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Octavio Salazar

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades. Autor, entre otros, de los libros 'Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos género' (Dykinson, 2013) y 'Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural' (Tirant lo Blanch, 2017)

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Carmen de Burgos y los derechos de las mujeres

El feminismo, además de un pensamiento transformador y de una ética que convierte lo personal en político, es también un ejercicio de memoria. De recuperación de las voces silenciadas y de reconocimiento de las mujeres que sumaron con su compromiso eslabones a la larga lucha por la equivalencia de los sexos. El feminismo es, por tanto, y por si a alguien le cabía alguna duda, una exigencia de memoria democrática. Porque no es posible habitar una democracia haciendo invisible a la mitad femenina, ni a la presente ni a la pasada. Algo que, me temo, sigue ocurriendo en los manuales que se estudian en los colegios, en los salones de las Academias y, en definitiva, en los imaginarios que nos ayudan a definir nuestras subjetividades.

Recuperar la palabra de mujeres que deberían ser parte principal de la memoria de nuestro país es también una manera de demostrar que el feminismo no es una moda, ni ha surgido en las últimas décadas por combustión espontánea. Al contrario, estamos ante un movimiento de siglos, que no ha dejado de multiplicar sus energías y que, en consecuencia, se nutre del trabajo y el compromiso de miles de mujeres que nos precedieron. Por todo ello, es tan buena noticia que justo ahora, en este momento que algunas ya califican como de "cuarta ola feminista", recuperemos la que se ha llegado a calificar como "Biblia del feminismo español". La mujer moderna y sus derechos, publicado por primera vez en 1927, es uno de esos libros cuya lectura nos reafirma en la convicción de que el Derecho, que ha sido y es uno de los principales instrumentos de dominación patriarcal, ha de convertirse en la llave para la emancipación de las mujeres. Algo que Carmen de Burgos deja muy claro en un libro que fue censurado por Franco y que el nacionalcatolicismo incluyó entre las primeras nueve obras prohibidas: "La subordinación de la mujer está proclamada en nuestros Códigos. Se necesita en un plazo razonable de emancipación comenzar por la igualdad de derechos".  

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Las amazonas contra el amor tóxico

He de confesar que nunca he tenido muy claro si el mito de las amazonas, tal y como nos ha llegado a través de diversas fuentes e interpretaciones, puede leerse como una propuesta emancipadora de las mujeres o si, por el contrario, es un ejemplo más de ese dogma patriarcal que podemos resumir en el clásico “que todo cambie para que todo siga igual”. De la misma manera que no tengo claro si heroínas como Wonder Woman, que podríamos identificar con una especie de amazona pasada por la cultura del cómic y luego de la pantalla, nos ofrecen una mirada liberadora de las mujeres o más bien nos lanzan el perverso mensaje que consiste en entender que la igualdad pasa porque ellas actúen como nosotros.

De alguna manera, al patriarca siempre le ha interesado mantener en los márgenes lecturas aparentemente rompedoras sobre el sexo femenino, pero siempre que permanecieran justo ahí, en las afueras, o bien siempre que ayudasen a mantener el estatus de los poderosos. Nada más lejos pues de un futuro deseable en el que sería un error, a mi parecer, asumir que las mujeres, para superar su rol de víctimas y ser plenamente autónomas, asumieran como propias y valiosas las actitudes, estrategias y prioridades del macho. Entre otras cosas, porque esa alternativa nos lleva inexorablemente a un mundo no liberado de explotaciones y violencia.

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Lina Gálvez: La necesaria revolución feminista del conocimiento

En unos días de tanta información política, de tantas sorpresas agradables y de tantas buenas noticias para la lucha feminista, ha pasado un cierto desapercibido el nombramiento de Lina Gálvez como consejera responsable de las Universidades y del conocimiento en Andalucía. La apuesta del ejecutivo andaluz por esta Catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide es, o al menos así me gustaría que fuera, un guiño a la potencialidad transformadora que también para la igualdad tienen las ciencias y los saberes, y no digamos una educación que lleva años sumida en un hondo pozo al que la condenan los criterios neoliberales que, por supuesto, también han llegado a las Universidades. Aunque me temo que en determinadas cuestiones el margen de maniobra de la nueva Consejera sea limitado, sí que confío en que sea capaz de abrir muchas ventanas, de quitar el olor a polilla que desprenden muchos armarios universitarios y que intente al menos hacer de la investigación y las Ciencias, incluidas por supuesto las Sociales y las Humanidades, base del desarrollo de una Comunidad Autónoma que hace tiempo que parece haber tirado la toalla en este sentido.

