González y sus candidatos
Le ha faltado tiempo a Felipe González para proponer un nuevo candidato para dirigir el PSOE. Con el secretario general aún sin caer ya le presenta sustituto. Se da por descontado que se irá. En plena conmoción por el caso Santos Cerdán, González ha visto la oportunidad para recuperar el control perdido del PSOE y sus posibilidades de influir en las políticas nacional e internacional de España. Este ha sido su objetivo antiguo que cada vez se ha ido haciendo más claro y más brutal. En Toledo recientemente decía, “no podemos estar al cargo de un mercachifle político, tenemos que hacernos cargo de nosotros mismos. Si no qué somos, ¿meritorios del puto amo?”.
González hace tiempo que padece el síndrome de Willy Brandt, el poderoso canciller alemán que, cuando dejó de serlo, quiso por todos los medios seguir condicionando la política de su país. Y como sus sucesores no le hacían caso se revolvía contra ellos con las peores maneras posibles. González ha llegado a ese punto sin retorno. El ex canciller falleció amargado por el nulo aprecio de su partido. González ha intentado por todos los medios controlar una organización que considera suya. Él configuró el PSOE en su actual formato que, todo hay que decirlo, ha sido una formula de éxito para la izquierda y para España.
Pero esa fórmula ha funcionado exactamente igual con otros militantes no vinculados ni a la persona ni a las ideas de González. Para él solo son buenos los que él designa, no los imprevistos. Propuso a Almunia como su sucesor pero no lo entendieron ni los votantes ni los militantes. Nadie recuerda ya los días angustiosos de las derrotas de Almunia, sus maniobras ruinosas con izquierda unida y la sensación de un PSOE a la deriva. Sucedió lo mismo con Rubalcaba, antesdeayer demonizado por la derecha, santificado por esa misma derecha tras su fallecimiento y en la actualidad, olvidado.
Pero al margen de González, el PSOE ha tenido autonomía propia. Los militantes se hicieron cargo de su destino y frente a las propuestas de González fueron capaces de elegir a Borrell, de ningún agrado para el viejo PSOE. Fueron muchos los obstáculos que tuvo que superar sobre todo por la inquina interna que le impedía actuar. Pronto se dio cuenta de que ir contra el “aparato” era un mal camino y al mínimo contratiempo, dimitió. Tampoco le gustó a González Rodríguez Zapatero, que no solo padeció una ofensiva salvaje por parte de la derecha, sino también la crítica y la oposición interna.
Sin embargo la tensión reció con Pedro Sánchez, cuando este se mostró, contra lo que se pretendía, autónomo. Se le desalojó de mala manera del partido. Su vuelta no estaba prevista y dejaba el camino expedito para otro candidato de González, la andaluza Susana Díaz. Pero Sánchez, contra todo lo que se conocía en la política nacional, volvió. Volvió y ganó el partido. Volvió y recuperó el gobierno a pesar de las tesis de González de dejar gobernar al PP con el apoyo sumiso de los socialistas.
Nadie recuerda los años del “sorpasso” que intentó Podemos. Ante la crisis evidente de Izquierda Unida y la igualmente evidente crisis del PSOE, Pablo Iglesias y compañeros plantearon una nueva izquierda. Querían enterrar a los partidos que ellos llamaron del régimen. Era el suyo un modelo de izquierda populista sobre la base de una dialéctica brillante y unos planteamientos programáticos más que dudosos. Sánchez consiguió la proeza de detener un “sorpasso” cantado y obligarse a formar gobierno con Podemos.
González tampoco aceptó la operación. Pero le salió bien a Sánchez porque ya se estaba cociendo la gran crisis del efímero Podemos. El PSOE se situaba en toda Europa como el único partido de izquierda capaz de gobernar. De este éxito se deduce la cruel y feroz persecución de la derecha contra Sánchez. Y es, que les guste o no, el gobierno de los últimos años ha servido para situar a la España encogida de Rajoy en Europa y para que sea en la actualidad punto de referencia de otros gobiernos por las políticas modernizadoras, integradoras y de izquierdas.