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David López Canales

Soy periodista, de Madrid. En mi último puesto antes de trabajar como freelance fui jefe de actualidad en Vanity Fair. Ahora trabajo como freelance para diversos medios de España y Europa y de Latinoamérica.

Un día con los voluntarios que recorren el desierto de Arizona en busca de migrantes en riesgo: "Ayudar no puede ser un crimen"

"¿Hay alguien ahí? ¡Somos amigos. Venimos de una iglesia a ayudarlos!", chilla en castellano María Ochoa, nacida en Texas. Unos minutos más tarde volverá a intentarlo. De nuevo, solo le responde el silencio del desierto. Atravesar Sonora para llegar a Estados Unidos implica caminar decenas de kilómetros. Este no es el desierto de las películas.

No es ese territorio de arena naranja, atardeceres rojos y cactus como espantapájaros por el que cabalgaban los vaqueros. Sonora es tierra árida. Paisaje pedregoso y colinas en las que crecen árboles y arbustos que aguantan la sequía. Una zona de temperaturas drásticas, de frío extremo al caer la noche y calor asfixiante durante el día. Los migrantes necesitan cruzarla arropados por la oscuridad y esquivando las torres de vigilancia de la Patrulla Fronteriza.

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Confesiones de un agente que detenía a migrantes en la frontera de EEUU: "No importa cuánto lo compliques, lo seguirán intentando"

Francisco Cantú aún recuerda el día en que vio aquel cuerpo sin vida. El hombre, que viajaba con su sobrino de 19 años y un amigo de este de 16, había fallecido en la travesía del desierto de Sonora. Los dos jóvenes permanecían junto al cuerpo y él debía detenerlos para que después fuesen deportados.

Cantú no encaja con la imagen que se tiene habitualmente de los agentes fronterizos. Sentado ante una cerveza en el mercado de San Agustín, en Tucson, donde vive, con su camisa y pantalones arremangados, su peinado descuidado y su bigote, parece un joven moderno más. Pero, durante cuatro años, fue uno de los hombres que patrullaban el desierto de su estado natal, Arizona, para impedir que los migrantes sin papeles lleguen a EEUU.

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De la Siria de los tanques a la Siria de los gatos

"¿Qué sabéis de mi país? ¿Qué sabéis de Siria?". A cualquiera le sorprendería la pregunta. No tanto por la pregunta, sino por quién la realiza. Nadine Kadaan tiene los ojos claros y el pelo rubio, viene de Londres y habla un español correcto. No encaja en el estereotipo que tenemos de los sirios. Pero de eso se trata esta iniciativa, de romper estereotipos. Por eso, a los niños de 10 y 11 años del curso de quinto de primaria del colegio público Pi i Margall del madrileño barrio de Malasaña su presencia les sorprende aun más. "¿Qué sabéis de Siria?", vuelve a preguntarles Nadine.

"¿Que es bonito?", le contesta una niña con otra pregunta.

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Descubre las diferencias entre musulmán, islamista y yihadista

"¿Qué es un islamista?", pregunta la monitora. "Una persona que practica el Islam", responde un alumno. "Una persona de otra creencia que se pasa al Islam", dice otra alumna. "Un sinónimo de musulmán", afirma un tercero. "¡Un yihadista!", suelta otro más. "Un islamista es aquella persona que a partir del Islam crea una ideología política", explica la monitora. Su objetivo es tratar de que la treintena de alumnos de tercer curso de ESO, de 16 años, sentados en círculo a su alrededor, sepan diferenciar entre los conceptos musulmán, árabe-musulmán e islamista.

Después, Omar, uno de los alumnos musulmanes, se coloca ante sus compañeros para repetir la lección que acaban de escuchar. "Un musulmán no es igual que un yihadista. El yihadista es parte del Islam pero a través de la violencia", dice en voz alta.

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'Apollo' contra los buitres

El Apollo House, en Poolberg Street, en el centro de la ciudad, a dos calles del emblemático Trinity College, era conocido por ser uno de los edificios más feos de Dublín. Diez plantas de granito y cristal levantadas en los años setenta que antes fueron oficinas y desde hace años están vacías. Incluso el Gobierno tiene planes de demolerlo para vender el solar.

Hoy el Apollo, con sus grandes puertas azules manchadas de óxido y su nombre en letras doradas, se ha convertido también en un símbolo en Irlanda. En el epicentro del primer gran movimiento de reacción de la sociedad desde que estallara la crisis económica hace ya nueve años.

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