CRÓNICA
El Mediador, vestido para ser leído
La entrada al Palacio de Justicia de Santa Cruz de Tenerife obsequió este jueves a los viandantes con algo de escena calculada. No por la solemnidad del inicio del juicio del caso Mediador, uno de los asuntos más ruidosos de los últimos años en España, venido a menos a medida que se detectaba que los altos cargos socialistas implicados en una de sus piezas habían dejado de estarlo, sino por el modo en que el principal encartado decidió presentarse ante cámaras y curiosos: Marco Antonio Navarro Tacoronte no llegó vestido para pasar inadvertido. Llegó vestido para ser leído.
Efectivamente, arrancaba el juicio contra Navarro Tacoronte, el famoso mediador, que se sentaba en el banquillo junto a un general retirado de la Guardia Civil que alcanzó gran prestigio en su día, Francisco Espinosa, y el empresario Antonio Bautista. Es la llamada rama de la fotovoltaica, en la que no se ha detectado rastro de cargos políticos, aunque la Fiscalía sitúa esta primera pieza como una introducción penal la parte más amplia del caso que vendrá a continuación. Los cargos que se les imputan también lo reflejan: cohecho por una sucesión de regalos, favores y promesas que, según el escrito, buscaban lubricar relaciones y abrir puertas en la Administración a cambio de contraprestaciones. En total, por ahora, un año de petición de prisión para cada uno de los encartados.
En esa lista, que ha ido aflorando en informaciones previas al juicio, aparecen invitaciones, comidas, viajes, dinero y hasta una exigencia especialmente significativa: la contratación de la pareja del general con sueldo mensual de 3.000 euros, además de la perspectiva de un puesto para él tras su jubilación. La tesis fiscal es sencilla: el intermediario presumía de la figura del general como aval de influencia y poder; el empresario aportaba dádivas; y el servidor público, aun en retiro o transitando hacia él, aceptaba beneficios incompatibles con el cargo.
En el arranque del juicio hay, sin embargo, un dato que resulta igual de elocuente por lo que contiene y por lo que deja fuera: por ahora no se sientan cargos políticos en el banquillo. La imagen pública del caso Mediador quedó asociada en su día al escándalo político que salpicó al exdiputado socialista majorero Juan Bernardo Fuentes Curbelo, más conocido como Tito Berni, pero esta primera pieza se limita a los tres acusados citados.
La camisa como pancarta
Fue en ese contexto en el que Navarro Tacoronte eligió convertir su propio cuerpo en mensaje. Camisa blanca de manga larga y botones exigidos hasta la extenuación, es decir, requintada: una apariencia normal… hasta que mostraba la espalda.
En esa amplia espalda Tacoronte exhibía en gran formato el monumento a Franco de Santa Cruz de Tenerife, obra del escultor Juan de Ávalos, con una leyenda diseñada para que todos los presentes se fijaran y para posicionarse: “80.000 tinerfeños donaron” para “el ángel de la paz”. Un eslogan con apariencia de dato histórico, que viene siendo el del colectivo que defiende con pasión el mantenimiento de ese vestigio franquista. Un gesto que, más que accidental, parecía una declaración política hecha en plena jornada judicial. El Mediador quería aclararle al mundo lo que seguramente algunos ya sabían: “Soy franquista”.
Conociendo al personaje, que se dedicó siempre a medrar presumiendo de tener más influencia de la que tenía, es posible que la intencionalidad no sea muy sofisticada. Cabría pensar, por lo tanto, que lo que quiere es situarse en ese espacio de la ultraderecha sin complejos, teniendo en cuenta las altas posibilidades de que Vox pueda ser decisivo en un próximo gobierno de España -con el PP- que pudiera o pudiese tener que ver con un potencial indulto a la pena o penas que pudieran imponérsele.
En otras palabras, mientras la Audiencia Provincial lo sentaba en el banqulllo por corrupción, Navarro Tacoronte se presentaba ante el futuro envuelto en memoria, memoria de futuro. Por lo que pueda ocurrir.
La elección de la pancarta que se cargó el Mediador a la espalda no fue caprichosa. El monumento —conocido popularmente como el Monumento a Franco y también como Ángel de la Victoria — se ha convertido en una pieza central de las guerras culturales locales: para unos, vestigio franquista que debe retirarse; para otros, obra artística susceptible de “resignificación” o incluso de protección patrimonial.
Coalición Canaria se disputa con el Partido Popular y Vox la intensidad en su defensa. Tal competencia se explica en lo que arrojan las encuestas cada vez con más nitidez. Vox sube, y en Tenerife no lo hace a costa únicamente del PP, como ocurre en el resto de España. El votante regionalista (de CC) es muy conservador en esa isla y no ve con buenos ojos el revisionismo de lo que siempre ha considerado parte de su paisaje urbano y sus apreciaciones políticas.
Los 80.000 tinerfeños que en 1966 aportaron entre 1 y 5 pesetas para erigir el Ángel de la Victoria han dejado secuela varias generaciones después. Y el mediador quiere seguir mediando.
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