No tengo ninguna duda de que Lina, de profundas convicciones feministas y situada más a la izquierda de un gobierno que respira gracias al aliento de Ciudadanos, va a trabajar muy duro para que la paridad sea también un principio presente en el poder que representa el conocimiento.  Sigue haciendo falta una mayor visibilidad y reconocimiento de las mujeres científicas, otorgarle mayor autoridad a sus trabajos y aportaciones, además de que tienen por supuesto que estar en los órganos que administran y reparten recursos, es decir, en el meollo del poder. Todo ello por no hablar de la ausencia flagrante de la perspectiva de género como línea principal y transversal en los proyectos de investigación, en los programas de las asignaturas mediante las que formamos a los y las futuras profesionales o, en general, en la definición de las líneas estrategias de un ámbito, el de los saberes, que es esencial en la superación del orden político y cultural que constituye el patriarcado.

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¿Por qué los hombres deberíamos leer el libro 'La lactancia materna'?

Desde que fui testigo del embarazo de la madre de mi hijo, tomé conciencia de lo radical de una experiencia que yo nunca podría vivir y de la ignorancia que yo tenía, y que en gran parte sigo teniendo, sobre lo que representa gestar a un ser humano. No pude hacer otra cosa que ser acompañante cómplice y observador de lo que ella estaba viviendo, como una vez nacido nuestro hijo  lo fui de esos momentos en que se producía entre ellos una comunión cuando él se agarraba al pecho de su madre para alimentarse.  Esa imagen tan idílica no duró mucho tiempo porque el pequeño se quedaba con hambre y ella lo sufría como si le fuera la vida en ello. La madre no podía evitar sentirse culpable. Años más tarde yo entendería que sobre ella estaba cayendo todo el peso de una cultura que administra con alevosía el concepto de mala madre. Sin embargo, cuando nuestro hijo empezó a alimentarse con el biberón, todas aquellas sombras desaparecieron. Su madre recuperó la libertad y su tiempo, yo pude implicarme más en el cuidado del que apenas tenía meses. Sentí que los vínculos se hacían justamente más fuertes, más auténticos, porque procedían no tanto de lo puramente biológico sino de lo sentido.

He recordado este momento de nuestras vidas mientras que leía el recién editado libro de Beatriz Gimeno titulado La lactancia materna. Política e identidad. Al ir recorriendo todos los argumentos de un libro que no está escrito contra la lactancia sino contra la imposición de una práctica, y con ella de un determinado modelo de maternidad, no he hecho sino confirmar la pesada mochila que las mujeres arrastran en una sociedad que continúa empeñada en disciplinar su cuerpo y que, en consecuencia, acaba condicionando su mismo estatuto de ciudadanía. Es evidente, como bien explica Gimeno, que el mandato de lactancia, que en las últimas décadas ha adquirido la categoría de movimiento global, se inserta a la perfección no solo en un orden simbólico sino también en un contexto de reacción patriarcal y de neoliberalismo que incide de manera singularmente negativa en el estatuto de las mujeres. Porque, insisto, lo que la autora pone en entredicho no es la opción de dar de mamar a un hijo, sino el mandato que casi podemos calificar como moral que hace que se construya un discurso que automáticamente deslegitima a las madres que no optan por la lactancia. Un discurso que lógicamente enlaza con el mantenimiento acrítico de unos roles de género, con la conexión Mujer-Naturaleza (ahora redescubierta en un sentido incluso empoderador y hasta feminista para algunas), con las más estrictas exigencias de virtud y hasta de moralidad que siempre han condicionado a las mujeres y por supuesto con un ideal de madre vinculado al sacrificio y a la abnegación. Todo ello, no lo olvidemos, en un contexto en el que la retórica de la elección esquiva los condicionantes que derivan de los sistemas de dominación y en los que muchos sectores se posicionan alerta ante las conquistas de las vindicaciones feministas.

