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Especismo, justicia e izquierda. Crítica a Daniel Bernabé

En La trampa de la diversidad (2018) Daniel Bernabé critica duramente, desde el anticapitalismo, a diferentes movimientos sociales de lucha contra la discriminación no basada en la clase 

Hay, sin embargo, un aspecto de su crítica que no ha recibido la atención seria y desapasionada que merece. Se trata de su diatriba contra quienes rechazan el especismo

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Cerdos transportados al matadero tras una vida de explotación y violencia.

Cerdos transportados al matadero tras una vida de explotación y violencia. Filmingforliberation.com

En La trampa de la diversidad (2018) Daniel Bernabé critica duramente, desde el anticapitalismo, a diferentes movimientos sociales de lucha contra la discriminación no basada en la clase. Hablamos de las luchas a las que suele darse la etiqueta genérica de “políticas de identidad”. Siendo caritativos su crítica parece ser estratégica: estas reivindicaciones son justas, pero no lo están haciendo bien. Ya se han hecho objeciones, creo que decisivas, a sus  presupuestos y a su metodología. Hay, sin embargo, un aspecto de su crítica que no ha recibido la atención seria y desapasionada que merece. Se trata de su diatriba contra quienes rechazan el especismo. Esto es, quienes rechazan la discriminación que sufren los animales que no pertenecen a la especie humana. Para tratar este asunto cita uno de mis textos, así que me siento en la obligación de responderle.

A diferencia de otros movimientos sociales, la crítica de Bernabé al antiespecismo parece ser no solo estratégica, sino sustantiva, de fondo. No solo cree que quienes forman parte del movimiento antiespecista están haciendo las cosas mal. Tampoco parece creer que su reivindicación sea justa. Cree que no es una posición articulada (no llega a “ideología”, siendo mero “sistema de creencias”), que es “inconsistente” y que destila “nihilismo y arrepentimiento místico”. Incluso, tiene una tesis propia sobre la psicología de las antiespecistas: su identidad, en este caso proyectada en los animales y no en sí mismas, está tan “atomizada que solo puede encontrar refugio en una caridad iluminada hacia los ‘seres sintientes’”. No es un pasaje claro, pero Bernabé parece sostener que el antiespecismo es la política de identidad que persiguen quienes ya son incapaces de identificarse con grupo humano alguno.

Bernabé está equivocado. Primero, el antiespecismo es una posición intelectualmente sólida. Segundo, es un error ver al antiespecismo como una política de identidad más. Tercero, si eres de izquierdas, entonces debes ser antiespecista.

El especismo es injusto y debe ser rechazado

En todas las sociedades se ha considerado que los animales, o bien no importan en absoluto o bien importan menos que los seres humanos. Se les ha tratado, y se les sigue tratando, como  meros recursos para satisfacer nuestros intereses. Se les somete a experimentación con fines biomédicos, militares o para testar productos cosméticos y del hogar. Se les utiliza como forma de entretenimiento o para producir ropa. La mayor parte, sin embargo, se concentra en la industria alimentaria, en la que se mata cada año a unos 90 mil millones de individuos, solo contando animales terrestres. En total, el cómputo anual de animales explotados en los diferentes sectores asciende a más de 1 billón. Se trata de individuos que, en general, tienen vidas llenas de un sufrimiento intenso hasta que se les causa la muerte, muchas veces de forma dolorosa.

A este trato desfavorable respecto de los intereses de los demás animales se la ha llamado ‘especismo’. Bernabé sugiere que el rechazo a esta actitud -el antiespecismo- no es una posición razonable, aunque nunca argumenta por qué. Ello no es extraño, porque en realidad no existen buenos argumentos.

Es verdad que unos son seres humanos y los otros no. Ahora bien, esto no importa. La deliberación ética y política consiste en decidir cuáles, de entre las diferentes alternativas de acción individuales y colectivas a nuestra disposición, debemos escoger, dado su impacto positivo o negativo en los individuos afectados por ellas. Las especies se definen por la posesión de ciertos genes o la capacidad de unos individuos de reproducirse con otros. Esto es irrelevante para determinar a quién debemos tener en cuenta. El mero hecho de que unos individuos no pertenezcan a una determinada especie no justifica excluirles de nuestra consideración ética o política, o dar a sus intereses una importancia menor.

