comenta el director de un museo que brinda al visitante una narración histórica rigurosa y cercana y que no se limita al socorrido vídeo informativo que podemos encontrar en otros centros de estas características.

Merece la pena acercarse a esa riqueza que no se ve a simple vista y que apenas podemos tocar, pero que podemos disfrutar poniendo alerta nuestros sentidos para descubrir la historia de los judíos españoles y lo mucho que aún conservamos de ellos.

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