¿Ofrenda o milagro?
Según la ciencia, el teletransporte no es posible. Sin embargo, hay un caso documentado que, además, se repite periódicamente. Constatarlo es sencillo y está al alcance de cualquiera. Tan solo hay que apostarse en la calle Alfonso I, de Zaragoza, cada 12 y 13 de octubre y estar atento a lo que pase ante sus ojos. La primera de las dos jornadas le permitirá dar la vuelta al mundo, desde Japón hasta América. La segunda se mostrará ante sus ojos como una completa guía turística de España, de sus costumbres, su historia y su gastronomía.
De lo que ha sido la migración dentro de nuestro país habla, sin necesidad de decir palabra, la casa más numerosa y antigua, la de Andalucía, fundada en Zaragoza en 1933. De la emigración al otro lado del Atlántico dan fe los trajes de llaniscas, de Asturias. Su riqueza, que incluye piezas de coral y azabache, es testimonio de cómo los indianos que volvían de hacer las américas querían demostrar lo bien que les había ido allí. La prenda que cubre la cabeza de las mujeres de Lanzarote y que tiene similitudes con algunas portuguesas, nos muestra las influencias de los europeos que recalaban en los puertos de las islas Canarias.
De algo universal, la dureza de la vida en el campo, dan testimonio las capas alistanas que desfilan por aquí llegadas desde las comarcas de Aliste, Alba y Tras-os-Montes. Todavía se pueden ver en la Semana Santa zamorana estas gruesas y pesadas capas de paño que, en su día, aliviaban el frío de los pastores. De costumbres pasadas son reflejo los espejos de los coloridos gorros extremeños que diferenciaban a las solteras de las casadas. La historia de nuestro país leída a través de sus prendas.
En el desfile suenan gaitas gallegas, asturianas y aragonesas, que aunque se visten de manera diferente, nos tocan la fibra de la misma manera. Ocurre lo mismo al escuchar a las rondallas, los paloteaos, las jotas manchegas, navarras o extremeñas… Verlas pasar una tras otra nos hace apreciar ese hilo, a veces invisible, del folclore que vertebra España.
Las casas regionales organizan esta ofrenda de frutos desde 1949. Recogieron la tradición de los agricultores zaragozanos. Desde los pueblos llegan, aún hoy, carros y cestas con los mejores productos de Aragón. Sobran los motivos para decir que es el acto más bonito de las fiestas. No solo por su belleza, vistosidad o valor etnográfico. También porque aquí, detrás de la ofrenda simbólica a la Virgen del Pilar, hay una donación física a varias entidades sociales de la ciudad. Es encomiable la labor de la Hermandad del Refugio, recogiendo, clasificando y distribuyendo los alimentos y afanándose en cumplir el objetivo de desperdicio cero. Hay quienes se empeñan cada año en que las ofrendas a la Virgen del Pilar sean de récord. Qué insignificante logro cuando son en realidad un milagro que ni el de Calanda.
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