En ocasiones, se pretende justificar este trato diferencial apelando a que los seres humanos supuestamente poseen capacidades cognitivas más sofisticadas que el resto de animales, como la racionalidad, la autonomía, el lenguaje o la auto-consciencia. Ahora bien, para que este argumento funcionara sería necesario que todos los seres humanos poseyeran tales capacidades cognitivas complejas.

Sin embargo, hay seres humanos que carecen de ellas. Esto puede suceder de forma congénita, por enfermedad o accidente; de forma permanente o temporal. Es el caso de los bebés, las personas con diversidad funcional intelectual o quienes padecen alguna demencia. De hecho, la complejidad cognitiva de muchos de esos individuos es similar a la de algunos animales. Ante ello hay dos alternativas. O bien rechazamos que la posesión de estas capacidades sea el fundamento de quién debe ser tenido en cuenta, o bien excluimos a estos seres humanos del círculo de consideración ética y política. Por supuesto, lo segundo es inaceptable. Ello implica, por lo tanto, que tampoco podemos apelar a las capacidades psicológicas de los demás animales para justificar el trato diferencial que padecen.

En realidad, que todos los seres humanos poseyeran capacidades cognitivas complejas tampoco mostraría que ésta es la característica que importa a efectos de la consideración ética o política. Cuando tratamos el problema de a quién debemos tener en cuenta, lo relevante es quién puede ser afectado positiva o negativamente por nuestras decisiones.

Para que un individuo pueda ser afectado por lo que sucede en su vida debe ser sintiente. Llamamos ‘sintiencia’ a la capacidad para tener experiencias positivas (de disfrute) o negativas (de sufrimiento). Nos referimos al amplio abanico de sensaciones que van desde el placer y el dolor más físicos hasta la alegría, la tristeza, la añoranza o el duelo. Si una entidad no es sintiente, no hay forma alguna en que nuestras acciones puedan afectarla para bien o para mal. Si un individuo es sintiente, entonces nuestras decisiones pueden afectarle, haciendo que su vida sea mejor o peor. No tener en cuenta el impacto de nuestras acciones en tales individuos supone excluirles arbitrariamente de la esfera de consideración moral. Sea cual fuere la característica a la que apeláramos para hacerlo, se trataría de una forma de discriminación injustificada. Así lo entendemos cuando se pretende desfavorecer a los individuos por causa de su género, su color de piel o su inteligencia. Por las misma razones, no es posible justificar la discriminación por razón de especie.

Los seres humanos son individuos sintientes. También lo son los demás animales vertebrados. Ello es probable asimismo de la mayoría de invertebrados. Estos son individuos que, como nosotros, sufren o disfrutan de su existencia. Por supuesto, individuos sintientes diferentes tienen intereses diferentes. Nadie sostiene que los intereses de una mariposa, un perro o un ser humano sean siempre idénticos. Lo que sí implica oponerse a que sean discriminados, sin embargo, es reconocer que los intereses de los demás animales deben ser considerados tan importantes como intereses similares de seres humanos.

Esto es de suma importancia. Mencionamos antes que se explota a los animales en diferentes sectores económicos. En todos ellos se les causa un sufrimiento y muerte que jamás consideraríamos justificado causar a seres humanos por los mismos fines. En la mayoría de casos, esto es porque se trata de fines triviales. Ello incluye la explotación animal en la industria del entretenimiento o de la ropa. También incluye a la industria alimentaria, ya que una dieta cien por cien vegetal es perfectamente saludable en todas las etapas de la vida humana. En general, no creemos que sea justo hacer sufrir a un ser humano por diversión. Nos horrorizaría que se matara otros humanos para hacer ropa o alimentos con ellos.

Bien es verdad que, en ocasiones, se causa sufrimiento a otros animales con el fin de satisfacer intereses importantes relacionados con la salud humana. Esto ocurre en algunos casos de investigación biomédica. Pero no es menos cierto que consideramos que debe ser ilegal experimentar con seres humanos en contra de su voluntad, incluso si muchos otros podrían beneficiarse con ello. Tampoco consideraríamos que fuera una práctica aceptable si sólo se experimentara con seres humanos, criados a tal efecto, y con capacidades cognitivas similares a las de muchos animales.