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No sin mujeres: no nos mires, únete

El pasado miércoles se puso en marcha a través de las redes sociales una iniciativa mediante la cual un grupo de hombres del ámbito de las Ciencias Sociales  asumimos el compromiso de  no participar en actividades académicas en las que no se cuente con mujeres, de manera similar a como hace unos años ya habíamos hecho las socias y los socios de Clásicas y Modernas. De esta forma, hemos querido llamar la atención sobre uno de los ámbitos en que de manera más flagrante continúa reproduciéndose la desigualdad y que no es otro que el relacionado con la ciencia y el conocimiento. Como nunca me cansaré de repetir, si el patriarcado continúa vivo y coleando es gracias al sostén de una cultura machista y del dominio masculino del poder. Un poder en el que, por supuesto, hay que situar el que se traduce en dominio de los saberes, en la definición del prestigio intelectual, en el cuasi monopolio de las referencias científicas. La lógica de la democracia paritaria (que puestos a ser rigurosos vendría a ser una reiteración porque no creo que pueda existir democracia sin paridad) exige que, en cualquier espacio, y muy singularmente en aquellos en los que se ejerce poder, mujeres y hombres seamos considerados equivalentes. Y ello pasa necesariamente por la visibilidad de quienes todavía hoy son las “segundonas” en muchos eventos y por el reconocimiento de sus méritos y capacidades en igualdad de condiciones con los que siempre hemos tenido el derecho a estar y a valer.

La Universidad, la Academia, el mundo de la Ciencia y los Saberes, continúa siendo uno de esos espacios en los que todavía hallamos más resistencias al reconocimiento de la equivalencia de nuestras compañeras, por más que ellas lleven décadas demostrando que pueden ser perfectas constructoras de sabiduría. El androcentrismo que impregna los púlpitos, y con él la situación privilegiada que muchos se resisten a abandonar, continúa dificultando que ellas sean visibles y reconocidas como sujetas con autoridad. Sin ir más lejos, en el reciente Congreso de la Asociación de Constitucionalistas de España, celebrado en Málaga el pasado mes de abril, las compañeras de disciplina no tuvieron más remedio que rebelarse ante un programa en el que ocupaban un lugar muy secundario y en el que de nuevo pareciera que no hubiera expertas tan solventes como nosotros para hablar de derechos fundamentales o de la cuestión territorial. Todo ello por no hablar de la ausencia de la perspectiva de género en los contenidos de un ambicioso congreso en el que se abordaban los múltiples perfiles de la sin duda necesaria reforma de la Constitución española. Una vez más, lo sorprendente no fue tanto la reacción de algún colega ante la reclamación de las constitucionalistas sino el significativo silencio de la mayoría.

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Todos somos parte de 'la manada'

Desde el pasado jueves ya se ha dicho prácticamente todo con relación al injustificable y vergonzante fallo del caso de ‘la manada’. Hemos compartido en las calles y en las redes sociales el estupor y la indignación. Se hicieron análisis de urgencia, pero también, posteriormente, lecturas mucho más reposadas sobre lo que inicialmente nos pareció una barbaridad y, después, leídos los más de trescientos folios, se confirmó como una auténtica provocación que ha suscitado malestar incluso entre quienes en otras ocasiones no se han posicionado precisamente a favor de las vindicaciones feministas.

Se han hecho muchos y certeros diagnósticos, y también propuestas como las que, no sé si en un alarde de oportunismo, se hacía desde el Gobierno para revisar la tipificación de los delitos contra la libertad sexual. No seré yo quien ponga en duda dicha necesidad, pero no creo que la redacción de la norma sea el meollo de un asunto en el que, en definitiva, se nos ha vuelto a demostrar con toda su crudeza que la cultura machista está bien presente y recorre transversalmente todos los ámbitos de nuestra convivencia, incluidos aquellos que supone que existen para garantizar nuestros derechos fundamentales. A lo que habría que sumar, por supuesto, que no creo que el recurso al Derecho Penal sea la mejor herramienta en una sociedad democrática avanzada. Más bien las políticas sancionadoras son la expresión más rotunda del fracaso de unas reglas del juego que deberían basarse en la exquisita garantía de la dignidad de todas y de todos, además de que suelen ser el recurso más obvio para quienes no tienen más programa político que jugar de manera populista con las emociones de la ciudadanía.

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La indecencia de Cifuentes y sus cómplices

Hace tiempo que entendí que trabajo en una especie de microcosmos, con frecuencia demasiado encerrado en sí mismo, que genera hacia el exterior pasiones encontradas. Como docente universitario, estoy habituado a que cada cierto tiempo haya alguien que, generalmente con mucha ligereza y con escaso conocimiento de lo que habla, me eche en cara las supuestas bondades de un trabajo que no deja de verse como privilegiado. Sin poner en duda que, como sucede en cualquier administración pública, en la Universidad puedan sobrevivir individuos corruptos, deshonestos o simplemente caraduras, lamento que con relativa frecuencia la imagen que se tenga de nosotros sea tan prejuiciosa. Quizás, y entono el mea culpa, porque nosotros seamos los primeros en mantenernos demasiado al margen de la sociedad, en una especie de púlpito del conocimiento que provoca que quienes nos miran lo hagan desde la desconfianza que genera siempre contemplar a quién ocupa cualquier tipo de poder, por limitado que éste sea.  Y no cabe duda de que la Universidad es un poder que, con frecuencia, arrastra todos los vicios del dominio jerárquico y patriarcal que la ha nutrido desde sus orígenes.

