Lo que enmascara la obediencia
Recientemente se han celebrado los carnavales en muchos pueblos de Castilla-La Mancha. Tuve la oportunidad de pasarme unos días por los de Villafranca de los Caballeros y ver la diversidad de disfraces que se despliegan en estas fiestas. Aunque en realidad no solo hay disfraces en Carnaval, ni todos los disfraces afectan a la vestimenta y al maquillaje. Hay también a diario y en todos los lugares muchas máscaras del comportamiento en este gran teatro de la vida y de la interacción social.
En política, como en otras actividades de la vida, el comportamiento más habitual es el de defender a tu partido y atacar al adversario, independientemente de lo que propongan o hagan, cuando parece razonable, tanto que existan discrepancias internas, como puntos de acuerdo con los otros grupos o partidos. No es habitual, por ello, expresar la disconformidad con los planteamientos de la propia organización, ni siquiera introducir matices a las posiciones dominantes.
Sin embargo, pienso que expresar el desacuerdo no debilita a una organización ni es un acto de deslealtad como muchos entienden, más al contrario, la obediencia es lo que empobrece a una organización democrática y en muchos casos responde a un comportamiento desleal, porque suele disfrazar los verdaderos sentimientos y las opiniones personales, que no se atreven a ser expresadas por temor a sus posibles consecuencias.
Discrepar con criterios y fundamentos es un acto de lealtad a nivel personal y organizativo. De una persona amiga se espera su opinión sincera, aunque ésta no se comparta y a veces pueda doler. Otra cosa es la crítica táctica o estratégica para dañar o destruir a tu adversario (interno o externo), que también es una práctica muy habitual en el ámbito político, hasta el punto de que para mucha gente esta confrontación se acabe confundiendo con la esencia de la política.
La obediencia “debida”
En el ámbito del derecho existe el concepto jurídico de la obediencia debida, que en algunos casos se utiliza como eximente de responsabilidad ante infracciones legales o hechos delictivos, argumentando que se actuó bajo órdenes de un superior. Sin embargo, a veces la obediencia es un mal enmascarado que se viste de bien. Es un tema del que han hablado muchos filósofos y es un concepto clave en la psicología social desde los influyentes experimentos de Milgram (1961), realizados poco después del juicio a Adolf Eichmann, un funcionario nazi que se justificaba alegando que “solo obedecía órdenes”. Su autor, Stanley Milgram, buscó comprender hasta qué punto las personas comunes pueden obedecer instrucciones que entran en conflicto con su moral personal.
Sobre este tema también hay otros estudios posteriores de los que hablaré en otros artículos. Aunque en muchas situaciones el comportamiento obediente oculta los propios pensamientos y auto-reprime los verdaderos sentimientos que en muchos casos los atrofia para evitarse ciertos deslices o problemas, renunciando en ocasiones a defender valores éticos esenciales que bien pudieran justificar la objeción de conciencia o la manifestación del rechazo o el desacuerdo.
No dudo de la eficacia de un comportamiento masivamente obediente en cualquier organización. La unión, se dice, hace la fuerza y, por el contrario, la división debilita las posibilidades de éxito de cualquier organización. La historia nos ofrece muchos ejemplos de éxito de movimientos sociales altamente disciplinados, aunque algunos con consecuencias especialmente lamentables, como los propios movimientos fascistas del siglo pasado, que desencadenaron en la II Guerra Mundial.
Lo mismo podría decirse del 'estalinismo' soviético y de otros regímenes gobernados con mano de hierro. La obediencia también es un valor esencial en el funcionamiento de los ejércitos y suele invocarse para mantener el orden, generalmente cuando los liderazgos han perdido su “autóritas”, su credibilidad o su capacidad de seducción.
Obedecer es hacer lo que te dicen sin mayor cuestionamiento y simplemente porque te lo dice alguien con más poder o mayor autoridad
También conviene no confundir la obediencia ciega y acrítica con el estar de acuerdo, con compartir ideas y objetivos, con simpatizar, con sentirse identificado o incluso con la propia conformidad. Obedecer es hacer lo que te dicen sin mayor cuestionamiento y simplemente porque te lo dice alguien con más poder o mayor autoridad.
No dudo, como decía antes, de la eficacia de estos comportamientos y, por ello, de lo bien reconocidos y recompensados que suelen estar dentro de las organizaciones. Tampoco cuestiono que en determinadas circunstancias puedan estar justificados; pero en política, hay que decirlo, limitan el ejercicio de la democracia interna que consagra la propia Constitución Española para los partidos políticos y sobre todo reducen o atrofian la libertad de expresión.
Fue precisamente la libertad un valor del proceso de transición política a la democracia, con este valor nos socializamos políticamente la mayoría de la gente de mi generación y creo que debemos defender y promover las condiciones para su ejercicio. Por ello me parece bien la discrepancia política cuando responde a motivos y criterios fundamentados, lo que no impide tampoco la libre voluntad o la necesidad de construir acuerdos desde diferentes posiciones ideológicas.
Sin embargo, son menos loables los comportamientos de obediencia inquebrantable o sumisa, que en muchos casos encubren deslealtades o enmascaran profundas discrepancias que no se atreven a manifestar. Por el contrario, me parecen más saludables ciertos ejercicios de desobediencia crítica. El propio escritor Juan José Millás se lo decía al periodista Jordi Évole en un reportaje emitido recientemente en su programa de televisión, donde le confesaba que escribía por desobediencia y añadía: “Escribir es un modo de desobedecer”.
0