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“La iglesia no puede esconder la cabeza ante los nuevos modelos afectivos y de familia”

Neus Forcano, integrante de la Asociación Europea de Mujeres para la Investigación Teológica.

Ana Sánchez Borroy

Zaragoza —

Neus Forcano (Barcelona, 1966) participa este fin de semana en Zaragoza en el XXII Encuentro de Mujeres y Teología. Colabora con Cristianismo y Justicia, con el collectiu de Dones en l’Església y forma parte de la Asociación Europea de Mujeres para la Investigación Teológica. Defiende que el catolicismo es compatible con el feminismo. Y, más aún, asegura que su mensaje puede ser interesante también para la vida cotidiana de feministas ateas o agnósticas.

¿Cómo se aborda la teología con perspectiva feminista?

Llevamos ya años haciendo estudios bíblicos desde la perspectiva feminista, aplicando el método de la sospecha de Elisabeth Schüssler Fiorenza, una teóloga alemana que reside en Estados Unidos. Este método parte de la idea de que las mujeres actuaban y estaban presentes en las comunidades cristianas de los primeros siglos, pero plantea que el contexto patriarcal a veces no las deja emerger en los textos bíblicos. Por eso, hay que leer los textos, pero siempre desde esta visión: sabiendo que, en realidad, allí, había mujeres. Así, surgen matices muy liberadores y muy sugerentes que dan legitimación para actuar, para hacer misión, para predicar o para celebrar. Por tanto, la teología feminista parte de que las mujeres que han sido invisibilizadas y sufren por culpa del patriarcado. La actualización de la teología feminista consistiría en releer la reflexión sobre Dios o sobre las comunidades eclesiales de una forma liberadora hacia las mujeres.

¿Puede poner algún ejemplo de esos textos bíblicos que habría que releer aplicando el método de la sospecha?

Un texto muy paradigmático es un episodio que narra el evangelio de Lucas en que Jesús entra en la casa de Marta y María, se supone que en Betania. Hay una contraposición muy clara entre las dos figuras: Marta, que es la que sirve, la que está de pie, la activa; y María, que es la que se arrodilla a los pies de Jesús y escucha. Esta escena ha sido muy utilizada en la iglesia católica durante siglos para poner de relieve que “la mejor parte”, que es una de las frases que el evangelista pone en boca de Jesús, “se la queda María”, porque está arrodillada escuchando y aprendiendo del maestro. En cambio, se ha denigrado la figura de Marta, que es la parte activa, la predicadora que lleva la misión. En el evangelio de Juan surge la misma figura de Marta y es precisamente ella la que hace una profesión de fe a Jesús, reconociéndolo como el resucitado. De hecho, la comunidad juánica sí reconocía en Marta a una de las misioneras. Por tanto, es interesante tomar distancia de algunas interpretaciones que tradicionalmente nos han llegado. Se trata de no contraponer las dos figuras, sino tener en cuenta que pueden ser complementarias, que todos somos las dos actitudes… Es otra manera de interpretar los textos que te puede liberar.

Esta visión más feminista de los textos bíblicos, ¿debería tener alguna consecuencia en las formas y en la organización de la iglesia católica actual?

