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Octavio Salazar

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades. Autor, entre otros, de los libros 'Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos género' (Dykinson, 2013) y 'Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural' (Tirant lo Blanch, 2017)

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No sin mujeres: no nos mires, únete

El pasado miércoles se puso en marcha a través de las redes sociales una iniciativa mediante la cual un grupo de hombres del ámbito de las Ciencias Sociales  asumimos el compromiso de  no participar en actividades académicas en las que no se cuente con mujeres, de manera similar a como hace unos años ya habíamos hecho las socias y los socios de Clásicas y Modernas. De esta forma, hemos querido llamar la atención sobre uno de los ámbitos en que de manera más flagrante continúa reproduciéndose la desigualdad y que no es otro que el relacionado con la ciencia y el conocimiento. Como nunca me cansaré de repetir, si el patriarcado continúa vivo y coleando es gracias al sostén de una cultura machista y del dominio masculino del poder. Un poder en el que, por supuesto, hay que situar el que se traduce en dominio de los saberes, en la definición del prestigio intelectual, en el cuasi monopolio de las referencias científicas. La lógica de la democracia paritaria (que puestos a ser rigurosos vendría a ser una reiteración porque no creo que pueda existir democracia sin paridad) exige que, en cualquier espacio, y muy singularmente en aquellos en los que se ejerce poder, mujeres y hombres seamos considerados equivalentes. Y ello pasa necesariamente por la visibilidad de quienes todavía hoy son las “segundonas” en muchos eventos y por el reconocimiento de sus méritos y capacidades en igualdad de condiciones con los que siempre hemos tenido el derecho a estar y a valer.

La Universidad, la Academia, el mundo de la Ciencia y los Saberes, continúa siendo uno de esos espacios en los que todavía hallamos más resistencias al reconocimiento de la equivalencia de nuestras compañeras, por más que ellas lleven décadas demostrando que pueden ser perfectas constructoras de sabiduría. El androcentrismo que impregna los púlpitos, y con él la situación privilegiada que muchos se resisten a abandonar, continúa dificultando que ellas sean visibles y reconocidas como sujetas con autoridad. Sin ir más lejos, en el reciente Congreso de la Asociación de Constitucionalistas de España, celebrado en Málaga el pasado mes de abril, las compañeras de disciplina no tuvieron más remedio que rebelarse ante un programa en el que ocupaban un lugar muy secundario y en el que de nuevo pareciera que no hubiera expertas tan solventes como nosotros para hablar de derechos fundamentales o de la cuestión territorial. Todo ello por no hablar de la ausencia de la perspectiva de género en los contenidos de un ambicioso congreso en el que se abordaban los múltiples perfiles de la sin duda necesaria reforma de la Constitución española. Una vez más, lo sorprendente no fue tanto la reacción de algún colega ante la reclamación de las constitucionalistas sino el significativo silencio de la mayoría.

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Todos somos parte de 'la manada'

Desde el pasado jueves ya se ha dicho prácticamente todo con relación al injustificable y vergonzante fallo del caso de ‘la manada’. Hemos compartido en las calles y en las redes sociales el estupor y la indignación. Se hicieron análisis de urgencia, pero también, posteriormente, lecturas mucho más reposadas sobre lo que inicialmente nos pareció una barbaridad y, después, leídos los más de trescientos folios, se confirmó como una auténtica provocación que ha suscitado malestar incluso entre quienes en otras ocasiones no se han posicionado precisamente a favor de las vindicaciones feministas.

Se han hecho muchos y certeros diagnósticos, y también propuestas como las que, no sé si en un alarde de oportunismo, se hacía desde el Gobierno para revisar la tipificación de los delitos contra la libertad sexual. No seré yo quien ponga en duda dicha necesidad, pero no creo que la redacción de la norma sea el meollo de un asunto en el que, en definitiva, se nos ha vuelto a demostrar con toda su crudeza que la cultura machista está bien presente y recorre transversalmente todos los ámbitos de nuestra convivencia, incluidos aquellos que supone que existen para garantizar nuestros derechos fundamentales. A lo que habría que sumar, por supuesto, que no creo que el recurso al Derecho Penal sea la mejor herramienta en una sociedad democrática avanzada. Más bien las políticas sancionadoras son la expresión más rotunda del fracaso de unas reglas del juego que deberían basarse en la exquisita garantía de la dignidad de todas y de todos, además de que suelen ser el recurso más obvio para quienes no tienen más programa político que jugar de manera populista con las emociones de la ciudadanía.

