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El feminismo ha de ser antiespecista

El pasado 25 de marzo eldiario.es publicó una carta abierta de mujeres ganaderas del medio rural dirigida a los colectivos y personas feministas que elaboraron y firmaron este año el manifiesto del 8M en Catalunya, donde se decía que "el feminismo ha de ser antiespecista"

Frente a su defensa de la ganadería extensiva y de un feminismo que las ganaderas consideran no debe ir ligado al antiespecismo, publicamos este artículo escrito de manera colaborativa por un grupo de mujeres feministas antiespecistas

La mayoría de las mujeres firmantes proceden del entorno rural (hay quienes incluso participaron en el pasado de actividades de cría, pastoreo y matanza de animales). Algunas de ellas desarrollan hoy en ese medio su vida y su trabajo

Todas invitan en este texto a no perpetuar patrones antropatriarcales y supremacistas: la lucha para acabar con el supremacismo masculino -en lo rural o en cualquier otro lugar- no puede incluir el supremacismo de especie

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Laura y Luna en el Santuario Vegan.

Laura y Luna en el Santuario Vegan. TRAS LOS MUROS

Crear estrategias que frenen la gratuidad y la invisibilización del trabajo de las mujeres ha sido uno de los múltiples caminos emprendidos por el feminismo. Allá donde se construye, va generando organización y resistencia en los espacios de labor. La ruralidad no ha sido la excepción, en sus márgenes surgen movimientos feministas muy potentes que reivindican la importancia de las mujeres en la producción agrícola. Por tanto, que las ganaderas consideren que se está excluyendo de la lucha feminista a todo el entorno rural supone, en primer lugar, una apropiación indebida de lo que es su realidad. Son también las agricultoras, las sanitarias, las camareras, las panaderas, las repartidoras, las guías de montaña o las maestras quienes crean redes y tejido socioeconómico y cultural, más allá de un discurso que pretende convertir la cría y explotación de animales en el eje vertebrador de la ruralidad.

Esta apropiación indebida del término promueve a su vez una visión única de la consideración moral de los animales en el medio rural. Esa España rural de la caza, la tauromaquia y la ganadería (de la que tanto alardea, por cierto, la ultraderecha) invisibiliza a otro entorno rural que sí entiende que la lucha contra la opresión debe extenderse hacia todos los seres sintientes. Son protectoras, santuarios, proyectos educativos en escuelas y diversas iniciativas impulsadas por mujeres antiespecistas que tratan de promover en sus pueblos una convivencia con los otros animales alejada de la dominación y la opresión.

En nuestra configuración heredada antropocéntrica, blanca-colonial y masculina del mundo, hemos aprendido a entender la realidad dividida en binarios excluyentes. El binarismo rural/urbano se utiliza en este caso de manera similar. Al asumir que el discurso antiespecista viene (siempre y únicamente) del medio urbano se sitúa sistemáticamente como un discurso que oprime y omite el ámbito rural en contraposición al urbano. Esa relación de poder histórica de la ciudad al campo, donde la ciudad se considera la cúspide del progreso a la cual el ámbito urbano debería aspirar, impediría bajo esta lógica generar diálogos y acabaría imponiéndose.

Si bien aceptamos que existen relaciones de poder y privilegio entre el ámbito urbano y el rural, universalizar la experiencia y la pluralidad de lo que el mundo rural es y cómo este queda definido por la agricultura y la explotación de animales no humanos es altamente problemático y sería caer, como define la feminista Chimamanda Adichie, en el peligro de la historia única, pues perpetúa la idea universal de lo rural vinculado al uso de los demás animales y, en paralelo, invisibiliza y silencia aquellos discursos antiespecistas que nacen y se desarrollan en lo rural, pero que se consideran ilegítimos al universalizar su motivación bajo el paraguas de lo urbanita, capitalista y globalizador.

