“El género influye mucho en la salud mental de las mujeres y de los hombres"

Belén y Noemí Pardina son las responsables del Centro Psicosocial Ataraxia

“¿Cómo influye el género en nuestra salud mental?” ha sido el título del taller que han ofrecido este fin de semana en La Pantera Rossa las responsables del Centro Psicosocial Ataraxia, Belén Pardina (Barbastro, 1994), trabajadora social, y Noemí Pardina (Barbastro, 1990), psicóloga. Este Centro se presenta como un espacio de crecimiento personal basado en cuatro pilares: autoconocimiento, reflexión, aprendizaje y compromiso.

¿Por qué creen que son necesarios talleres sobre salud mental y género?

Belén: porque muchas veces el género influye en nuestra vida mucho más de lo que solemos pensar. Con el taller nos centramos en la salud mental, pero acabamos hablando de todos los ámbitos de la vida, de cómo nos influyen los aprendizajes de género desde el momento en que nacemos.

¿Cómo influyen, en concreto, en la salud mental?

Belén: hablamos, por un lado, de la educación emocional que comienza en la infancia. Esta educación es muy diferente en hombres y en mujeres porque hay emociones que están más aceptadas en la feminidad y otras, en la masculinidad. Esto influye en las habilidades que desarrollamos en general para afrontar conflictos en nuestra vida, en cómo desarrollamos nuestra comunicación... Las mujeres, por ejemplo, tendemos a tener una comunicación más pasiva, sobre todo, en el ámbito de la pareja.

Noemí: otro aspecto serían los comportamientos que están permitidos en los hombres y en las mujeres. Es decir, cómo aprendemos a relacionarnos, a vivir los vínculos, el hecho de cuidar a otras personas -ya no solo en la pareja, sino también en otras relaciones familiares... Todo esto influye después en nuestra salud mental.

¿Esta educación emocional tradicional conlleva que alguno de los dos géneros esté mejor preparado que el otro para afrontar emocionalmente las adversidades?

Belén: no creo que podamos determinar si hay algún género que esté mejor preparado que el otro; cada uno tiene sus ventajas. Sí solemos decir que las mujeres tenemos una carga mayor en general porque los rasgos propios que nos producen un efecto positivo en nuestra vida, a la vez, pueden ser un efecto negativo. Por ejemplo, tener más facilidad para mostrar nuestras emociones o para mostrarnos vulnerables puede ser un efecto positivo en el sentido de que pidamos ayuda profesional cuando la necesitamos. Sin embargo, a la vez, es un efecto negativo porque también nos lleva a estar más pendientes de los demás, a ejercer más como cuidadoras, a encontrar inconvenientes para cuidarnos a nosotras mismas... Al final, en terapia, independientemente del motivo de la consulta, vemos muchos factores de género: a la hora de poner límites, en el autocuidado, en las dificultades de muchas mujeres para tratarnos a nosotras mismas igual que tratamos a los demás... En los hombres, estarían esas barreras que se han ido construyendo para acceder a sus emociones; tienen muchas más resistencias para conectar con sus emociones, para mostrarse vulnerables, incluso delante de los profesionales. Para trabajar con cada persona necesitamos saltar una barrera, que consiste en el trabajo de reconocerse como personas con problemas.

¿En la gente más joven todavía sigue pesando todo esto?

Belén: sí, ahora mismo estaba pensando en personas que rondan entre los 20 y los 40 años. Es algo que prevalece mucho.

¿Y estamos mejorando en la educación emocional que damos a los niños actuales?

Belén: yo creo que estamos mejorando porque, como personas adultas, estamos haciendo más trabajo personal. Al final, muchas veces, con los niños ocurre que conscientemente les queremos transmitir unos valores que consideramos buenos, pero a la vez, con nuestro ejemplo y nuestras conductas les transmitimos otros que pueden ser contradictorios y que son los que nosotros hemos aprendido. Si hacemos el trabajo de adoptar en nuestra vida y en nuestras relaciones la igualdad, el feminismo, el respeto mutuo… esa educación emocional sí tiene un alcance mayor para los niños.

¿Esa educación emocional tradicional se puede desaprender?

Belén: sí, pero con esfuerzo.

Noemí: sí, por ejemplo, esta faceta es importante para los profesionales que trabajamos en el ámbito de la salud, porque hemos adquirido esos mandatos de género igual que cualquier otra persona de la sociedad. El género influye mucho en la salud mental de las mujeres y de los hombres. Un ejemplo sería la mayor prevalencia de trastornos del estado de ánimo en mujeres o la mayor prevalencia por adicción o de la conducta antisocial en hombres. Si no tenemos una mirada de género, si no hemos trabajado la perspectiva de género a nivel profesional, a lo mejor estaremos viendo el problema o la vivencia de esa persona de una manera acotada.

¿Esas mayores prevalencias se deben a que se producen más realmente trastornos en un cada género o porque se detectan más?

Belén: en la fase de diagnóstico, está comprobado que las mujeres y los hombres hacen un uso diferente de los servicios sanitarios. Las mujeres acuden con mayor frecuencia que los hombres a servicios de atención primaria y los hombres acuden más a servicios de urgencias. Esto está relacionado con los patrones de conducta, que también tienen que ver con el desarrollo emocional que comentábamos antes que hemos tenido desde la infancia. Tenemos patrones de conducta diferentes ante problemas de salud. Entonces, en función de a qué servicio de salud acudimos, el diagnóstico es distinto; la fase del problema en la que estamos es diferente. Esto también está relacionado con el tipo de conducta ante los conflictos. Por ejemplo, el hecho de que los hombres desarrollen más adicciones que las mujeres no es fortuito: los datos estadísticos demuestran que los hombres consumen más sustancias como vía de escape ante conflictos o ante emociones desagradables. Por una parte, porque el consumo de sustancias tóxicas o de drogas es algo más normalizado dentro de la masculinidad. Socialmente no está muy bien valorado ver a una mujer mayor, por ejemplo, bebiendo en un bar; mientras que ver a un hombre puede estar normalizado. En el caso de las mujeres lo que se produce es un consumo muy alto de psicofármacos, de anti depresivos, ansiolíticos, que se recetan por el médico de cabecera, en atención primaria.

En los casos de trastornos más prevalentes en el otro género, ¿cuesta más detectarlo?

Belén: sí, por lo que comentaba Noemí antes del sesgo de género en profesionales sanitarios. Hay una costumbre de que las mujeres tienden a tener más depresiones. Entonces, a veces se da por hecho que una mujer que presenta unos síntomas que pueden encajar dentro de un cuadro de depresión, va a tener eso y no otra cosa. Y en un hombre no se tiene en cuenta que se puede manifestar el mismo problema de otra manera. Un mismo problema de salud se manifiesta de formas diferentes en hombres y en mujeres por muchos factores, no sólo por factores biológicos, sino por factores psicosociales.

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