Esas opiniones tan sesgadas nos duelen especialmente a los que llevamos toda la vida trabajando muy duro, y no siempre en las mejores condiciones, en un ámbito en el que encontramos no solo un cauce para nuestro desarrollo profesional sino también personal. Porque entiendo que enseñar e investigar tienen mucho de pasión por la vida, de implicación absoluta del cuerpo y la mente en una tarea que carece de horarios y nos ocupa casi sin descanso. Al menos yo no entiendo de otra manera mi dedicación a un trabajo en el que permanentemente tengo que demostrar mis capacidades, el que nunca dejo de estar sometido a controles internos y externos y en el que, a diferencia de lo que piensa una buena parte de quienes nos miran, siempre queda un riguroso rastro tanto de lo que hacemos bien como de aquello en lo que erramos. Por todo ello, me duele tanto, como supongo que también a tantos y tantas colegas, todo lo que está sucediendo en torno al máster de la señora Cifuentes .  Un asunto en el que es evidente que algo huele a podrido y que, por tanto, nos sitúa frente a lo peor que se le puede reprochar no solo a una Universidad sino en general a cualquier espacio público: la falta de transparencia, el incumplimiento de las reglas del juego y, por supuesto, las mentiras o medias verdades con las que se trata de despistar al respetable. Algo que ha alcanzado unos vergonzosos niveles de cinismo en la comparecencia de la alumna “fantasma” ante el órgano que representa a la ciudadanía madrileña. Un ejercicio de cinismo e irresponsabilidad política que debería activar inmediatamente una moción de censura y que, lógicamente, a través de la propuesta de una Comisión de investigación realizada por Ciudadanos, corre el riesgo de dejarse morir en el tiempo.  De esta manera, comprobamos como los adalides de la regeneración democrática acaban siendo fieles cómplices del más puro estilo Rajoy.

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8M: el futuro violeta

Escribo estas líneas justo cuando el día 7 está a punto de terminar, después de haber compartido una rica conversación con el alumnado de la Facultad de Psicología de Granada sobre El hombre que no deberíamos ser, y con el cosquilleo de quien intuye que la de mañana será una jornada que nunca olvidaremos. Es imposible no sentirse entusiasmado con las miles de imágenes de mujeres – periodistas, académicas, publicistas, limpiadoras, anónimas – que están, como solo ellas saben hacer, tejiendo redes y sumando complicidades para un día que muchas y muchos deseamos que marque un antes y un después. Más allá de los diferentes medidores del éxito de la convocatoria, siempre sesgados y parciales, entiendo que la misma ha sido ya todo un triunfo por varias razones. De una parte, porque ha provocado que el feminismo y sus vindicaciones estén omnipresentes, generen debates públicos y hasta se cuelen en las salas de estar de muchas familias que hasta ahora nunca habían hablado de cuestiones como el acoso o la brecha salarial. De otra, la convocatoria ha obligado a que nos posicionemos, a que se desvele el verdadero rostro de aquellas y aquellos que ahora no han podido seguir ocultando que su compromiso con la igualdad es más que relativo, a que le pongamos la etiqueta – en este caso sí, señora ministra – de machistas a quienes durante un tiempo pretendieron engañarnos con el disfraz de lo políticamente correcto. Simplemente por eso, la huelga es ya todo un éxito, aunque también espero, deseo, que lo sea por mucho más. Entre otras cosas, porque obligue a que la agenda feminista sea tomada en serio y a que la sociedad en su conjunto asuma que una democracia sin igualdad real de mujeres y hombres no merece tal nombre. Y que por tanto dicho objetivo nos interpela a todas y a todos, también a nosotros, durante demasiado tiempo situados en la comodidad de nuestros privilegios y en la complicidad, en ocasiones simplemente por omisión, con la continuidad del patriarcado. Ojalá la huelga sirva, por ejemplo, para revelarnos que mientras que el machismo mira al pasado, el feminismo lo hace siempre hacia el futuro.