El enfrentamiento de lo rural y lo urbano es artificial y nos perjudica a todas. Al menos en el Estado español, lo rural y lo urbano se confunden. Todas somos hijas, nietas, sobrinas, primas del campo. En este contexto, la utilización de los animales como arma arrojadiza para alimentar un discurso de nosotras frente a vosotras es una estrategia simplista, oportunista y (moral e intelectualmente) deshonesta; un discurso que nos divide, nos despista y sirve al opresor. Debemos superar esta falacia. No se trata de atrincherarnos en nuestros ilusorios espacios de dominación y de dispararnos nuestros discursos heredados, sino de reflexionar y abstraer con honradez y humildad los problemas que compartimos para poder reconocerlos (reconocernos) y afrontar juntas los retos.

Cuando proponemos un feminismo antiespecista lo hacemos planteando un ideal de lucha global que intente acabar con la dominación de las mujeres y con la del resto de oprimidas, incluidos los animales. Se puede ser feminista mientras se cosifica y explota a los animales. Es una posibilidad, en tanto que es posible ser feminista y reproducir en nuestro cotidiano una serie de conductas patriarcales, o es posible ser feminista blanca y seguir ignorando que tenemos un privilegio de enunciación respecto a nuestras compañeras racializadas. Pero, ¿es esto digno de reivindicar? La respuesta es no. Nos guste o no. El rigor nos exige aceptar que es cosificación, dominación y violencia por motivo de raza, especie, capacidades, etc. Gran parte del ecofeminismo ha entendido esto: la necesidad de abrazar todas las luchas de liberación, de rechazar todas las dominaciones y de tener en cuenta a todos los individuos.

Además del ecofeminismo, son muchos los movimientos políticos que tienen como base la justicia social y como objetivo lograr la liberación de todos los individuos, incluyendo a los animales no humanos. Si queremos acabar con las violencias, no podemos formar parte de ellas. Cualquiera que combata la(s) opresión(es) también de manera transversal, como reclama el propio movimiento feminista no es capaz de concebir cómo podemos llegar a la tan deseada sociedad igualitaria dejando fuera a según quién. Estaríamos ante una revolución feminista a medio gas, que será despreciada en el futuro.

Esto nos lo enseñaron en los años 70 las feministas negras que trabajaban por los derechos civiles y por los derechos de las mujeres. Kimberlé Crenshaw acuñó en 1989 el término 'interseccionalidad' para explicar que los modelos clásicos de opresión basados en raza, origen, género, orientación sexual, etc. no actúan independientemente unos de los otros, sino que están interrelacionados y se solapan. Un año más tarde, Carol J. Adams relacionó directamente el feminismo y el especismo en su libro La política sexual de la carne, donde explica la intersección entre la explotación de las mujeres y la de los animales, mostrando la conexión entre los valores patriarcales y el consumo de la carne de otros animales. Si las opresiones están interconectadas, las luchas contra estas opresiones deberían, idealmente, estarlo también.

"Nadie en la historia ha conseguido nunca su libertad apelando al sentido moral de sus opresores", expresa sin embargo Assata Shakur, y con ello advierte de lo infructuoso de apelar a la conciencia de quien se está beneficiando directamente de esa opresión. Las personas que han hecho de la explotación de animales su modo de vida no son actores cuya reflexión al respecto pueda considerarse independiente ni autónoma, sino todo lo contrario. Y es así en el caso de las mujeres ganaderas, que pueden argumentar una exclusión del feminismo, cuando realidad lo que hay es una afectación a su esfera vital y un interés económico en juego. La investigación psicológica nos reveló hace años cómo los seres humanos tendemos a alinear nuestros actos y nuestras ideas para reducir la disonancia cognitiva que nos produce no hacer lo correcto. Si cambiar nuestros actos se nos antoja demasiado difícil, ajustamos nuestras ideas a ellos.

Por este motivo, no es posible entablar una discusión honesta y constructiva sobre la ética de una determinada práctica cuando una de las partes tiene intereses económicos en la discusión. Esta última siempre tenderá a forzar la ética para que cuadre con la práctica. Y esto es especialmente cierto para los pequeños ganaderos y ganaderas, cuya capacidad de maniobra económica, y por tanto de reestructuración, es todavía más reducida. Creemos que es el miedo lo que atenaza a los colectivos ganaderos, la amenaza que supone el antiespecismo para su negocio. Que es este miedo, reforzado por nuestro apego a la propia identidad, sea esta cual sea, y no el feminismo ni el ruralismo, lo que guía a las jóvenes ganaderas, cuya actividad no hace sino perpetuar patrones antropatriarcales y supremacistas ya superados. Hay que desactivar el miedo si queremos progresar. Ha sucedido así en todos los avances sociales.