Sí, completamente. Ese es uno de los temas del encuentro de la red Míriam de espiritualidad ignaciana y del movimiento de Mujeres y Teología de Zaragoza. Por ejemplo, una de las consecuencias de mirar la experiencia cristiana con perspectiva feminista lleva a tener en cuenta la diversidad familiar y sexual. La iglesia católica todavía tiene un problema de noción de la complementariedad de los sexos, que no es, desde un punto de vista feminista, nada liberador para las mujeres ni para los hombres. El magisterio de la iglesia católica dice tradicionalmente que la misión de la mujer es ser buena esposa y tener hijos, a menos que se dedique a una opción religiosa más radical. La misión del hombre sería ser buen esposo y el cabeza de familia. Por tanto, se basa en una esencialización, es decir, por ser mujer, tienes que tener una disposición a la cura, al cuidado y a unas relaciones afectivas hacia el otro y por ser varón, tienes un rol dado y reconocido socialmente. Nosotras, esta esencialización de los roles y esta complementariedad no nos la creemos. Creemos que somos complementarios todos entre todos: que existe una interdependencia, que es importante hacer redes solidarias y tener gestos solidarios con todos, en un grupo, en una familia, en una comunidad eclesial, en la sociedad… Porque somos interdependientes, nos cuidamos entre todos y todos somos responsables de lo que debemos construir comúnmente. En el fórum de este fin de semana se trata este tema de la diversidad familiar y de cómo las comunidades eclesiales hoy, aquí, en España, se abren a reconocer variedad de familias monoparentales, separadas, formadas por personas que se han vuelto a unir, homosexuales, con hijos, sin hijos… Toda esta variedad, ¿cómo la tratamos? ¿Cómo la vivimos? ¿Y cómo nos abrimos a ella? Son decisiones familiares. Por ejemplo, se trata de entender a un hijo que plantea que su identidad es transexual. Todos estos temas son de rabiosa actualidad y la iglesia no puede quedar atrás, obviarlos ni esconder la cabeza. Hay que saber cómo tratarlos y hay que informarse.

¿Se sienten escuchadas desde esta corriente que pide más apertura hacia los nuevos modelos afectivos y de familia?

Sí, totalmente. Si no, las comunidades eclesiales van a quedar cerradas. Si fundamentamos la fe en la comunidad eclesial en una moral establecida, estaríamos dejando fuera el criterio propio de acción y de creencia. En cambio, el cristianismo, para mí, es una religión que da muchísimo valor al ser personal y, por lo tanto, a ser tú mismo, a encontrarte tú mismo, a saber cuál es tu deseo de fondo, quién eres tú y que da legitimación a tus deseos íntimos, a tus deseos propios. No en un sentido hedonista o individualista, sino en el de legitimarnos cómo ser autónomo y de darnos permiso a nuestra subjetividad para ser, para aflorar y para ofrecerla a los demás. En la medida en que haces esto puedes religarte a los demás en comunidad; solamente si te das respeto a ti mismo, te conoces y te das nombre a ti mismo puedes respetar a los demás. Así, se crean realmente relaciones de comunidades eclesiales, sociales y de proyectos comunitarios, políticos… Tenemos que perder el miedo a esa diversidad. Las comunidades eclesiales que no hacen ese ejercicio se irán quedando encerradas en unos modelos que priorizan el uniformismo, que todos piensen igual, que todos crean lo mismo, que todos tengamos más o menos las mismas experiencias. Esto es muy pobre; tenemos que abrirnos porque hay mucha necesidad de que la gente entienda qué le está pasando, cómo puede fundamentar su ser en una antropología y en un vivir comunitariamente que, para ellos, tenga sentido.

Le preguntaba si se sienten escuchadas porque esto está muy lejos de la doctrina oficial actual de la iglesia católica…

Bueno, de la doctrina sobre el papel del magisterio oficial, seguramente sí. En cambio, hay muchas comunidades que han empezado a hacer experiencias muy interesantes de comunidades mixtas. Por ejemplo, con personas que han hecho opciones religiosas más radicales, en el sentido de que han decidido no crear familias para dedicarse más a los demás o a proyectos sociales, pero que piensan que vivir en comunidades con gente de diferentes opciones les da una dimensión de la realidad y una riqueza muy interesante. También hay otras comunidades de acompañamiento y crecimiento personal, como puede ser la red Míriam de espiritualidad ignaciana, que hace ya años se ha tomado muy en serio la diversidad familiar y sexual y cómo acompañar y acoger a familias con hijos e hijas que han tenido alguna experiencia de replantearse, por ejemplo, su identidad sexual. Estos procesos hay que acompañarlos.

¿Piensan que la Iglesia ha abusado del sentimiento de culpa en las mujeres, desde la manzana de Eva?

