Un techo no es un privilegio, es dignidad
Envejecer con techo es un derecho humano. Hay una edad en la que la casa deja de ser solo un lugar y se convierte en refugio, memoria y arraigo. Las paredes guardan nombres, fotografías, rutinas pequeñas que sostienen la vida. La casa es el sitio donde una persona mayor sabe dónde está la luz al amanecer, dónde suena el silencio por la noche, dónde cabe toda una historia.
Por eso, arrancar a alguien mayor de su hogar no es solo un desahucio, un desarraigo, es una herida de muerte.
Lo justo, lo humano, lo deseable, es que las personas mayores puedan vivir en su casa, con los suyos o sola, contando con los apoyos necesarios para hacerlo posible. Ayudas a domicilio, atención sanitaria, acompañamiento, comunidad. Envejecer no debería significar perder derechos, ni vivir con miedo a quedarse sin techo.
Cuando la vida exige cuidados especializados, la alternativa no puede ser el desarraigo ni el aislamiento, ni los grandes macro centros con ambiente hospitalario. La dignidad está en los hogares pequeños, en las residencias de barrio plenamente integradas en la vida cotidiana, donde se conoce a la gente por su nombre. Espacios cálidos, cercanos, con atención médica en sus centros de salud de toda la vida, con sus mismo personal sanitario, buena alimentación y actividades que mantengan viva la cabeza y el corazón. Lugares donde se cuide, pero también se quiera.
Canarias está envejeciendo, y lo hace rápido. Cada año son más las personas que alcanzan edades avanzadas, y lo hacen en un territorio donde la vivienda se ha convertido en un bien escaso, caro y tratado por el gobierno y algunos sectores como mercancía, agravado por la tiuristificación. Frente a esta realidad, mirar hacia otro lado no es una opción.
El derecho a una vivienda digna no es un gesto de caridad, es un derecho reconocido por la ley y por la ética más básica. La legislación protege a las personas mayores frente a los desahucios, obliga a buscar alternativas habitacionales y prohíbe que los grandes tenedores expulsen a quienes no tienen a dónde ir. Pero los derechos, si no se defienden, se vacían y se pierden.
No se puede hablar de cuidado mientras se tolera que alguien mayor viva con el miedo constante de perder su casa. No se puede hablar de envejecimiento activo mientras se condena al desarraigo. No se puede hablar de justicia social sin garantizar un techo digno hasta el último día.
Defender el derecho a la vivienda para las personas mayores es defender la vida misma, la que fue, la que es y la que aún tiene que ser vivida con tranquilidad. Porque nadie debería envejecer con miedo. Porque una casa no es un lujo.
Sea como sea tiene que ser un hogar para vivir, no para sobrevivir.
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