Se barrunta mal orache
En 1980 un oscense –cheso de corazón y barcelonés de residencia– escribió una de las canciones de amor más bellas que se han escrito. La letra es una oda a la complicidad, al apoyo mutuo y a la resistencia al qué dirán. Se canta en una lengua que apenas hablan hoy unas 700 personas en el mundo y, sin embargo, no hace falta ni tan siquiera haberla oído una vez para que la canción te cale hasta las entrañas. La jota pone la música a esta poesía que forma parte del imaginario colectivo de los aragoneses y que, ahora, algunos pretenden cuestionar.
La canción de Pepe Lera suena desde hace unos años en el pregón que da inicio a las fiestas del Pilar, en Zaragoza. Lo hace tras el Canto a la Libertad de Labordeta que, de momento, se salva de la quema. La razón aducida es que se debería usar ese momento como un carrusel jotero, que cada año suene una y que –aquí trasluce la verdadera motivación– “en Zaragoza nadie habla fabla”. Con eso, por fin, sabemos de qué charramos.
La manía persecutoria de la ultraderecha contra las lenguas minoritarias es universal y atemporal. Ya el franquismo les marcó la senda. El empeño en borrar parte de nuestra identidad por capricho pasa en Aragón, en Asturias y en media España porque con la lengua, como con las ideas, algunos entienden que solo la suya es la buena. Por eso en Castilla y León acaban de modificar las bases para las ayudas al cine con la intención de negarle el dinero público a las creaciones que no sean de su gusto. Le llaman adoctrinamiento ideológico en un juego de espejos en el que proyectan en el otro lo que, en realidad, practican ellos.
En su particular guerra al 'wokismo' –un neologismo para describir cualquier atisbo progresista– el presidente de Colombia ha ordenado eliminar del Museo Nacional una serie de piezas que representan liderazgos feministas, al movimiento LGBTIQ+, a los estudiantes que impulsaron la Constitución de 1991 o a los líderes de la izquierda asesinados en 1990. Objetos que hablan de la historia colombiana tanto como su bandera y entre los que se encuentra el bolígrafo bala con el que se firmó la paz entre el Estado y las FARC en 2016. En él aparece grabado: “Las balas escribieron nuestro pasado. La paz, nuestro futuro”.
El mundo ha desempolvado esas viejas políticas que limitan las libertades, manipulan la historia o pretenden controlar las expresiones artísticas más rápido de lo que hubiéramos pensado tras la II Guerra Mundial. Por suerte o por desgracia es una película que ya hemos visto, aunque esta vez se proyecte en digital. Habrá que ir pensando en cómo le haremos frente esta vez porque el mundo no es el mismo pero los nubarrones que lo acechan sí. Encara no s'ha feito de nuei pero se barrunta mal orache.
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