Escribo estas líneas también con la agridulce sensación de estar tal vez, una vez más, como hombre, usurpando un espacio público al que tanto todavía hoy le cuesta llegar a las mujeres. Y por ello mi intención no es por supuesto darles lecciones a ellas, ni convertirme en una especie de héroe masculino igualitario, sino más bien de sentirme, hoy más que nunca, sujeto que ha asumir la responsabilidad que me corresponde para terminar de una vez por todas con las injusticias de género y conseguir al fin un nuevo pacto social en el que mujeres y hombres seamos tratados como seres equivalentes. No me corresponderá por lo tanto asumir mañana ningún protagonismo, ni siquiera evidenciar que falto al trabajo, porque de lo que se trata es que todas y todos seamos conscientes de cómo se para el mundo si ellas se paran. Mañana nos toca estar en un discreto segundo plano, lo cual no significa que callemos o nos hagamos los locos. Al contrario, hemos de hacer todo lo posible para que ellas puedan disponer de tiempo y posibilidades para estar en las calles, en las concentraciones y en la lucha. Ellas han de ocupar la voz y el espacio que nosotros todavía en el siglo XXI seguimos ocupando casi en régimen de monopolio. Y no estaría mal que también aprovecháramos una jornada como la de mañana para hacer que nuestros iguales se sintieran como mínimo interpelados por todo lo que está pasando y que ese fuera el punto de partida para acabar con una masculinidad hegemónica que provoca tantas víctimas.

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Una Constitución sin mujeres no es Constitución

En estos momentos en los que para la mayoría –excluyendo al PP, claro–  parece evidente que es urgente una reforma de la Constitución de 1978, debería serlo también que uno de los grandes déficits que arrastra ese pacto de convivencia es la ausencia de las mujeres no solo en el poder que la generó sino también en su contenido. Ello no quiere decir que no hubiera mujeres en el proceso constituyente. Claro que las hubo: 27 pioneras que en aquellas Cortes elegidas en 1977 tuvieron que batallar con lo que entonces todavía era un patriarcado coactivo.

27 mujeres absolutamente invisibles en los libros de historia, en las conmemoraciones y en un imaginario colectivo en el que solo ha habido lugar para los padres de la Constitución. La más radical expresión de eso que Celia Amorós denomina “pactos juramentados entre varones” o, si lo prefieren, como vergonzante demostración práctica de que el patriarcado es el gobierno de los padres. Afortunadamente los trabajos de la constitucionalista Julia Sevilla y el magnífico documental Las constituyentes, de Oliva Acosta, nos han servido, por lo menos a algunos, para completar la fotografía y tener presente como, por ejemplo, aquellas pioneras practicaron una sororidad que ya quisiéramos que hoy se hubiera convertido en práctica cotidiana. Algo que, por cierto, debería haber tenido reflejo en la recientemente constituida Comisión para los festejos del 40 aniversario del texto de 1978, la cual vuelve a ser manifiesta expresión de que aquí el poder, como el “soberano” de hace varias décadas, es cosa de hombres.

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Mujeres y cine: una cuestión de poder

Creo que es evidente, o debería serlo, la estrecha conexión que existe entre las múltiples denuncias que en las últimas semanas están apareciendo sobre casos de acoso sexual en el mundo del cine y las conclusiones que arroja el reciente estudio presentado por CIMA sobre La representatividad de las mujeres en el sector cinematográfico español. Todas las fotografías que resultan de cruzar esos datos de la realidad de la industria cinematográfica nos ponen de manifiesto que estamos ante una cuestión de poder. Es justamente esa la perspectiva que nos ofrece el género en cuanto herramienta analítica: la visualización de las relaciones de poder que siguen alimentando la desigualdad de hombres y mujeres.  Unas relaciones que siguen marcadas, en la sociedad en general, y en el cine en particular, por el dominio masculino y la subordiscriminación femenina. Es esa la dimensión desde la que hay que analizar, valorar y perseguir por ejemplo el acoso sexual en cuanto manifestación de unas relaciones de género basadas en la superioridad masculina y en la paralela vulnerabilidad femenina, así como en una concepción cultural de las mujeres como objetos siempre disponibles para satisfacer nuestros deseos. Al igual que sucede con la violencia de género,  abordarlo como  una cuestión de poder, y por tanto de desigualdad,  es lo que nos da las claves para entender por qué es tan frecuente y sin embargo tan poco visible el acoso sobre las mujeres. Y, en consecuencia, solo actuando políticamente contra él será posible ir erradicándolo de nuestros esquemas de convivencia.

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