Castilla-La Mancha, como comunidad autónoma, es apenas una franja milimétrica en la línea del tiempo de la humanidad. Alrededor de nueve grandes civilizaciones han marcado la vida, las costumbres e incluso el paisaje de esta comunidad autónoma hasta su conversión en comunidad autónoma en 1982 con la aprobación de su Estatuto de Autonomía.
Antes de la llegada del Estado autonómico, parte de la actual Castilla-La Mancha era Castilla La Nueva, que también incluía a Madrid. Sin embargo, con la reestructuración territorial de la transición democrática tras la dictadura franquista, esta antigua región desapareció, convirtiéndose en la comunidad autónoma que hoy es.
Al margen sus numerosos asentamientos prehistóricos, que la han dotado de yacimientos arqueológicos de enorme valor, por la tierra de lo que hoy conocemos como esta autonomía han pasado unas nueve civilizaciones.
Pero es importante destacar que unas no dieron paso a otras de un día para otro y que muchos de sus vestigios se entremezclan en el tiempo, dejando un crisol de razas, costumbres, oficios, paisajes y construcciones que no siempre pueden establecerse entre años concretos.
Lo cierto es que la mayoría de historiadores coinciden en que la primera de estas civilizaciones la constituyeron los celtas carpetanos quienes, según la publicación Céltica Hispana, se trata de uno de los pueblos celtas que más desapercibidos han pasado por la Península Ibérica. Uno de los motivos fue que no ofrecieron gran resistencia al imperio romano. Es decir, no hubo grandes gestas, aunque sí gran número de yacimientos.
Fue un pueblo celtibérico que habitó la meseta sur hasta aproximadamente el año 220 a.C., abarcando las actuales provincias de Madrid, Toledo y el norte de Ciudad Real. Sus límites eran el río Guadiana al sur, los celtíberos por el este, los vetones por el oeste y el Sistema Central por el norte.
Se dedicaban principalmente a la agricultura y al comercio y sufrieron ataques por parte de los lusitanos en forma de razzias (incursiones o ataques sorpresa para llevarse botines). Otro dato significativo es que nunca se mostraron unidos entre sí y no se han encontrado pruebas de que tuvieran una sociedad fuertemente jerarquizada como sí ocurre en otros pueblos celtas de la península ibérica.
Los carpetanos lucharon contra los cartagineses y cuando llegaron los romanos, se unieron con los vettones y celtíberos para enfrentarlos. Sin embargo, pronto se unieron a Roma. Las fuentes no aluden a rebeliones posteriores, por lo que es posible que se aliaran con los romanos evitando conflictos mayores.
Algunos vestigios carpetanos de lo que hoy es Castilla-La Mancha se encuentran principalmente en yacimientos de las provincias de Toledo y Ciudad Real. En el primer caso, 'El Cerrón', en Illescas, es un poblado de casi dos hectáreas en el que se han localizado dos santuarios elevados, además de un relieve en el que aparecen carros tirados por caballos y guiados por aurigas.
El segundo yacimiento más relevante es el de 'El Cerro del Gollino', en Corral de Almaguer, un poblado carpetano de 15 hectáreas que presenta un doble recinto amurallado; mientras que en Consuegra, se conoce como 'Consabura' (el antiguo nombre del municipio) al antiguo poblado de ocho hectáreas sobre el cerro Calderico (el de sus famosos molinos), que conserva parte de su muralla.
Según publicaciones como 'Castros carpetanos en época prerromana', de J. Hurtado, o 'Los últimos carpetanos', de G. Ruiz Zapatero, la propia ciudad de Toledo tiene también vestigios carpetanos, que por entonces tenía 50 hectáreas de extensión. Sus habitantes se dedicaban entonces a tareas agrícolas.
De los cartagineses al imperio romano
Los cartagineses fueron, por tanto, la segunda civilización que marcó la historia de Castilla-La Mancha, aunque no por mucho tiempo: del año 220 al 206 a.C. En esta región, hay varios yacimientos arqueológicos que podrían estar relacionados con la presencia cartaginesa, mucho menor que en otras regiones.
Así, se ha encontrado evidencia de interacción cultural entre los pueblos ibéricos y cartagineses en algunos yacimientos, y varios estudios sugieren una influencia cartaginesa en ciertos aspectos de la cultura ibérica.
