Acequias tan valiosas como La Alhambra: 900 kilómetros de canales para conservar agua ante el cambio climático
Cuando caminas junto a una acequia de la Alpujarra granadina “lo primero que notas es el frescor y el verdor que no encuentras en otras zonas”, dice Fran Vilchez, presidente de la comunidad de regantes del municipio de Cáñar. Es uno de los beneficios de un sistema de manejo del agua formado por una red de canales que surcan las montañas semiáridas del Espacio Natural de Sierra Nevada y que funciona desde la conquista musulmana.
La de Barjas aporta cinco kilómetros a un tejido de más de novecientos. Empieza a unos 1.800 metros de altitud, donde se nutre de las aguas del deshielo, discurre por un bosque de castaños y robles, el más meridional de Europa, y permite regar unas 525 hectáreas de cultivo en extensivo de Cáñar, antes de continuar montaña abajo.
Se abandonó en los años 90 porque apenas quedaban agricultores en la zona, pero gracias al Laboratorio de Arqueología Biocultural (MemoLab) de la Universidad de Granada, que une a académicos de distintas disciplinas, comunidad de regantes y voluntarios nacionales y extranjeros para investigar y restaurar este sistema, fue recuperada hace una década. Aquí se cultiva principalmente olivar, frutales, viñas, hortalizas de temporada y castaños. Las aceitunas y el aceite para vender y el resto para el autoconsumo. En un contexto de cambio climático marcado por el aumento de los periodos de sequía y un uso del campo cada vez más intensivo, estos sistemas de gestión del agua cobran relevancia como un posible modelo de adaptación basado en la naturaleza.
Con más de mil años de antigüedad, la técnica consiste en excavar canales en el terreno que durante la época de deshielo conducen el agua desde la cabecera de los ríos hacia determinados puntos en la ladera donde se filtra a los acuíferos y, desde allí, circula lentamente por el subsuelo para aflorar meses después en manantiales en cotas más bajas, evitando su pérdida por evaporación y abasteciendo a las comunidades y a sus cultivos de terrazas en los meses que más escasea.
“Lo importante de las acequias de careo es que son un sistema intencional de recarga de acuíferos”, señala Sergio Martos Rosillo, científico del Instituto Geológico y Minero de España que estudia estos sistemas desde hace una década. “El agua que circula por un río tiene una velocidad media de un metro por segundo. En un día hay 86.400 segundos, de modo que el agua que va por un río recorre 86 kilómetros. En Sierra Nevada tenemos el mar Mediterráneo a menos de 40 kilómetros, o sea, que el agua se iría rápido. La velocidad media en un acuífero es de un metro al día, unos cien metros en tres meses. Entonces, el agua que infiltras va a salir con retraso. Aquí lo llaman entretener el agua”, explica el geólogo.
También es fácil oír hablar de “sembrar” o “criar” agua, infiltrarla sabiendo por dónde y cuándo saldrá de nuevo, o de borreguiles, los pastos de altas cumbres para los borregos, corderos sobre todo, que se crean al carear o empapar la montaña: palabras que reflejan el profundo conocimiento que los agricultores y pastores tienen de su territorio. José María Martín Civantos, director de MemoLab y responsable del proceso de recuperación de acequias históricas, define esta técnica como “la capacidad del ser humano a lo largo de la historia de observar, conocer, experimentar, aprender y transformar el medio de una manera positiva”.
Investigaciones arqueológicas e históricas sitúan las acequias de careo como el sistema de recarga de agua subterránea más antiguo de Europa pero, por supuesto, no el único. En otros lugares de España y de América Latina se han encontrado soluciones parecidas basadas en el aprovechamiento de los recursos naturales con una intervención mínima. Para que el sistema funcione tienen que confluir una serie de factores: “que la montaña tenga un sustrato de rocas duras, como los esquistos, que al estar expuestas mucho tiempo en la superficie se alteran y permiten la infiltración del agua; que haya suficiente pendiente; que se dé un periodo seco largo –si llueve todo el año no hace falta recargar el acuífero– y que exista una comunidad que conozca y mantenga la técnica”, detalla Martos Rosillo.