Así, al contrario de lo que sostiene Bernabé, no hay nada de “nihilista” o “místico” en el antiespecismo. Es una posición ética y política apoyada por argumentos rigurosos. Se basa en la idea sencilla, pero poderosa, de que hay que tener en cuenta los intereses de todos los individuos que pueden sufrir y disfrutar de sus vidas, siendo inadmisible cualquier discriminación arbitraria.

El antiespecismo no es una política de identidad

Bernabé se pregunta también por qué para una persona vegana soñar que come carne puede ser una pesadilla ( meatmare). Si está disfrutando de ello, ¿cómo puede ser un mal sueño? Su respuesta es: porque ello pone en cuestión su “identidad vegana”. Según el autor, esto sería evidencia de que el antiespecismo es una política de identidad. En realidad no lo es. Tampoco tales sueños son evidencia de ello.

En primer lugar, las políticas de identidad reclaman cuestiones de justicia no basadas en la pertenencia de clase. Un conjunto de seres humanos reconoce que la estructura básica de la sociedad está diseñada para que puedan acceder a menos bienes (económicos y de otro tipo) por el mero hecho de, por ejemplo, no ser hombres cis o heterosexuales o blancos. Constatan que ello es cierto con independencia de la clase a la que se adscriban. Su respuesta es organizarse para reconstruir la estructura social sobre principios menos discriminatorios. Lo característico de estos movimientos de justicia es, pues, que son quienes se identifican como miembros de un grupo discriminado las que luchan por su propia emancipación.

Como vimos, lo característico del antiespecismo es, precisamente, lo contrario. En este caso son algunos miembros del grupo socialmente privilegiado -los seres humanos- quienes reconocen que nuestras instituciones sociales son injustas respecto de individuos pertenecientes a otro grupo -los demás animales- y deciden actuar para acabar con dicha injusticia. Dado que los demás animales carecen de la capacidad para transformar el sistema institucional, ello no podría ser de otro modo. Esto implica que las personas antiespecistas no participan en el terreno político para defender sus intereses o para obtener un reconocimiento social que les ha sido negado. Por ejemplo, para que haya más opciones veganas. Lo hacen para defender los intereses básicos de los demás animales, injustamente discriminados por nuestro sistema institucional.

Es sencillo ahora ver por qué las meatmares no prueban lo que Bernabé pretende. Lo angustiante de soñar que comes carne, si eres antiespecista, no es que tu identidad es dañada si lo haces. Es la angustia de creer que estás contribuyendo al sufrimiento y la muerte de otro. Lo criticable sería no ser conmocionado por las injusticias de las que somos responsables y no cambiar nuestras vidas para causar el menor daño posible.

Una izquierda coherente es antiespecista

Creo que toda posición no discriminatoria es incompatible con el especismo. Creo, también, que ello es especialmente cierto respecto de la izquierda. Ciertamente, en la izquierda conviven diferentes tradiciones. Sin embargo, todas poseen ciertos denominadores comunes que nos permiten distinguirlas de otras familias políticas. Uno es la preocupación por lograr una estructura social en que las vidas de unos individuos no estén dominadas por otros, con independencia de que estos últimos sean agentes públicos, como el estado, o privados, como grandes corporaciones. Otro es lograr una producción y distribución de los recursos que permita que los individuos tengan las mejores vidas posibles y estén protegidos frente al infortunio.

Si el especismo es una injusticia, una izquierda que se niegue a rechazarlo se está negando a sí misma. Quienes se consideren de izquierdas, pero se resistan a aceptar que los demás animales también merecen justicia, deben reconocer que están actuando sobre la base de los mismos prejuicios que sustentaban las estructuras de privilegio y dominación contra las que históricamente han luchado y siguen luchando. Admitir que existe un sistema que condena a los individuos no humanos a vidas miserables, pero que no importa, es indistinguible de desconsideraciones similares que unos seres humanos han ejercido sobre otros.