Los cartagineses tuvieron una presencia significativa en la península ibérica, incluyendo la zona de Castilla-La Mancha, especialmente durante las Guerras Púnicas. Aunque no se establecieron con una presencia dominante en la región como lo hicieron en el sur de la península, su influencia se puede sentir en algunos detalles históricos y culturales.
Según el Portal de Turismo de esta comunidad autónoma, la presencia cartaginesa estuvo determinada por la segunda Guerra Púnica, entre Roma y Cartago. La batalla de Salaria tuvo un gran impacto en el territorio que ahora es la localidad de Malagón (Ciudad Real).
Esta civilización también dejó su influencia en el arte rupestre. Se han encontrado pinturas en algunas áreas de Castilla-La Mancha que, aunque no son directamente cartaginesas, pueden indicar una influencia cultural en la región durante la época prerromana, donde los cartagineses y los íberos también tenían presencia.
Tras Cartago llegó la enorme impronta del Imperio Romano, desde el año 179 a.C. hasta el año 412 d.C. De esta época los vestigios son amplios y numerosos en territorio castellanomanchego.
La publicación ‘National Geographic’ analiza detalladamente la huella romana en los territorios que hoy conforman Castilla-La Mancha. La antigua ciudad romana de Segóbriga, ubicada en Saelices (Cuenca), es quizás el vestigio más monumental y visible. Fue el centro productor y exportador de Lapis Specularis (yeso especular), un tipo de piedra cuyo valor en la antigua Roma fue altísimo. Dos mil años después, se puede seguir paseando por la que fuera esta ciudad romana, descubrir su teatro y anfiteatro y hacerse una idea de cómo fue la vida cotidiana en la antigua Roma.
En esta provincia, destacan igualmente los yacimientos de la ciudad de Ercávica o la de Valeria, un ejemplo de ingenieriÌa con un entramado perfecto para la provisioÌn de aguas. Y con las últimas décadas han ido conociéndose asimismo más detalles de la lujosa villa romana de Noheda, con sus espectaculares mosaicos figurativos.
En Toledo, los vestigios más importantes son las termas de Amador de los RiÌos, asiÌ como las estribaciones del acueducto sobre el riÌo Tajo, el circo romano o el parque arqueoloÌgico de Carranque. En esta última localidad toledana se encuentra un enclave que surgió como centro de explotación de los recursos agrícolas de la antigua Roma y ya en época tardorromana se configuró como un importante centro de poder.
Y en la provincia de Albacete, esta publicación resalta el Tolmo de Minateda. Se suman las pinturas rupestres del Abrigo Grande de Minateda, declaradas Patrimonio de la Humanidad. De hecho, el ámbito cronológico de esta área alcanzaría un periodo histórico de casi 8.000 años.
En territorio albaceteño se ubica igualmente la antigua ciudad romana de Libisosa, en Lezuza, un territorio que contaba con abundantes recursos hídricos, agrícolas y cinegéticos que favorecieron desde la prehistoria el asentamiento de humanos, favorecidos además por la existencia de salinas en su proximidad y de rutas ganaderas de trashumancia que le proporcionaron una gran riqueza.
Y más en el norte, se encuentra el reciente hallazgo, en 2017, de una ciudad cuya existencia se conocía por menciones de Plutarco y Ptolomeo, pero que nadie lograba encontrar: Caraca. Se encuentra en la localidad de Driebes, dentro de la comarca de la Alcarria Baja de la provincia de Guadalajara.
El área arqueológica de Caraca es un complejo de yacimientos conformados por un núcleo urbano, el Cerro Virgen de la Muela, donde se emplaza un asentamiento ocupado desde la Edad del Bronce hasta la época romana, una necrópolis tardoantigua a sus pies, los restos de un acueducto romano y el área periurbana de la civitas romana.
En época altoimperial, Caraca alcanzó una extensión de ocho hectáreas, teniendo su mayor esplendor entre los siglos I y II d. C. La ciudad se articula en 27 manzanas, de las que se conoce la existencia del Foro, el cardo, el decumano, termas públicas y viviendas. Contaba, además con un acueducto que le abastecía de agua.
Hasta aquí, ya puede apreciarse cómo la huella de algunas civilizaciones como la celta carpetana se fusionaron con los posteriores elementos romanos. Y, salvo alguna excepción, no dejaría de ser así en las posteriores épocas.