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La indecencia de Cifuentes y sus cómplices

Hace tiempo que entendí que trabajo en una especie de microcosmos, con frecuencia demasiado encerrado en sí mismo, que genera hacia el exterior pasiones encontradas. Como docente universitario, estoy habituado a que cada cierto tiempo haya alguien que, generalmente con mucha ligereza y con escaso conocimiento de lo que habla, me eche en cara las supuestas bondades de un trabajo que no deja de verse como privilegiado. Sin poner en duda que, como sucede en cualquier administración pública, en la Universidad puedan sobrevivir individuos corruptos, deshonestos o simplemente caraduras, lamento que con relativa frecuencia la imagen que se tenga de nosotros sea tan prejuiciosa. Quizás, y entono el mea culpa, porque nosotros seamos los primeros en mantenernos demasiado al margen de la sociedad, en una especie de púlpito del conocimiento que provoca que quienes nos miran lo hagan desde la desconfianza que genera siempre contemplar a quién ocupa cualquier tipo de poder, por limitado que éste sea.  Y no cabe duda de que la Universidad es un poder que, con frecuencia, arrastra todos los vicios del dominio jerárquico y patriarcal que la ha nutrido desde sus orígenes.

Esas opiniones tan sesgadas nos duelen especialmente a los que llevamos toda la vida trabajando muy duro, y no siempre en las mejores condiciones, en un ámbito en el que encontramos no solo un cauce para nuestro desarrollo profesional sino también personal. Porque entiendo que enseñar e investigar tienen mucho de pasión por la vida, de implicación absoluta del cuerpo y la mente en una tarea que carece de horarios y nos ocupa casi sin descanso. Al menos yo no entiendo de otra manera mi dedicación a un trabajo en el que permanentemente tengo que demostrar mis capacidades, el que nunca dejo de estar sometido a controles internos y externos y en el que, a diferencia de lo que piensa una buena parte de quienes nos miran, siempre queda un riguroso rastro tanto de lo que hacemos bien como de aquello en lo que erramos. Por todo ello, me duele tanto, como supongo que también a tantos y tantas colegas, todo lo que está sucediendo en torno al máster de la señora Cifuentes .  Un asunto en el que es evidente que algo huele a podrido y que, por tanto, nos sitúa frente a lo peor que se le puede reprochar no solo a una Universidad sino en general a cualquier espacio público: la falta de transparencia, el incumplimiento de las reglas del juego y, por supuesto, las mentiras o medias verdades con las que se trata de despistar al respetable. Algo que ha alcanzado unos vergonzosos niveles de cinismo en la comparecencia de la alumna “fantasma” ante el órgano que representa a la ciudadanía madrileña. Un ejercicio de cinismo e irresponsabilidad política que debería activar inmediatamente una moción de censura y que, lógicamente, a través de la propuesta de una Comisión de investigación realizada por Ciudadanos, corre el riesgo de dejarse morir en el tiempo.  De esta manera, comprobamos como los adalides de la regeneración democrática acaban siendo fieles cómplices del más puro estilo Rajoy.

