Sobre este blog

El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

De lobas y lobeznos

ST 2021.

5

Veréis llanuras bélicas y páramos de asceta

¿no fue por estos campos el bíblico jardín?

son tierras para el águila, un trozo de planeta

por donde cruza errante la sombra de Caín.

Antonio Machado murió en el exilio. Junto a su madre. Ella dijo que estaba dispuesta a vivir lo mismo que su hijo. Murió tres días después.

Castilla miserable, ayer dominadora,

envuelta en sus harapos, desprecia cuanto ignora.

Calor, protección y alimento. Amor esculpido con ofrenda y sacrificio. Bisagra entre la vida y la muerte.

Madre, no siempre podrás protegerme.

Ocurrió una mañana sombría, de esos días que parecen noches.

Aquellos hombres lo atraparon. Era pequeño, seis meses tal vez.

No pasó nada. Y el tiempo pasó.

Pero esa imagen, llegó a mí.

Son cuatro.

Un reloj feo y pesado cuelga de una mano amarillenta.

Sus muecas son burlonas, sus ojos, vacíos.

Beben en vasos de plástico y calzan botas militares.

Uno de ellos hinca su rodilla contra el cuello del lobezno.

Como le hicieron a George Floyd. Se amontonan para la foto,

sus caras recuerdan a los viejos que Goya pintó comiendo sopa.

Puedo oírlos desde aquí.

Obscenidad sostenida en el patio trasero de un lugar llamado

Europa. La tierra de los premios Nobel. La tierra por la que

camino. 

Lo primero que leí acerca de los lobos es que pocos mueren de causas naturales. Trampas, venenos, atropellos. Por encima, siempre el disparo: ilegal o legal. Curioso término para designar y diseñar un mismo resultado. Como un grifo que nunca se cierra correctamente, los animales, gota a gota, se vuelven humo. Invisibles, como esos niños perdidos en el negro de un mar infinito. Fragmentos fallidos, cobijados en las caracolas. Muchas veces, no entiendo este mundo.

Tierra adentro, el pequeño lobo por fuerza venció a la tempestad, huyó del dolor dibujando con rojo un caminito para escapar.

La segunda cuestión que me llamó la atención en mis lecturas es la condición de los lobos como especie clave. Su importancia en los ecosistemas es similar a la que posee la dovela central de un arco de medio punto. Sin ella, el resto de piedras se derrumbaría.

Un equilibrio delicado. Como un trocito de terciopelo al que se acaricia levemente, con cuidado de no deshilacharlo. La vida no es fácil.

También he aprendido que los lobos tienden a vivir en familias. Los mayores enseñan a los pequeños las cuestiones de la vida. Como hicieron nuestros padres, madres, tías y hermanas. La cultura no pertenece a los humanos, nosotros solo le pusimos un nombre. El universo es un conglomerado de lenguajes y significados. No comprenderlos no excluye su existencia. Cuando se mata a un lobo, los vínculos quiebran, se rasgan como en una guerra. El amor se pierde, la vida se rompe y las raíces desaparecen.

Vuelvo a Goya como quien busca un techo en día de tormenta. La oscuridad de su pintura es hoy una luz inmensa. Marginal y quebradizo. Así me lo imagino. Como el perro que observa en medio de esa mancha amarilla. Sin avanzar, sin juzgar. Cuestionándonos el significado del Todo. Años atrás, esa mirada fue arrancada de la intimidad de una pared para posarse en el mundo entero. Saura dijo de ella que era la pintura más bella del mundo.

Amanece, una luz anaranjada calienta mis mejillas. La brisa es fresca y un aroma floral la acompaña. A lo lejos, una loba examina el horizonte. Es la segunda vez que me permite contemplarla. Parece fuerte y sana. Ella también vive en la tierra de Machado, lugar de buitres y águilas reales.

Cuando la miro, veo a una mujer. Veo a un ser que resiste, siempre atenta, siempre alerta. Veo a un animal cuya mirada parece cansada, como quien cruza el mar y la tierra huyendo de una guerra eterna, de una persecución constante, de un exterminio. Cuando la miro, el tiempo se detiene y miles de años caminan hacia atrás. Un animal que observa a otro animal.

Ella, sin saberlo, también nos pregunta el porqué de tanta

lucha. Nadie elige en qué latitud nace o qué especie es.

Cuando nacemos solo elegimos vivir.

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El caballo de Nietzsche es el espacio en eldiario.es para los derechos animales, permanentemente vulnerados por razón de su especie. Somos la voz de quienes no la tienen y nos comprometemos con su defensa. Porque los animales no humanos no son objetos sino individuos que sienten, como el caballo al que Nietzsche se abrazó llorando.

Editamos Ruth Toledano y Concha López.

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Publicado el
1 de octubre de 2021 - 22:36 h

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