Desde el año 412 d.C hasta el 476 d.C., llegaría otra breve época hasta la caída del imperio romano. Muchos expertos mencionan a los alanos, de origen iranio (iraní). Aunque estos últimos no se asentaron específicamente en Castilla-La Mancha, su presencia en la región es mencionada en algunos textos históricos. Se cree que su presencia en la zona fue temporal y asociada a la invasión más amplia en la Península Ibérica.
Después, la llegada de los visigodos fue una de las más significativas en la historia de las civilizaciones en Castilla-La Mancha. De origen germánico, eran una rama de los pueblos godos y dejaron una huella importante, siendo esta región parte del extenso territorio que dominaron desde el siglo V hasta el siglo VIII.
Su llegada marcó el inicio de una nueva era, con Toledo como capital del reino y centro cultural, político y religioso. Aunque su influencia se extendió por toda la región, incluyendo ciudades como Orgaz, Sonseca y Mora, fue Toledo la que se convirtió en el epicentro de su reinado y cultura.
El Canal de Historia relata cómo tras un largo recorrido por toda Europa, representaron el primer intento de unidad política de la Península Ibérica, que se mantuvo hasta la llegada de los musulmanes en el siglo VIII.
Lo curioso es que el número de visigodos que se establecieron en territorio hispánico no sobrepasó los 100.000, frente a los cinco o seis millones de hispanorromanos que entonces habitaban el país. Esta desproporción explica que, pese a controlar el gobierno, los visigodos terminaran asimilando la lengua, la cultura y la religión de la sociedad hispana.
El reino visigodo de Toledo alcanzó la plenitud en la segunda mitad del siglo VI y la primera del VII, durante los reinados de Leovigildo y su hijo Recaredo. Leovigildo consolidó la autoridad real, anexionó el reino de los suevos (de la actual Galicia) y estableció las mismas leyes para germanos e hispanorromanos. Por su parte, Recaredo impulsó la unidad religiosa del reino al convertirse al cristianismo junto con los nobles visigodos.
La enorme huella de los visigodos en Toledo
Durante esos siglos, su huella en Castilla-La Mancha es una de las más notables, comenzando por la propia ciudad de Toledo, capital del Reino. Debido a ese rol, conserva numerosos vestigios que se pueden encontrar tanto en la ciudad como en sus alrededores.
A los pies del Casco Histórico de Toledo, extramuros y cerca del río Tajo que rodea la ciudad se extiende un amplísimo terreno con mucha tierra, matorrales y algunas zonas urbanizadas bajo las que se esconde la gran ciudad visigoda de nuestro país. Es la Vega Baja de Toledo, un yacimiento casi inédito declarado Bien de Interés Cultural (BIC) y anexo a otros terrenos en los que se asientan el Circo Romano y la ermita del Cristo de la Vega. Más de 2.000 años de historia de la que dejaron huella varias civilizaciones, entre ellas la visigoda.
Por otra parte, el Museo de los Concilios y la Cultura Visigoda en la Iglesia de San Román, en el Casco Histórico, alberga piezas materiales de esta época, y el yacimiento arqueológico de Los Hitos en Arisgotas es un ejemplo de la arquitectura visigoda.
En esta ciudad también podemos seguir su rastro en la Torre del Salvador, en la Iglesia del mismo nombre (con una pilastra visigoda única) o en las míticas Cuevas de Hércules, que aunque son de origen romano, han sido inspiración para leyendas de reyes visigodos.
En los alrededores de Toledo, además del mencionado yacimiento de Los Hitos, Arisgotas alberga también el Museo de Arte Visigido, con piezas de San Pedro de la Mata. Precisamente, en este último pueblo pueden observarse las ruinas de la iglesia visigoda, actualmente en estado muy deteriorado.
La iglesia de Santa María de Melque, en San Martín de Montalbán, es asimismo otras de las joyas de la cultura visigoda, aunque la más conocida en la provincia de Toledo es el denominado 'Tesoro de Guarrazar'.
Este último es un claro ejemplo de la orfebrería visigoda, compuesto por coronas y cruces que varios reyes visigodos ofrecieron en su día como exvoto (ofrenda). Fue hallado entre los años 1858 y 1861 en el yacimiento arqueológico denominado huerta de Guarrazar, situado en la localidad de Guadamur, muy cerca de Toledo. Actualmente, las piezas están repartidas entre el Musée Cluny de París, la Armada del Palacio Real, el Museo Arqueológico Nacional y la Galería de las Colecciones Reales, estos tres últimos en Madrid.