Poco antes del deshielo se limpian las acequias y se abren las compuertas de piedra para empezar a sembrar agua y en mayo o junio, dependiendo de lo que haya nevado, se cortan las de careo y se abren las de riego.
Sierra Nevada tiene un porcentaje de vegetación vinculada a la ribera más alto de lo esperado por su posición climática y geográfica
Este sistema permite la supervivencia de los habitantes, sus cultivos y la biodiversidad de los ecosistemas. El ecólogo de la Universidad de Almería y director del Centro Andaluz para el Cambio Global, Javier Cabello, insiste en que “las acequias contribuyen al mantenimiento o extensión de una biodiversidad que existía previamente”. Se sabía que Sierra Nevada tiene un porcentaje de vegetación vinculada a la ribera más alto de lo esperado por su posición climática y geográfica. “Esto no quiere decir que el origen de esta flora sea la acequia, pero sí el mantenimiento en los periodos de sequía”, reitera. Los borreguiles, que albergan “altas tasas de endemicidad, han ampliado su tamaño gracias al manejo histórico de las cabeceras de los ríos”, dice como ejemplo.
Tras estudiar el impacto de la acequia de Barjas en el tiempo y el espacio sobre el bosque de roble melojo que atraviesa, concluye que “los periodos de sequía no se acusan en los anillos de crecimiento de los árboles”.
Contra las quejas de los ecólogos fluviales por el desvío de los cauces, Cabello insiste en recordar que, por un lado, estos ríos son ganadores porque los flujos subterráneos les aportan agua; y por otro, las acequias de careo sacan agua en la parte alta de la montaña solo cuando el río lleva mucho caudal, de manera que no tienen el mismo impacto que las de regadío en la parte baja para uso exclusivo del riego de cultivos. De hecho, las mediciones de poblaciones de macroinvertebrados en distintos puntos de los ríos han revelado “diferencias muy sutiles”. Martos Rosillo añade que el agua subterránea que brota en verano, al estar más fría que la superficial, sirve de refugio térmico para peces que no pueden estar en aguas calientes, como la trucha.
Empapar la ladera aporta además unos beneficios ecosistémicos muy importantes de cara al calentamiento global, como la reducción de riesgo de incendios forestales, una mayor densidad de vegetación, de biodiversidad genética, mayor absorción de carbono y control de la erosión. Y la clara función de regulación hídrica de las acequias de careo genera más fuentes en los pueblos porque hay más manantiales, donde el sapo partero y otros anfibios están a salvo de los depredadores de los ríos.
¿Cómo era Sierra Nevada antes de que existieran los sistemas de careo? “Es la pregunta del millón”, confiesa Cabello, porque queda mucha investigación por hacer. Sin acequias, los ríos se secarían en verano y el paisaje sería totalmente diferente: “No habría esta masa de bosquetes y probablemente habría bastantes menos manantiales”. En Sierra Nevada, la conquista árabe y bereber que comenzó en el siglo VIII trajo un conjunto de conocimientos muy avanzados sobre botánica, geografía, hidrología o matemáticas que transformaron el paisaje y a sus habitantes de una forma “relativamente pacífica y rápida”, apunta Martín Civantos.
Quedarse de brazos cruzados mientras esta herencia desaparece no era una opción. Así pues, Martín Civantos y una la red de colaboradores en aumento que investiga estos sistemas desde distintas disciplinas comenzaron con la de Barjas en 2014 el proceso de recuperación de acequias en desuso. Hasta la fecha han restaurado cien kilómetros de acequias, de careo y de riego, fundamentalmente en Granada, pero también en Almería y Cáceres. En 2023, la red de acequias fue reconocida por la Unesco como Sitio Demostrativo de Hidrología por la gestión respetuosa del medio ambiente, la creación de servicios ecosistémicos y el aumento de biodiversidad que generan.
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