Desmantelando el mito de la ganadería intensiva y extensiva

La ganadería, tanto en su forma intensiva como extensiva, supone la dominación animal y el control de la naturaleza en beneficio exclusivo del ser humano. Tanto los ganaderos intensivos como los extensivos nos venden lo mismo: idílicas praderas en las que pastan animales felices. Sin embargo, en mayor o menor grado, esto no se corresponde con la realidad. Pongamos de ejemplo a las vacas explotadas por la leche de sus crías: los cuadros de mastitis, las ubres pesadas y dolorosas, la separación de sus crías una y otra vez, es algo presente tanto en granjas factoría como en granjas extensivas. Quizá sea necesario aclarar que las vacas no "dan" leche. Los cuerpos de las vacas, al igual que los del resto de mamíferas de la Tierra, segregan leche solo cuando paren hijos. Así, para poder extraer leche de sus ubres, hay que mantener a las vacas pariendo constantemente. Si de su gestación nace una ternera, será matada o bien criada, al igual que su madre, por su capacidad reproductora. Si nace un ternero, el final está más claro, aunque en ocasiones no llegará ni al matadero: criar a un animal por su carne tiene un coste y hay algunos que para sus explotadores no valen ni unos días de alimento, así que los matan lo antes posible y del modo más barato posible.

Es evidente que hablamos de explotación en referencia al abuso al que son sometidos los animales no humanos. Sin embargo, también hay explotación desde un enfoque marxista (citado por las ganaderas), entendiendo que una parte de la explotación laboral es la diferencia entre lo que genera el trabajador y lo que se apropia y acumula el capitalismo: la llamada plusvalía. Esta no siempre es monetaria y está reconocida como un robo, como algo que pertenece al trabajador, y por lo que se reclaman los medios de producción. Pero, ¿y los animales? A ellos les quitamos su libertad, les obligamos a darnos sus posesiones (su lana, su leche, sus propios hijos) e incluso les quitamos su vida. ¿No es suficiente plusvalía para hablar de explotación. Tanto en la ganadería intensiva como en la extensiva hay explotación en toda la amplitud y significado de la palabra. Y como todo lo que obedece a la maquinaria de destrucción capitalista, su marcha resuena fatídicamente en cada aspecto relacionado a sus modos de producción.

La ganadería extensiva también resulta dañina para los animales salvajes, porque necesita grandes extensiones de una tierra que reclama para los rebaños y de la que expulsa a otros animales. Por ello suele haber alianzas entre la ganadería extensiva y la caza. Es importante recordar que la ganadería es una de las causas por las cuales estamos provocando un exterminio masivo de especies salvajes. El Índice Planeta Vivo de la edición 2018 estimó que las poblaciones de peces, aves, mamíferos, anfibios y reptiles han disminuido en un 60% de promedio entre 1970 y 2014, debido a las actividades humanas. Según el estudio The Biomass Distribution on Earth, realizado también en 2018, de los mamíferos que pueblan la Tierra solo el 4% son salvajes, el resto somos humanos y animales domésticos, especialmente animales criados por la industria ganadera. De igual modo, solo el 30% de las aves son salvajes y el 70% son aves criadas por la industria ganadera. La ganadería roba el espacio y los recursos de la fauna salvaje.

El pastoreo que conlleva la ganadería extensiva tiene efectos negativos en los pastos y en los ecosistemas naturales, como es la compactación del suelo, con una disminución de la aireación y de la infiltración. También produce lesiones mecánicas a las plantas y desperdicio de material vegetativo por efecto del pisoteo, de la orina y de las heces. Conlleva la alteración del balance natural entre especies forrajeras por susceptibilidad de las mismas al pisoteo y a la defoliación. Cuando se dice que los rebaños de animales domésticos nutren el suelo al aportar materia orgánica y fomentan la biodiversidad vegetal al pastorear, se olvida que esas mismas funciones pueden realizarlas los herbívoros salvajes, como ya las realizaban antes de que existiera el ser humano. Los pastos, que supuestamente enriquecen el valor paisajístico, son en realidad el reflejo de una antropización de la naturaleza, enfocada a la explotación animal y no a la ayuda de los animales que sufren en libertad.

