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Octavio Salazar

Catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad de Córdoba, investigador especializado en igualdad de género y nuevas masculinidades. Autor, entre otros, de los libros 'Masculinidades y ciudadanía. Los hombres también tenemos género' (Dykinson, 2013) y 'Autonomía, género y diversidad: itinerarios feministas para una democracia intercultural' (Tirant lo Blanch, 2017)

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Razones y emociones para votar

Después de varias semanas dudando qué hacer el próximo 10 de noviembre, de repente se despejaron mis dudas, por más que persistan el cabreo, la desilusión y la poca esperanza. Cuando algunas calles de Barcelona ardían, y mientras que en otras miles de ciudadanos y de ciudadanas de Cataluña se manifestaban pacíficamente, yo tenía la gran suerte de participar en la rueda de hombres contra la violencia machista organizada en Valladolid. Hace unos meses, ASIES (Asociación Igualdad es Sociedad) me había pedido redactar el manifiesto que fue leído en todos los municipios que se sumaron a la iniciativa. Una vez más, fue emocionante comprobar cómo los hombres se posicionaban y cómo, aunque todavía con la timidez y la cautela de quien ha iniciado el proceso de mirarse como ser privilegiado ante el espejo, han empezado a entender que sin feminismo no hay democracia posible.

Las emociones políticas vividas en Valladolid fueron decisivas para entender que no podía renunciar a ejercer mi derecho al voto, el cual constituye nuestra herramienta más potente de transformación. Es justamente cuando votamos, y a pesar de las injusticias que genera nuestro sistema electoral, el momento en que todas y todos somos radicalmente iguales, en el que ejercemos esa porción de soberanía que nos corresponde y en el que se sustenta un maltrecho modelo de democracia representativa.

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Creedme: la cultura de la violación como obstáculo para la plena ciudadanía de las mujeres

A raíz del caso de La Manada, en nuestro país se generó un intenso debate político y jurídico en torno a la definición penal de violación. Siendo necesario que nuestro ordenamiento deje lo más claro posible qué se entiende por una agresión sexual, dejando el mínimo margen para que una interpretación del tribunal de turno pueda rebajar el tipo y por tanto su sanción, creo que es todavía más urgente que revisemos toda una cultura que sigue impregnando el ámbito jurídico y que por tanto actúa como un lastre para la efectiva garantía de los derechos de las mujeres.

La miniserie 'Creedme', estrenada hace unas semanas en la plataforma Netflix, es un magnífico ejemplo de cómo esa que podríamos denominar, tal y como desde hace décadas lo hace la teoría feminista, cultura de la violación, lastra la protección de las mujeres y las sitúa con demasiada frecuencia en una terrible indefensión. De esta manera, derechos que nuestro ordenamiento considera fundamentales – desde el que todas y todos tenemos a la tutela judicial efectiva (art. 24 CE), pasando por la integridad física y moral (art. 15 CE), hasta llegar la dignidad (art. 10.1 CE) que justamente resulta de la efectiva garantía de nuestras libertades – son cuestionados y, por lo tanto, colocan a la mujeres en una especie de ciudadanía devaluada que se hace evidente cuando sufren alguna de las violencias machistas en las que se sustenta el patriarcado.

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The Good Fight: El poder político de la ira de las mujeres

Cuando las redes sociales estaban invadidas por análisis y comentarios de todo tipo en torno a Juego de Tronos, convertida incluso en materia de análisis político y hasta en objeto de seminarios universitarios, la tercera temporada, la cual considero una de las mejores series emitidas últimamente, llegaba a su fin con menos interés mediático. Como si solo fuera un producto para el culto de quienes seguimos amando las producciones audiovisuales que nos hablan del aquí y del ahora sin necesidad de metáforas.

The Good Fight, que nació como una especie de falsa continuación de otra serie ya mítica, The good wife, ha ido creciendo en densidad narrativa hasta llegar a una tercera temporada en la que ha pasado a convertirse en la serie más política del momento. Esta sí merecedora de seminarios y debates en los que mujeres y hombres fuéramos capaces de ponernos delante del espejo, sin necesidad de dragones o de fábulas con los que interpretar el presente del que a veces no hacemos otra cosa que huir. No creo que haya otra producción televisiva que, además de convertir sus capítulos en una auténtica cruzada antiTrump, muestre con mayor rigor y acierto algunas de las cuestiones sociales y políticas que hoy interpelan a las sociedades democráticas.