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8M: el futuro violeta

Escribo estas líneas justo cuando el día 7 está a punto de terminar, después de haber compartido una rica conversación con el alumnado de la Facultad de Psicología de Granada sobre El hombre que no deberíamos ser, y con el cosquilleo de quien intuye que la de mañana será una jornada que nunca olvidaremos. Es imposible no sentirse entusiasmado con las miles de imágenes de mujeres – periodistas, académicas, publicistas, limpiadoras, anónimas – que están, como solo ellas saben hacer, tejiendo redes y sumando complicidades para un día que muchas y muchos deseamos que marque un antes y un después. Más allá de los diferentes medidores del éxito de la convocatoria, siempre sesgados y parciales, entiendo que la misma ha sido ya todo un triunfo por varias razones. De una parte, porque ha provocado que el feminismo y sus vindicaciones estén omnipresentes, generen debates públicos y hasta se cuelen en las salas de estar de muchas familias que hasta ahora nunca habían hablado de cuestiones como el acoso o la brecha salarial. De otra, la convocatoria ha obligado a que nos posicionemos, a que se desvele el verdadero rostro de aquellas y aquellos que ahora no han podido seguir ocultando que su compromiso con la igualdad es más que relativo, a que le pongamos la etiqueta – en este caso sí, señora ministra – de machistas a quienes durante un tiempo pretendieron engañarnos con el disfraz de lo políticamente correcto. Simplemente por eso, la huelga es ya todo un éxito, aunque también espero, deseo, que lo sea por mucho más. Entre otras cosas, porque obligue a que la agenda feminista sea tomada en serio y a que la sociedad en su conjunto asuma que una democracia sin igualdad real de mujeres y hombres no merece tal nombre. Y que por tanto dicho objetivo nos interpela a todas y a todos, también a nosotros, durante demasiado tiempo situados en la comodidad de nuestros privilegios y en la complicidad, en ocasiones simplemente por omisión, con la continuidad del patriarcado. Ojalá la huelga sirva, por ejemplo, para revelarnos que mientras que el machismo mira al pasado, el feminismo lo hace siempre hacia el futuro.

Escribo estas líneas también con la agridulce sensación de estar tal vez, una vez más, como hombre, usurpando un espacio público al que tanto todavía hoy le cuesta llegar a las mujeres. Y por ello mi intención no es por supuesto darles lecciones a ellas, ni convertirme en una especie de héroe masculino igualitario, sino más bien de sentirme, hoy más que nunca, sujeto que ha asumir la responsabilidad que me corresponde para terminar de una vez por todas con las injusticias de género y conseguir al fin un nuevo pacto social en el que mujeres y hombres seamos tratados como seres equivalentes. No me corresponderá por lo tanto asumir mañana ningún protagonismo, ni siquiera evidenciar que falto al trabajo, porque de lo que se trata es que todas y todos seamos conscientes de cómo se para el mundo si ellas se paran. Mañana nos toca estar en un discreto segundo plano, lo cual no significa que callemos o nos hagamos los locos. Al contrario, hemos de hacer todo lo posible para que ellas puedan disponer de tiempo y posibilidades para estar en las calles, en las concentraciones y en la lucha. Ellas han de ocupar la voz y el espacio que nosotros todavía en el siglo XXI seguimos ocupando casi en régimen de monopolio. Y no estaría mal que también aprovecháramos una jornada como la de mañana para hacer que nuestros iguales se sintieran como mínimo interpelados por todo lo que está pasando y que ese fuera el punto de partida para acabar con una masculinidad hegemónica que provoca tantas víctimas.

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Una Constitución sin mujeres no es Constitución

En estos momentos en los que para la mayoría –excluyendo al PP, claro–  parece evidente que es urgente una reforma de la Constitución de 1978, debería serlo también que uno de los grandes déficits que arrastra ese pacto de convivencia es la ausencia de las mujeres no solo en el poder que la generó sino también en su contenido. Ello no quiere decir que no hubiera mujeres en el proceso constituyente. Claro que las hubo: 27 pioneras que en aquellas Cortes elegidas en 1977 tuvieron que batallar con lo que entonces todavía era un patriarcado coactivo.

