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La educación secuestrada: cuando la guerra roba el futuro… y llega a nuestras aulas

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Hay cosas que, aunque ocurran lejos, terminan tocándonos muy de cerca.

En nuestras escuelas de Castilla-La Mancha todo parece seguir su ritmo: los niños entran, aprenden, juegan, crecen… Pero, cada vez más, entre ellos hay alumnos que llegan con historias difíciles de imaginar. Niños que han tenido que dejar su casa, su colegio, sus amigos. Niños que no entienden del todo qué ha pasado, pero que sí saben que algo importante se ha roto.

Y entonces surge una pregunta que nos interpela como docentes y como personas: ¿cómo ayudarles a volver a empezar?

La escuela como lugar donde volver a sentirse seguro

Aquí, en nuestra tierra, la escuela sigue siendo un lugar seguro. Y eso, aunque a veces no lo valoremos lo suficiente, es algo muy grande. Para muchos de estos niños que llegan de otros países, el colegio es el primer sitio donde vuelven a sentir cierta normalidad. Donde alguien les llama por su nombre, donde hay una rutina, donde poco a poco vuelven a confiar.

Los planes de acogida, el apoyo con el idioma o la atención a sus necesidades no son solo recursos educativos. Son gestos de humanidad. Son la manera de decirles: “estás a salvo, puedes empezar de nuevo”. Y ahí el papel del profesorado es inmenso. No solo enseñamos contenidos. Escuchamos silencios, respetamos tiempos, acompañamos sin invadir. A veces, simplemente, estamos.

Lo que vemos aquí es solo una parte

Lo que ocurre en nuestras aulas es solo una pequeña ventana a una realidad mucho más dura. En muchos lugares del mundo, la escuela ha dejado de existir como la conocemos. O peor aún, se ha convertido en un lugar peligroso.

Cuando hablamos de una “educación secuestrada”, hablamos de niños a los que no solo se les quita la escuela, sino también la posibilidad de soñar con un futuro.

En Sudán, millones de niños llevan meses sin poder ir a clase. En Ucrania, aprender significa muchas veces hacerlo en refugios, bajo tierra. En Gaza, las escuelas han dejado paso a espacios de supervivencia. En Afganistán, las niñas han sido apartadas de la educación, como si su futuro no importara.

En Irán, la situación de las niñas nos duele especialmente. Durante un tiempo, muchas familias vivieron con miedo por lo que ocurría en las escuelas. Y, con el conflicto reciente, ese miedo se ha hecho aún más real.

Una escuela de niñas fue alcanzada en los primeros momentos de la guerra que iniciaron Trump y Netanyahu. Niñas que estaban donde deberían estar —aprendiendo— se convirtieron en víctimas.

Más allá de la política, hay algo que no admite discusión: ningún niño debería correr peligro por ir al colegio.

Cuando todo se rompe

Para quienes se ven obligados a huir, la educación se rompe en pedazos. Primero, dejan su escuela sin despedirse. Después, pasan tiempo sin aprender, sin rutina, sin estabilidad. Y cuando llegan a otro país, empieza lo más difícil: adaptarse, entender un idioma nuevo, sentirse parte de algo. Y es ahí donde nuestras escuelas, aquí en Castilla-La Mancha, cobran aún más sentido.

Estar fuera de la escuela no es solo perder clases. Es perder seguridad, confianza, hábitos, ilusión. Son heridas silenciosas que tardan mucho en curar.

En medio de tanta dificultad, hay personas que no se rinden. Maestros que enseñan en tiendas de campaña, voluntarios que llevan materiales, organizaciones que intentan que ningún niño se quede sin aprender. Pero no es suficiente.

Lo que todavía falta

A la educación se le dedica muy poca ayuda en comparación con otras necesidades urgentes. Y, sin embargo, es lo que puede cambiarlo todo a largo plazo. Porque educar no es solo enseñar. Es proteger, es prevenir, es construir futuro.

Puede parecer que todo esto nos queda lejos, pero no es así. Cada vez que en una clase de Castilla-La Mancha un niño se siente acogido, comprendido y acompañado, estamos haciendo algo importante. Estamos enseñando algo que no viene en los libros: humanidad. Quienes hemos sido maestros sabemos que la educación no es solo una profesión. Es una forma de estar en el mundo.

Por eso, duele ver cómo se pierde en tantos lugares.

Pero también reconforta pensar que, mientras haya una escuela abierta, mientras haya alguien dispuesto a enseñar y a cuidar, siempre habrá un poco de esperanza. Porque, al final, cada niño que vuelve a aprender es una historia que vuelve a empezar.