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El poder del voto feminista

Con demasiada frecuencia, supongo que por la creciente pérdida de legitimidad de un sistema democrático atrapado entre la "sin ley" del mercado y los voraces partidos políticos, las ciudadanas y los ciudadanos no somos conscientes del peso de nuestro voto. El ejercicio del derecho de sufragio, mediante el cual dotamos de contenido a la pequeña parcela de soberanía que nos corresponde, representa una parcela de poder que con frecuencia menospreciamos y que, en consecuencia, como pasó en las pasadas elecciones andaluzas, nos lleva a que renunciemos a ella desde una posición abstencionista, por supuesto legítima y seguramente cargada de razones, pero también hasta cierto punto irresponsable y comodona.

En estos tiempos convulsos, de amenazas evidentes que ponen en peligro la propia supervivencia de nuestro modelo de convivencia, no creo que haya argumentos que justifiquen la pasividad que supone no ejercer un derecho/poder y, en consecuencia, desligarnos de la posible responsabilidad que nuestras acciones puedan tener en el futuro más inmediato del país. No habría más que recordar el apasionado argumentario de Clara Campoamor en las cortes constituyentes de 1931 para, en el caso de los más escépticos, reconciliarnos con las posibilidades transformadoras del voto, el cual no es sino la expresión más evidente de nuestro estatuto de ciudadanía. En este, como en tantos otros temas, nuestra falta de memoria histórica juega en contra de la calidad democrática y por eso, insisto, tal vez no habría mejor manera de pensar en el próximo 28 de abril que teniendo presente el peso político de nuestros derechos y la genealogía de las luchas que los hicieron posibles.

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Constitución española: ¿Hay que deshacer la "casa de muñecas"?

Siempre me gustó la metáfora usada por constitucionalistas como Pablo Lucas Verdú y que supone identificar la Constitución como "el hogar de la ciudadanía". Es decir, ese espacio que nos reconoce como sujeto de derechos y en el que tenemos la oportunidad de ser partícipes del poder. Esa pertenencia a un hogar común, en el que es posible sentirse protegido y al mismo tiempo reconocido como individuo libre, genera un sentimiento de adhesión que va más allá de lo racional y que actúa como una especie de nervio emocional que hace que el sistema, pese a sus turbulencias e imperfecciones, se mantenga vivo. Ahora bien, la Constitución, como cualquier casa, y sobre todo como cualquier casa que pretenda ser vivida como un hogar, necesita reformas y no quedarse atrapada en la nostalgia de lo que fue ni mucho menos en la parálisis que generan los miedos. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un santuario solo habitable por los dogmáticos y que, en vez de generar ocasiones para el diálogo, acaba reducida a púlpito donde reside la melancolía.

La Constitución de 1978, de la que no negaré el papel esencial que ha desempeñado en hacer posible 40 años de democracia en nuestro país, pero a la que tampoco colocaré en los altares en la que es adorada por algunos herederos de sus padres, ha llegado a un punto en el que ya no es posible mantenerla viva si no es mediante una revisión que la convierta en el texto que reclama el siglo XXI. Y ello pasa, a mi parecer, por la reflexión necesaria sobre los dos ejes estructurales que articularon el modelo: la Monarquía parlamentaria y el sistema electoral/de partidos. Ambos son los dos factores que articulan los equilibrios poder/ciudadanía y son los que generan las dinámicas que en muchas ocasiones nos están llevando a callejones sin salida. Porque es evidente que ambos atraviesan desde hace años una evidente crisis que sólo parecen no ver quienes siguen beneficiándose de los poderes hegemónicos o quienes responden al perfil conservador que tantas miserias ha provocado en la historia de nuestro país. Ese debate debería, lógicamente, llevarnos de la mano hacia otros que sí que suelen aparecer en las reflexiones sobre la reforma constitucional. Me refiero a la definición federal del Estado, a la garantía de un Estado social que no esté sometido a los vientos del mercado y a una serie de reformas institucionales que permitan una mayor calidad democrática.