27 mujeres absolutamente invisibles en los libros de historia, en las conmemoraciones y en un imaginario colectivo en el que solo ha habido lugar para los padres de la Constitución. La más radical expresión de eso que Celia Amorós denomina “pactos juramentados entre varones” o, si lo prefieren, como vergonzante demostración práctica de que el patriarcado es el gobierno de los padres. Afortunadamente los trabajos de la constitucionalista Julia Sevilla y el magnífico documental Las constituyentes, de Oliva Acosta, nos han servido, por lo menos a algunos, para completar la fotografía y tener presente como, por ejemplo, aquellas pioneras practicaron una sororidad que ya quisiéramos que hoy se hubiera convertido en práctica cotidiana. Algo que, por cierto, debería haber tenido reflejo en la recientemente constituida Comisión para los festejos del 40 aniversario del texto de 1978, la cual vuelve a ser manifiesta expresión de que aquí el poder, como el “soberano” de hace varias décadas, es cosa de hombres.

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Mujeres y cine: una cuestión de poder

Creo que es evidente, o debería serlo, la estrecha conexión que existe entre las múltiples denuncias que en las últimas semanas están apareciendo sobre casos de acoso sexual en el mundo del cine y las conclusiones que arroja el reciente estudio presentado por CIMA sobre La representatividad de las mujeres en el sector cinematográfico español. Todas las fotografías que resultan de cruzar esos datos de la realidad de la industria cinematográfica nos ponen de manifiesto que estamos ante una cuestión de poder. Es justamente esa la perspectiva que nos ofrece el género en cuanto herramienta analítica: la visualización de las relaciones de poder que siguen alimentando la desigualdad de hombres y mujeres.  Unas relaciones que siguen marcadas, en la sociedad en general, y en el cine en particular, por el dominio masculino y la subordiscriminación femenina. Es esa la dimensión desde la que hay que analizar, valorar y perseguir por ejemplo el acoso sexual en cuanto manifestación de unas relaciones de género basadas en la superioridad masculina y en la paralela vulnerabilidad femenina, así como en una concepción cultural de las mujeres como objetos siempre disponibles para satisfacer nuestros deseos. Al igual que sucede con la violencia de género,  abordarlo como  una cuestión de poder, y por tanto de desigualdad,  es lo que nos da las claves para entender por qué es tan frecuente y sin embargo tan poco visible el acoso sobre las mujeres. Y, en consecuencia, solo actuando políticamente contra él será posible ir erradicándolo de nuestros esquemas de convivencia.

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Los hombres que no leen a mujeres son peligrosos

Quienes a estas alturas continúan dudando de la pervivencia del patriarcado, entendido no solo como una estructura política sino como un perverso orden cultural que continúa condicionando las subjetividades masculina y femenina, deberían fijarse, de entrada, en las personas que continúan dominando no solo los espacios públicos sino también y muy especialmente los que implican reconocimiento y ejercicio de la autoridad. Es decir, deberían analizar quiénes continúan siendo mayoritariamente los referentes, los que acaparan premios, los que simbolizan la excelencia o los que ocupan, a veces casi en régimen de monopolio, los relatos colectivos. Las imágenes que cada día nos ofrecen los medios de comunicación son la prueba más evidente de cómo nosotros seguimos ocupando los púlpitos y cómo ellas, la otra mitad, continúan siendo en gran medida invisibles. Ahí están el elenco de los premiados en los Premios Nobel, la composición de las tertulias televisivas o el listado de ponentes en cualquier Congreso científico para demostrarlo.

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Yo no soy un putero: contra la trata y la explotación sexual de las mujeres

El patriarcado se ha sostenido a lo largo de los siglos a través de la conjunción perversa de dos silencios estructurales: el silencio de las mujeres en cuanto sujetos no políticos y el de los hombres sobre nuestros privilegios. Incluso cuando hemos ido avanzando hacia sociedades al menos formalmente igualitarias, muchos hombres han continuado manteniendo un silencio cómplice, por omisión, con el que están contribuyendo a mantener el estado de subordinación de la mitad femenina. Por eso es tan necesario y urgente que los hombres levantemos la voz pero no para ser los protagonistas, como lo hemos sido siempre, sino para dejar claro que no nos identificamos con una masculinidad hegemónica que produce víctimas y para señalar con el dedo a quienes siguen disfrutando impunemente de los dividendos que derivan de ella.