Por otro lado, un bosque en estado de sucesión avanzado, con diversidad de árboles y una estructura sólida en diferentes estratos, acumula más humedad, por lo que beneficia que, en caso de haber incendios, estos sean menos virulentos. Además, determinadas especies no son tan proclives a la quema, y de ahí la importancia de favorecer bosques diversos en lugar de monocultivo de árboles, bosques donde haya especies con más capacidad ignífuga natural, de retener el agua y de favorecer la diversidad. Los incendios intencionados de los bosques son una vía más de ampliar el espacio de pastos, como recordó, una vez más, la reciente condena a dos ganaderos en Parres.

En cuanto a la soberanía alimentaria, es necesario poner en valor los recursos del territorio propio sin recurrir a la explotación animal. Es posible vivir en los pueblos, producir y consumir productos de temporada y ecológicos, prescindiendo de los productos de origen animal. La ganadería extensiva, presentada como la única alternativa al sector servicios para mantener económicamente activo el ámbito rural, y como fuente y base de sostenibilidad y biodiversidad, es una falacia. Nada más en contradicción con la historia y nada más clasista. En primer lugar, es con la domesticación de plantas y animales que la humanidad inicia el empobrecimiento masivo de la vida biológica. La deforestación masiva en el planeta tiene como causa número uno la ganadería extensiva.

En segundo lugar, el bajo rendimiento de la ganadería extensiva hace imposible pretender que pueda jamás constituir una alimentación básica. Solo unos pocos privilegiados podrían acceder a carne de animales criados mediante producción extensiva si la ganadería intensiva desapareciera. Definirla como un ingrediente de la soberanía alimentaria es, además de tener una doble moral, confundir radicalmente las cosas. Paradójicamente, si alguien demanda de manera prioritaria la actividad cárnica y ganadera son las urbes, no los pueblos. 

Horizontes posibles para el fin de la explotación animal

A diferencia de otras especies animales, la humana no sabe qué debe comer para alimentarse, sino que lo aprende de su entorno y lo transmite de generación en generación. Los hábitos alimentarios moldean profundamente nuestra mentalidad y desempeñan un papel esencial en lo que se refiere a la promoción y reproducción de los sistemas de valores de una sociedad. Lo que decidimos comer responde a unas estructuras sociales, políticas y económicas concretas existentes en un contexto histórico determinado. La pirámide alimentaria generalmente aceptada no es algo meramente funcional sino que comunica y reproduce un determinado sistema jerárquico alimentario fruto de las tensiones y presiones (lobby) entre diversas estructuras de dominación interesadas en la cuestión. Como resultado, especialmente en Occidente, la carne ocupa un lugar privilegiado: objeto de deseo,  símbolo de lujo o estatus social e incluso de masculinidad o poder. Por ello, la carne conforma el plato principal al que acompañan, a modo de adorno, otros alimentos como, por ejemplo, las verduras y las legumbres.

Cambiar esos hábitos alimentarios, desde una ética animal, es una realidad hoy en día, cada vez somos más las que optamos por una dieta libre de explotación animal.

Un modelo basado en la explotación de los otros animales ha servido a los intereses humanos hasta ahora, pero hoy florecen muchos otros proyectos más allá de la ganadería o de la caza. Hay alternativas para trabajar el campo y repoblar el rural: aprovechamiento y repoblación forestal; talleres de carpintería, mecánicos, eléctricos o de arreglo de electrodomésticos; recolección de setas y frutos silvestres; manufactura de madera; compost vegetal; agricultura ecológica; cervezas, conservas o panes artesanales; deportes (escalada, senderismo, ciclismo); creación de santuarios y refugios de animales, así como centros de recuperación de especies silvestres. Y todas aquellas actividades relacionadas directamente con el sector servicios: Educación Primaria, Secundaria y medioambiental (avistamiento de aves, observación de huellas de animales); atención y cuidado a mayores; sanidad; energías renovables; turismo sostenible. Cualquier otra actividad que no implique el sufrimiento de los otros animales, con quienes compartimos este planeta y a quienes hemos convertido en refugiados de su propio hogar. Liberar y no ceder el territorio pasa por convertirlo en un espacio seguro para todas, humanas o no. Un espacio libre para pasear, para crear, para ser.