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Concepción Arenal: la sabia ¿feminista?

“Era el mayor sabio de España, uno de los mayores de Europa en Derecho Penal y Sociología”

Gumersindo de Azcárate

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El Tribunal Constitucional, los permisos de paternidad y la "condición femenina"

Son muchos los factores sociales, políticos y económicos que todavía hoy, en una sociedad democrática como lo nuestra, perpetúan la desigualdad de mujeres y hombres. Sin duda, uno de los más decisivos es la división que el género continúa marcando entre lo público y lo privado, entre los trabajos productivos y los reproductivos, entre lo profesional y lo familiar. A esa estructura de poder habría que sumar la continuidad de una cultura jurídica machista y que se expresa con demasiada frecuencia a través de resoluciones que ponen en evidencia que la justicia continúa teniendo rostro de varón. Ambos elementos se han dado de la mano de manera singular en la reciente sentencia del Tribunal Constitucional, mediante la cual se ha negado al amparo a un recurrente, que junto a la PPiiNA (Plataforma por permisos e iguales e intransferibles), solicitaba una ampliación y equiparación de la prestación con la de maternidad, tanto en lo que se refiere a las condiciones de disfrute como a su duración (16 semanas), con carácter personal e intransferible.

Como viene siendo habitual en sus decisiones, el TC ha prescindido de la perspectiva de género y de todos los mandatos que de manera expresa en nuestro ordenamiento prevé la LO 3/2007, de igualdad efectiva de mujeres y hombres. Entre ellos, la aplicación de dicho principio de igualdad como un criterio interpretativo básico, además de la obligación de todos los poderes públicos de remover todos los obstáculos – directos o indirectos – que prorrogan la subordinación de las mujeres, entre ellos, y de manera muy destacada, los vinculados con la maternidad. Por el contrario, la sentencia se aferra a una concepción estrechamente formal de la igualdad y una concepción, de nuevo, biologicista de la mujer. Una vez más, y como lleva siglos haciendo el patriarcado, la “condición femenina” se convierte en presupuesto de un trato desigual que ampara que justamente ellas, las mujeres, continúen condicionadas por su papel de reproductoras y, por tanto, gocen de una ciudadanía devaluada. De esta manera, construye un discurso que insiste en la idea que la función esencial del permiso de maternidad es proteger la salud de la mujer trabajadora, por lo que no tendría sentido hablar de discriminación al no reconocérselo con las mismas condiciones a los hombres. Nada plantean los magistrados sobre la discriminación que, directa pero también indirecta, provoca esta desigualdad en la situación laboral de las mujeres, ni mucho menos se cuestionan que la corresponsabilidad pueda ser un derecho/deber derivado justamente de las exigencias de igualdad real y efectiva que proclama el artículo 9.2 de nuestra Constitución.

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Carmen de Burgos y los derechos de las mujeres

El feminismo, además de un pensamiento transformador y de una ética que convierte lo personal en político, es también un ejercicio de memoria. De recuperación de las voces silenciadas y de reconocimiento de las mujeres que sumaron con su compromiso eslabones a la larga lucha por la equivalencia de los sexos. El feminismo es, por tanto, y por si a alguien le cabía alguna duda, una exigencia de memoria democrática. Porque no es posible habitar una democracia haciendo invisible a la mitad femenina, ni a la presente ni a la pasada. Algo que, me temo, sigue ocurriendo en los manuales que se estudian en los colegios, en los salones de las Academias y, en definitiva, en los imaginarios que nos ayudan a definir nuestras subjetividades.