Por eso en el día que internacionalmente se llama la atención sobre la explotación sexual y el tráfico de mujeres, niñas y niños, urge que todas y todos tengamos clara la conexión existente entre trata y prostitución, en el sentido que sin la segunda no existiría la primera. Por lo tanto son los hombres que se van de putas los que alimentan y perpetúan la que constituye una de las expresiones más brutales de la violencia machista, al mismo tiempo que todos los que miran a un lado contribuyen con su silencio a perpetuar una cadena de humillaciones y explotación que provoca beneficios millonarios a escala planetaria.

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El neomachista discurso de la discriminación masculina

Una de las consecuencias más terribles del caso de Juana Rivas – más allá de su drama personal, del laberinto procesal y de los muchos errores cometidos en su defensa y, por supuesto, de la constatación de las múltiples fallas de nuestro ordenamiento jurídico y de nuestro sistema judicial para proteger adecuadamente a las víctimas de la violencia de género – ha sido el rearme de los discursos machistas y neomachistas que en los últimos tiempos han encontrado en las redes sociales un espacio ideal de expansión. Y hablo de neomachismo para referirme a todas esas construcciones ideológicas que usan aparentemente nuevos conceptos y paradigmas para en el fondo seguir defendiendo a ultranza los dividendos patriarcales. Unas construcciones que han ido incluso creando sus propios mitos, como el de las denuncias falsas, con los que pretenden armarse de razones.

La figura de Arcuri se ha convertido, sobre todo para muchos hombres que son prisioneros de la ira y el resentimiento frente a unas mujeres que han sido capaces de plantarles cara y convertirse en sujetas autónomas, en una especie de héroe a través del cual están expresando toda una construcción ideológica que insiste en la victimización masculina y que supone una rearme patriarcal frente a las progresivas conquistas de nuestras compañeras. Arcuri ha acabo convertido, no sé si siendo él consciente del todo, en una especie de portavoz de todos esos varones que llevan más de una década argumentando contra la LO 1/2004, de 28 de diciembre, de medidas de protección integral contra la violencia de género; que han encontrado en el término “feminazis” el calificativo más facilón con el que desprestigiar a las que llevan siglos luchando por la democracia y que, por supuesto, encuentran todo tipo de aliados y de aliadas, a veces en los lugares más insospechados, en la cruzada contra lo que ellos llaman la “ideología de género”.

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Juana Rivas: el Derecho también tiene género

Durante las últimas semanas he seguido con mucha atención, no solo por su importancia social y humana sino también por su complejidad jurídica, el caso de Juana Rivas. He constatado cómo en las redes sociales todas y todos nos convertíamos en apenas horas en expertos juristas, sin tener más conocimiento de los procedimientos en curso que lo que nos llegaba a través de las  medios de comunicación y de los ecos, con frecuencia tan poco fundados, de quienes en Twitter o Facebook parecían tener más claro que nadie cuándo es posible interponer un recurso de amparo o de qué manera se debe actuar judicialmente para proteger los intereses de un menor. Todo ello en muchos casos con un nivel de vehemencia que parecía, cualquiera que fuera la posición que se estuviera defendiendo, que en Derecho no fueran posibles las divergencias, cuando la primera lección que yo le enseño a mi alumnado es que en el ámbito jurídico dos y dos casi nunca suman cuatro.

No voy a entrar por lo tanto a valorar aspectos concretos de las dos líneas procesales abiertas en el caso, la penal y la civil, para lo que, insisto, me faltaría manejar la que supongo prolija documentación que se ha generado en los últimos meses. No puedo más que adherirme al sensato y bien argumentado documento que hace unos días hizo pública la Asociación de Mujeres Juezas de España. Simplemente me voy a limitar a subrayar algunas de las sombras que ha puesto al descubierto el drama de Juana Rivas, justo además cuando nuestros representantes acaban de firmar un rimbombante pacto de Estado contra la violencia de género que, como ya puse de manifiesto  hace unas semanas, me parece un documento formalmente muy valioso pero del que dudo de su eficacia real.

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