Por otro lado, tenemos la permacultura vegana o vegánica, que es la ciencia que estudia el diseño de ecosistemas sostenibles y permanentes, basada en los principios de cuidado de las personas, cuidado de la tierra y los animales, y reparto de excedentes. A través de esta ciencia se tienen en cuenta las particularidades específicas de cada lugar para aprovechar sus recursos y sus características, para garantizar la fertilidad de la tierra y el ciclo de nutrientes. Entre otras, está en las prácticas de la permacultura vegánica la creación de bosques comestibles, que generan alimentos y son refugio de fauna silvestre. La agricultura y la horticultura vegana y ecológica son capaces de producir alimentos garantizando la fertilidad de la tierra y de cerrar los ciclos de nutrientes rompiendo el vínculo entre las operaciones del ganado y la producción de alimentos. Entre las técnicas que utiliza la agricultura vegana están los muy diversos fertilizantes y preparados vegetales, abonos verdes, acolchados, policultivos o rotaciones.

Cabe señalar que el veganismo como práctica política tiene lugar simultáneamente en numerosas latitudes y desde hace mucho tiempo. Muchos veganismos no blancos, no europeos, se construyen desde un marco crítico al sistema capitalista colonial, como un medio de conexión con las memorias y los patrimonios de los pueblos originarios, asimilando y al mismo tiempo resistiendo procesos de invalidación cultural en torno a la comida, su obtención y producción. Estos veganismos se encuentran vinculados desde una visión decolonial con movimientos como el de la Vía Campesina, que reivindica modos de producción sostenibles con el entorno, a pequeña escala, para la gente que habita y trabaja la tierra y como defensa ante la imposición y el extractivismo de las grandes industrias agropecuarias que operan y azotan estos otros modos de hacer.

Ambos movimientos emanan de la recuperación y empoderamiento del patrimonio cultural y la memoria indómita de otras cosmovisiones. Sus caminos se cruzan, tejen complicidades y muchas veces se bifurcan cuando no encuentran eco en los cuestionamientos al especismo y su imperativo colonial en las relaciones entre la naturaleza, lo humano y lo no humano. Sin embargo, las propuestas de los veganismos no blancos permanecen en esa misma esfera de resistencia aportando una visión antiespecista.

Ciñéndonos al Estado español, el 86% del territorio es cinegético y un tercio de su superficie se desperdicia en cultivar alimento para engordar animales. Así, es difícil imaginar un medio rural que no esté ligado al exterminio de las otras especies. Pero no es imposible. Cada vez son más las mujeres que se dedican a recuperar tareas indispensables para el desarrollo rural en entornos abandonados, razón por la que España tiene las cifras más altas de Europa en cuanto a iniciativas para repoblar sus pueblos.

En este marco, hay un colectivo de mujeres cada vez más importante que con sus propias manos rescatan, cuidan, curan y dan hogar a cientos de animales víctimas de la explotación, a menudo de la explotación extensiva. Se ocupan de santuarios de animales. Son antiespecistas, veganas y, aunque se les acuse por ello de capitalistas, lo cierto es que dedican toda su vida, de manera altruista, a rescatar y cuidar a aquellos animales que la ganadería desecha. Cuidar es hacer un esfuerzo por dejar a un lado nuestros privilegios y respetar el mundo emocional del otro.

Un otro del cual tenemos apenas un ápice de sus deseos, inferimos lo básico: una vida para sí mismos, libertad, no morir. Reconocemos su agencia en las historias de rebeldía que protagonizan otros animales explotados y que salen a la luz cada cierto tiempo. Por ejemplo, un habitante del mundo rural contaba cómo una vaca que vive en una granja junto a su casa se había pasado "la noche mugiendo", pues el día anterior le habían quitado de nuevo a un retoño. Al día siguiente fue a verla pero no estaba. Había conseguido derribar una parte de un muro y había escapado en busca de su ternero. Hay miles de historias de animales que viven en granjas y que tratan de escapar de ellas. Porque les roban a sus hijos o porque no quieren ir al matadero ese lugar donde acabarán las vidas de los animales a los que se explota en las granjas, ya sean grandes, medianas o pequeñas. La gente que explota a otros animales no suele contar estas historias y sospechamos que tampoco les gusta que otras personas las cuenten. Pero existen y dan testimonio, fuerza y sentido a vivir proyectando, si no ya construyendo, horizontes libres de especismo y explotación animal.