Alguien podría ahora objetar que, aunque es verdad que las personas de izquierdas deben ser antiespecistas, sus prioridades políticas deben centrarse principalmente en los seres humanos. Ello es falso. Una izquierda coherente no solo es antiespecista, sino que además asigna máxima importancia a esta causa.

La importancia de una causa no es algo meramente subjetivo. Es posible reflexionar al respecto, de forma razonada, atendiendo al número de individuos afectados por una injusticia y la gravedad de los daños que esos individuos padecen. Dado que los recursos son escasos, si queremos hacer el mayor bien posible, debemos destinarlos a eliminar aquellas injusticias que afecten a más individuos y de forma más intensa.

La práctica totalidad de individuos sintientes son animales. Existen actualmente alrededor de 7.500 millones de seres humanos. Los animales bajo explotación, sin embargo, ascienden como se dijo a más de 1 billón. Además, tienen en general unas vidas mucho peores que la mayoría de seres humanos. Si rechazamos el especismo y consideramos que sus intereses tienen tanto peso como intereses humanos similares, entonces debemos concluir que la injusticia que padecen es más importante.

Ello no es todo. Solo una pequeña parte de los animales sintientes vive bajo explotación humana. El resto, más de 1 trillón, vive en la naturaleza. En sus vidas prevalece el sufrimiento, no provocado por la acción humana, sino por eventos naturales. Dije que otro rasgo propio de la izquierda es considerar que existen deberes de justicia, basados en la solidaridad, que van más allá de impedir la dominación o la explotación. Incluyen la obligación de ayudar a individuos que padecen por causas naturales, como epidemias y catástrofes, y que carecen de la capacidad de librarse por sí mismos de esos daños. Esta es exactamente la situación de los animales salvajes. Rechazar el especismo implica asumir que tenemos la obligación de ayudarles y que esta, dado su número y la gravedad de los daños que padecen, posee una gran importancia.

Es preciso aclarar que sostener que la causa antiespecista debería ser muy importante para la izquierda -o cualquier otra posición política- no dice nada sobre cómo debe ser tratada en la práctica. En especial, no implica que la izquierda debe olvidar las injusticias que los seres humanos padecen. Enfrentarse a ellas es importante en sí mismo. Además, operamos en sociedades especistas en las que los seres humanos son los actores políticos. Lograr que tengan vidas mejores y construir sistemas políticos más libres y democráticos es, probablemente, un medio necesario para introducir con éxito la causa antiespecista en la agenda pública.

Los errores de Bernabé son lecciones para la izquierda

En una respuesta a Alberto Garzón, Daniel Bernabé  admitió que no había basado sus posiciones en datos contrastados científicamente, sino en sus impresiones personales. Para alguien que ha decidido escribir una reflexión sobre movimientos políticos y sociales eso es tanto como reconocer que, puestos a dibujar un mapamundi, nos hemos limitado a echar un vistazo por la ventana. Esa ausencia de investigación se refleja también en cómo trata el rechazo al especismo. Aunque el respeto por los demás animales ha sido defendido por algunas de las mentes más brillantes desde la Ilustración hasta nuestros días -desde Jeremy Bentham hasta Peter Singer-, ello es ignorado por el autor. No vale decir que se trata de una obra de divulgación para el gran público, pues eso solo justifica escribir de forma accesible, no hacerlo sin rigor.

Esta ausencia de rigor es incompatible con la tradición intelectual de la izquierda, y debería sernos aleccionadora. Basarnos solo en evidencias. Dejarnos llevar por los mejores argumentos. Reconocer que la historia del progreso moral de la humanidad consiste en la superación de prejuicios y la expansión de nuestra esfera moral. Desconfiar de lo que es convencionalmente aceptado como verdad incluso dentro de nuestra tradición política. Estas son herramientas imprescindibles para alcanzar un mundo libre de injusticias donde todos los individuos tengan las mejores vidas posibles.

Al usar esas herramientas nos damos cuenta de que los animales importan, que son la amplia mayoría, que es injusto discriminarlos y que tienen vidas terribles. Liberar de la dominación y del infortunio a quienes son mayoría y quienes están peor es el objetivo de la izquierda.

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