Totalmente. Es un mito que, como todos los mitos, se vuelve a reinterpretar en los diferentes momentos de la historia en los que supone una posibilidad de ejercer control o poder. Sin embargo, también ha habido en la historia teólogas feministas o religiosas que han reinterpretado el mito de Eva de una manera totalmente diferente. Un caso clarísimo es el de Isabel de Villena, una monja clarisa del siglo XV de Valencia, que escribió Vita Christi, un texto fantástico que se puede encontrar en las librerías. Ella habla de la felix culpa; un concepto tradicional de la iglesia católica que constata que el hecho de que Jesús resucitado nos ha salvado a todos, indica que, aunque los humanos seamos incompletos y erremos, no se acaba nunca la esperanza cristiana de poder actuar siempre superando tus propios límites. Isabel de Villena escribe también dando gracias a Eva por su gesto de libertad, de querer conocer, aunque en aquel momento le salga mal. Gracias a Jesucristo, incluso Eva está perdonada, no tiene ninguna culpa y no tiene por qué tener remordimientos. Todos tenemos que tener conciencia y saber hasta dónde podemos llegar y tener en cuenta a los demás. Pero desaparece la culpabilización simplemente por el hecho de ser mujer ¿Dónde se ha visto? ¿Qué sentido tiene que por haber nacido con un cuerpo sexuado femenino tengas que soportar una culpabilización histórica?

¿Esta visión supone también reclamar cambios en cuanto al desigual acceso de las mujeres al sacerdocio?

Eso es otro tema que también toca a la concepción jerárquica y muy eclesiástica de la iglesia. Yo creo que la Iglesia en España no escapa al clericalismo, es decir, durante mucho tiempo se ha creído que la iglesia, por ser una comunidad creyente grande, tenía que organizarse estructuralmente a través de unos cargos y de unos títulos de la jerarquía eclesiástica. Así, muchos varones han podido hacer carrera en las estructuras organizativas de una gran institución. Sin embargo, el sentido del celebrante que puede en un momento comunitario dar la palabra, predicar o dar la comunión no tendría por qué coincidir con alguien que en la estructura jerárquica organizativa de la institución tuviera un título. Y, por ejemplo, los obispos podrían ser escogidos directamente desde las comunidades, como se hacía en los primeros siglos. Lo que pasa es que hay una estructura muy fijada desde hace muchos siglos y veo más difícil cambiarla. Pero también hay teólogas feministas que ya llevan años criticando este clericalismo aberrante. La organización Women's Ordination Worldwide hace años que hacen activismo directo para pedir la posibilidad de la ordenación de las mujeres. El papa Francisco ha creado una comisión de estudio para valorar la posibilidad del diaconado de las mujeres, aunque surge un tema técnico: si se entiende el diaconado como una ordenación o como un ministerio. La verdad es que las feministas decimos que las mujeres ya hace mucho tiempo que actúan como ministras, que celebran, que concelebran en fiestas, que dan bendiciones, que bautizan a sus hijos… Por lo tanto, existe una realidad palpable de gente que ya hace de ministra, que son apóstolas en el sentido de difundir el mensaje del evangelio.

¿Piensa que la jerarquía católica habría actuado de una forma diferente ante los casos de pederastia si hubiera en ella mujeres?

No. Cuando se hacen estas comparaciones, creo que caemos también en un esencialismo. No creo que esto dependa del sexo ni de la identidad sexual, sino de las personas, de cómo te entiendas a ti, de qué concepción tengas de Dios y de los demás. Pasa por una conciencia y un crecimiento personal, que es una llamada que tenemos cada uno de nosotros. Lo que sí creo que es, a veces, desde los lugares de sufrimiento o de marginalización es de donde surgen las posibilidades de cambio y de esperanza. Esto es normal, en la historia también pasa así. Por lo tanto, no es extraño que en nuestra época todavía haga falta seguir luchando por la dignidad de las mujeres, por su respeto y por pensar qué hacemos con el cuerpo de las mujeres. También en el mundo civil hay ejemplos de que no tenemos ganado el espacio todavía. Es horroroso lo que la sociedad patriarcal, en nombre de una libertad del cuerpo, propone en algunos ámbitos, como la maternidad subrogada, los vientres de alquiler. Es una cuestión de ética y de cómo utilizamos los cuerpos de las mujeres y cómo los dejamos utilizar en nombre de una libertad falsa sobre la que hay que reflexionar.

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