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Ruta migratoria hacia Canarias

Viajes de 2.000 kilómetros y cayucos en el Caribe: el control fronterizo abre rutas más largas y peligrosas hacia Canarias

Un cayuco con 166 personas, entre ellas una fallecida, llegando al puerto de Granadilla (Tenerife) el pasado 3 de enero.

Natalia G. Vargas

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La ruta del Atlántico concentra un año más la mayoría de las muertes de migrantes que intentan llegar a España. De las 3.090 personas que perdieron la vida intentando llegar al país, 1.906 murieron en el océano que separa el continente africano de Canarias. Aunque las llegadas han caído, no han desaparecido los peligros que atraviesan quienes toman esta travesía. Estos riesgos, sumados a los controles fronterizos, han provocado miles de muertes y la desaparición de al menos 70 embarcaciones con todos sus ocupantes a bordo. Para esquivar la vigilancia, los migrantes emprenden viajes cada vez más largos y arriesgados.

Cinco rutas componen el paso del Atlántico. La más letal es la de Mauritania, en la que murieron el año pasado 1.319 personas en 27 tragedias. Además, 17 cayucos desaparecieron con todas las personas a bordo. Según Caminando Fronteras, las salidas desde este país se concentraron en momentos en los que las condiciones meteorológicas eran “especialmente adversas”. Además, existe “una amplia zona de navegación con escasos dispositivos de protección”, por lo que las embarcaciones que pierden el rumbo quedan expuestas a ser arrastradas por las corrientes durante días o semanas, dando lugar al hallazgo de cadáveres en cayucos localizados en países del Caribe y de América del Sur.

Sobre el origen de los migrantes, la mayoría procede del Sahel y de África Occidental, empujados a huir por la intensificación de los conflictos armados, la inestabilidad política y los efectos “cada vez más severos” del cambio climático sobre sus medios de vida. “La combinación de violencia, pobreza extrema y degradación ambiental reduce al mínimo las posibilidades de permanecer en sus lugares de origen”, explica el informe.

Mauritania se ha convertido en los últimos años en un socio estratégico en las políticas de externalización de fronteras de la Unión Europea. Su localización entre el Sahel y el Atlántico ha convertido al país en un espacio de “control y contención”. Un informe de Human Rights Watch concluyó que 28.000 personas fueron deportadas entre enero y junio de 2025, en su mayoría malienses y senegaleses. 

La ruta de Agadir y Dakhla 

La segunda ruta del Atlántico más mortal es la que empieza entre Agadir y Dakhla. Caminando Fronteras contabilizó el año pasado diez tragedias en esta ruta con 245 víctimas y cinco embarcaciones desaparecidas. La mayoría de barcazas utilizadas en esta travesía son neumáticas de plástico, aunque también se han detectado pateras de madera. La presión de los controles fronterizos ha reducido las salidas, pero ha empujado a los migrantes a utilizar lugares más alejados de la costa como Dakhla, Cabo Bojador y Agadir, aumentando la peligrosidad del trayecto.

“La zódiac comenzó a desinflarse unas horas después de las salidas, una de las gomas ya no se podía utilizar y había mucho pánico. Recuerdo el frío, las olas que te llevaban de un lado a otro, quitamos el motor porque ya no funcionaba para ver si podía flotar mejor la barca”, describe una mujer costamarfileña en el informe de Caminando Fronteras.

En esta ruta, el colectivo advierte de “protocolos informales” cerrados a través de Salvamento Marítimo para delegar en Marruecos la gestión de los rescates, haciendo que “la activación de los servicios de búsqueda no se rija por criterios de salvaguarda de la vida humana”, sino por negociaciones políticas que “generan demoras que ponen en riesgo la vida de las personas”. 

Senegal, Gambia y Guinea Conakry 

Las salidas desde Senegal experimentaron una caída en 2024, desplazándose hacia Mauritania. La razón: los cambios políticos en el país. “Tenía mucha esperanza en el nuevo gobierno, salí a la calle por él, me metieron en la cárcel por él, pero ahora veo muchas detenciones también. No veo que se impongan a los que nos roban el pescado, no dicen nada, siguen siendo vasallos del colono”, cuenta un migrante senegalés en el informe. 

Caminando Fronteras alerta de que la marina senegalesa ha reforzado su presencia en la costa, interceptando cayucos en alta mar antes de que salgan. “Estas operaciones han venido acompañadas de detenciones y prácticas que vulneran los derechos humanos”, dice el monitoreo. “No pude llamar a mi familia hasta diez días después de que nos detuvieran”, cuenta una mujer gambiana que intentó salir desde Senegal.

En paralelo, el gobierno senegalés ha puesto en marcha una estrategia nacional para frenar la migración irregular, que combina campañas de sensibilización con controles estrictos y una mayor vigilancia de las fronteras. Lo mismo ha sucedido en Gambia, donde las autoridades han reportado la detención de más de 2.000 personas y se han construido complejos fronterizos. “El enfoque predominante no es el de rescatar y proteger la vida, sino el de arrestar, interceptar y detener, lo que incrementa el riesgo para la vida de las personas en movimiento”, concluye el monitoreo.

Durante el tercer trimestre de 2025, los cayucos de Gambia ganaron protagonismo en la ruta del Atlántico, transportando mayoritariamente a personas de este país y también de Senegal. Además, destaca la presencia de mujeres y menores en las embarcaciones. Caminando Fronteras ha registrado siete tragedias con un total de 160 víctimas. “Mi mujer salió de Gambia y no sé nada de ella. Se fue también con su hermana, que tampoco nos ha llamado ni sabemos dónde está. Las mujeres también se quieren ir porque en el país no hay nada y sufren mucho”, dice el marido de una mujer desaparecida. 

La política de control de fronteras ha dado lugar a la apertura de una nueva ruta: la más larga jamás afrontada. El punto de salida es Guinea Conakry y en 2025 murieron en ella once personas en dos tragedias. El trayecto es de unos 2.200 kilómetros, 750 más que desde Senegal. La pobreza estructural, episodios de represión y el deterioro de las condiciones socioeconómicas y políticas hacen que, para muchas personas, salir del país sea la única opción “Si hablas con mis amigos en el pueblo, todos te dirán que se arriesgarían, porque la vida en el país es la muerte”, afirma un migrante guineano. 

Caminando Fronteras subraya que 2025 estuvo marcado por la persecución global de las personas migrantes. “El discurso del gran reemplazo es una manifestación política y mediática de esta lógica, que está presente en las instituciones europeas: se plantea que la población nativa está siendo sustituida (o en riesgo de serlo) por cuerpos migrantes racializados [...] En su articulación, el gran reemplazo coloca a las personas migrantes en la categoría de cuerpos que deben ser contenidos o eliminados de la vida social plena”, explica el informe. 

En esta línea, “la necropolítica se manifiesta en la transformación de las personas migrantes en existencias prescindibles”. “Esta lógica implica que ciertos grupos humanos son asesinados, dejados morir o, al menos, expuestos a condiciones de riesgo extremo y vulneraciones de derechos fundamentales, como parte de una estrategia de gobernabilidad y control del espacio”, concluye el monitoreo. Sin embargo, este discurso se enfrenta a una “contradicción estructural” cuando las mismas personas a las que se pretende excluir resultan “imprescindibles para sostener el sistema económico capitalista y el régimen de cuidados”.

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