Recuperar la palabra de mujeres que deberían ser parte principal de la memoria de nuestro país es también una manera de demostrar que el feminismo no es una moda, ni ha surgido en las últimas décadas por combustión espontánea. Al contrario, estamos ante un movimiento de siglos, que no ha dejado de multiplicar sus energías y que, en consecuencia, se nutre del trabajo y el compromiso de miles de mujeres que nos precedieron. Por todo ello, es tan buena noticia que justo ahora, en este momento que algunas ya califican como de "cuarta ola feminista", recuperemos la que se ha llegado a calificar como "Biblia del feminismo español". La mujer moderna y sus derechos, publicado por primera vez en 1927, es uno de esos libros cuya lectura nos reafirma en la convicción de que el Derecho, que ha sido y es uno de los principales instrumentos de dominación patriarcal, ha de convertirse en la llave para la emancipación de las mujeres. Algo que Carmen de Burgos deja muy claro en un libro que fue censurado por Franco y que el nacionalcatolicismo incluyó entre las primeras nueve obras prohibidas: "La subordinación de la mujer está proclamada en nuestros Códigos. Se necesita en un plazo razonable de emancipación comenzar por la igualdad de derechos".  

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Las amazonas contra el amor tóxico

He de confesar que nunca he tenido muy claro si el mito de las amazonas, tal y como nos ha llegado a través de diversas fuentes e interpretaciones, puede leerse como una propuesta emancipadora de las mujeres o si, por el contrario, es un ejemplo más de ese dogma patriarcal que podemos resumir en el clásico “que todo cambie para que todo siga igual”. De la misma manera que no tengo claro si heroínas como Wonder Woman, que podríamos identificar con una especie de amazona pasada por la cultura del cómic y luego de la pantalla, nos ofrecen una mirada liberadora de las mujeres o más bien nos lanzan el perverso mensaje que consiste en entender que la igualdad pasa porque ellas actúen como nosotros.

De alguna manera, al patriarca siempre le ha interesado mantener en los márgenes lecturas aparentemente rompedoras sobre el sexo femenino, pero siempre que permanecieran justo ahí, en las afueras, o bien siempre que ayudasen a mantener el estatus de los poderosos. Nada más lejos pues de un futuro deseable en el que sería un error, a mi parecer, asumir que las mujeres, para superar su rol de víctimas y ser plenamente autónomas, asumieran como propias y valiosas las actitudes, estrategias y prioridades del macho. Entre otras cosas, porque esa alternativa nos lleva inexorablemente a un mundo no liberado de explotaciones y violencia.

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Lina Gálvez: La necesaria revolución feminista del conocimiento

En unos días de tanta información política, de tantas sorpresas agradables y de tantas buenas noticias para la lucha feminista, ha pasado un cierto desapercibido el nombramiento de Lina Gálvez como consejera responsable de las Universidades y del conocimiento en Andalucía. La apuesta del ejecutivo andaluz por esta Catedrática de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad Pablo de Olavide es, o al menos así me gustaría que fuera, un guiño a la potencialidad transformadora que también para la igualdad tienen las ciencias y los saberes, y no digamos una educación que lleva años sumida en un hondo pozo al que la condenan los criterios neoliberales que, por supuesto, también han llegado a las Universidades. Aunque me temo que en determinadas cuestiones el margen de maniobra de la nueva Consejera sea limitado, sí que confío en que sea capaz de abrir muchas ventanas, de quitar el olor a polilla que desprenden muchos armarios universitarios y que intente al menos hacer de la investigación y las Ciencias, incluidas por supuesto las Sociales y las Humanidades, base del desarrollo de una Comunidad Autónoma que hace tiempo que parece haber tirado la toalla en este sentido.

No tengo ninguna duda de que Lina, de profundas convicciones feministas y situada más a la izquierda de un gobierno que respira gracias al aliento de Ciudadanos, va a trabajar muy duro para que la paridad sea también un principio presente en el poder que representa el conocimiento.  Sigue haciendo falta una mayor visibilidad y reconocimiento de las mujeres científicas, otorgarle mayor autoridad a sus trabajos y aportaciones, además de que tienen por supuesto que estar en los órganos que administran y reparten recursos, es decir, en el meollo del poder. Todo ello por no hablar de la ausencia flagrante de la perspectiva de género como línea principal y transversal en los proyectos de investigación, en los programas de las asignaturas mediante las que formamos a los y las futuras profesionales o, en general, en la definición de las líneas estrategias de un ámbito, el de los saberes, que es esencial en la superación del orden político y cultural que constituye el patriarcado.

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