Feminismo antiespecista todoterreno

Desde el feminismo antiespecista trabajamos para hacer visible la interrelación entre distintas formas de violencia. Nuestra postura no se plantea contra el mundo rural, del que también participamos, sino contra la instrumentalización de los otros animales, que se produce tanto en el mundo rural como en el mundo urbano. Hacemos visible la conexión entre discriminaciones que, frecuentemente, pasan desapercibidas.

Conocemos bien el reto: la opresión es un enemigo con múltiples caras. Es lógico que nuestro discurso encuentre resistencias. Nuestra relación con los animales no humanos es un fenómeno altamente complejo, que involucra a múltiples agentes, que arrastra memorias históricas y que tiene importantes consecuencias morales, ambientales y económicas. Reflexionar acerca de este problema (y sus soluciones) nos exige introspección y debate sobre el tipo de persona y de sociedad que queremos ser; nos inspira a recolocarnos en el universo. Desde el feminismo antiespecista visualizamos y planteamos un cambio disruptivo, no incremental como otras propuestas. Por eso es tan poderoso.

El feminismo antiespecista trata de ser humilde, generoso y empoderador. Nuestro discurso rechaza la soberbia de las premisas del modelo dominante recibido (capitalista, individualista, antropocentrista, androcentrista, etnocentrista, racista, capacitista y especista) e imagina nuevas realidades de poder. Un poder constructivo, liberador, relacional y colectivo. Lo demás es violencia. Un poder que nos obliga a identificar nuestros sesgos y privilegios, a reconocer la otredad de los animales no humanos en términos respetuosos, muy distantes de la subordinación y la dominación. Nuestro discurso es rebelde porque no solo dice no a la dominación que nos afecta personalmente (como mujeres), sino que dice no a toda opresión (como seres sintientes). Es rebelde porque es una labor de amor. Es poesía.

Este artículo ha sido escrito y firmado por:

Núria Almiron, profesora de Comunicación en la Universitat Pompeu Fabra, co-directora del UPF-Centre for Animal Ethics

Pilar Badía, profesora de Secundaria y activista antiespecista en Aula Animal

Silvia Casado, experta en permacultura y creadora del proyecto autogestionado vegano Cerveza Veer

Estela Díaz, profesora de la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad Pontificia Comillas

Catia Faria, investigadora Centre for Ethics, Politics and Society y UPF - Centre for Animal Ethics

Laura Fernández, investigadora predoctoral en Comunicación en la Universitat Pompeu Fabra, activista por la liberación animal

Paula González Carracedo, comunicadora y activista por la liberación animal

Sara Lago, coach nutricional y cocinera vegana en curcumaypimienta.com, activista por la liberación animal

Fabiola Leyton Donoso, profesora de Bioética en la Universidad de Barcelona

Concha López, periodista, editora de El Caballo de Nietzsche en eldiario.es

Laura Luengo, presidenta de la Fundación Santuario Vegan

Laura L. Ruiz, periodista, sindicalista y activista antiespecista

Ruth Montiel Arias, artista visual, creadora de La Osa Perdida y activista por los derechos de los animales

Virginia Ortún Morillas, activista antiespecista

Gabriela Parada Martínez, comunicóloga, activista por la liberación animal

Daniela Romero Waldhorn, investigadora, Rethink Priorities

María R. Carreras, doctoranda en comunicación en la Universitat Pompeu Fabra y parte del colectivo editor en elsaltodiario.com

Marta Tafalla, profesora de Filosofía en la Universidad Autónoma de Barcelona

Ruth Toledano, columnista, editora de El Caballo de Nietzsche en eldiario.es

Angélica Velasco Sesma, profesora de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valladolid

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