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Nos ha tocado a nosotros

Este virus parece un mensaje cifrado que el planeta nos envía como respuesta a nuestra forma de agredirlo y agredirnos

Pensamos que no nos pasaría a nosotros. Creíamos que en esta parte del mundo próspera y acomodada estábamos a salvo de sufrir una gran catástrofe colectiva. Vacunados contra las guerras que exportamos fuera pero apenas nos rozan, no podíamos imaginar ninguna desgracia superlativa que paralizase nuestros países y nos obligase a recluirnos en un estado de alarma. La estafa financiera fue un aviso, terrible para los más desfavorecidos, pero estábamos convencidos de que un desastre mayor no nos podía tocar jamás.

Mi generación y las posteriores no hemos vivido en Occidente ni una guerra ni una posguerra ni una dictadura militar. Esto tampoco es ni remotamente comparable, la mayoría estamos refugiados en casa con nuestras comodidades modernas, no caen bombas del cielo ni suenan ráfagas de metralleta dos calles más allá, pero sí nos acerca, aunque sea un poco, a comprender el miedo, la desolación y la angustia que sienten los más golpeados de la Tierra.

Es una cura de humildad salvaje y un gélido baño de realidad que nos aproxima al resto del mundo y al resto de nuestro mundo, que pone en riesgo nuestras vidas y nuestro modo de vida y que nos debería llevar a repensar la sociedad que somos y la que queremos ser. Esta vez también nos ha tocado a nosotros, no sólo a ellos, los parias y los nadies. Paradójicamente, ahora que estamos obligados a aislarnos, estamos menos aislados que nunca. Ahora que somos burbujas para no contagiarnos ni contagiar, estamos más llamados que nunca a salir de nuestras burbujas y contaminarnos de la realidad.

Este virus es como un mensaje cifrado contra nuestra forma de agredir al planeta y agredirnos. Cuando el globo está al borde del colapso por culpa de esta plaga que es el hombre, nos llega una plaga que nos obliga a detenernos y detener el calentamiento global. Llevamos mascarillas pero el aire es más respirable que ayer. Cuando vivimos más fuera de nosotros, diluidos en las redes y en la liquidez de nuestras relaciones, nos quita todo contacto físico, haciendo que volvamos a nuestros cuerpos.

Ahora que nos creíamos virtuales, nos recuerda que somos mortales de carne y hueso. Ahora que rechazamos al de fuera, nos coloca en su lugar, nos hace apestados como ellos. Ahora que cada uno vamos a la nuestra, nos dice que sólo nos salvaremos si cuidamos al resto. En la era del individualismo, nos impone la colectividad. El virus es una lección que podríamos aprender. Podríamos aprender a ser una sociedad más justa, a valorar la fuerza de lo común, a sentir empatía por el más débil, a detener nuestro insostenible ritmo de vida, a cuidar mejor unos de otros y del planeta que estamos destruyendo.

Pero también cabe la posibilidad de que salgamos de esta intentando olvidar la pesadilla cuanto antes para entregarnos al sueño del soma que nos suministra el sistema para quitarnos el miedo y la ansiedad. Para eso es para lo que estamos programados. Para pedir más anestesia y más control. Pero todo el sistema está fallando y nos ha fallado. Cabe la posibilidad, aunque remota, de que haya empezado a colapsar.

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