Tras el reinado de Wamba, que venció a los francos, las luchas entre la nobleza y la monarquía debilitaron el reino visigodo, que no pudo hacer frente a la invasión musulmana.
En el año 710 las tropas de Tarik, gobernador musulmán del Norte de África, desembarcaron en lo que hoy es Tarifa. En julio del año siguiente, aliados con una facción de la nobleza visigoda opuesta a don Rodrigo, los musulmanes vencieron a este último rey visigodo en la batalla de Guadalete. Muerto don Rodrigo, los musulmanes iniciaron la ocupación de la Península, con lo que llegó a su fin el reino visigodo.
Del reino musulmán a la cristiandad
Comenzó así la historia de una nueva civilización también en Castilla-La Mancha, que perduró desde comienzos del siglo VIII hasta finales del siglo XI d.C. El reino musulmán estuvo presente en esta región bajo el dominio de Al-Ándalus, primero bajo el Emirato y luego bajo el Califato de Córdoba. Posteriormente, existió la Taifa de Toledo, que comprendía gran parte de Castilla-La Mancha y Madrid, y que fue una de las más importantes y ricas de Al-Ándalus.
El dominio musulmán en la región se prolongó durante varios siglos, marcando una época de gran influencia cultural, económica y social. Por eso su legado sigue presente en la región, en la forma de monumentos, arquitectura, cultura y tradiciones.
Es importante resaltar que el arte islámico tiene una cierta unidad estilística debido, por una parte, a que los artistas se movían continuamente y, por otra, a que todos ellos utilizaban la escritura islámica, lo que fortaleció también la idea de unión. Y debido a que el Islam prohíbe la representación de imágenes, su elemento más destacado es la arquitectura, mientras que la pintura y la escultura se usan como complemento para decorar los edificios.
Así puede verse también en Castilla-La Mancha: los musulmanes absorbieron algunos elementos artísticos de los pueblos que conquistaban: el arco de medio punto de los romanos, el de herradura de los visigodos o la cúpula de los bizantinos, y la base de muchos de sus monumentos son edificios anteriores. Los edificios más significativos eran las mezquitas, los palacios, los baños y las alhóndigas.
Y de nuevo, la ciudad de Toledo se convirtió en estos siglos en un referente clave en la arquitectura musulmana: desde la Mezquita del Cristo de la Luz (la que mejor se conserva de las diez que llegó a tener la ciudad), construida sobre una mezquita original, o los baños árabes de Tenerías. También abunda el arte mudéjar, cuando los musulmanes permanecieron viviendo en territorio cristiano, manteniendo su religión e identidad cultural, mientras que la cultura cristiana incorporó elementos del arte islámico.
Otras construcciones tienen elementos de origen musulmán: la Puerta de Bisagra (en el segundo cuerpo interior, además de su nombre, que deriva de Bab-Shagra); la Puerta de Bab al-Mardum o de Valmardón; la Puerta de Alcántara y la Puerta de los Doce Cantos, posteriormente remodeladas.
Fuera de Toledo, en 2019 un grupo de arqueólogos de la Universidad de Castilla-La Mancha descubrió una necrópolis islámica de más de 1.000 años de antigüedad en el paraje de Piédrola, en Alcázar de San Juan (Ciudad Real), en una excavación de sólo cuatro metros cuadrados. La prospección permitió localizar siete cuerpos enterrados según el rito islámico: de lado, sin ningún tipo de ajuar o enseres y mirando a La Meca.
Asimismo, la 'ciudad-isla' de los musulmanes en Calatrava La Vieja (Ciudad Real) es una de las más antiguas ciudades islámicas de la Península, citada ya en tiempos de Abderramán I, en el año 785, que alcanzó un gran esplendor en el siglo IX. Fiel a sus orígenes, aprovechó el río Guadiana para constituir un sistema defensivo hidráulico.
En el siglo XII la ciudad pasaría a manos cristianas, fundándose en ella la Orden de Calatrava, constituida por monjes guerreros. Ellos serían los únicos en mantener una fortaleza en manos cristianas tras la derrota de la Batalla de Alarcos: el castillo de Salvatierra. Después contribuirían a la victoria de las Navas de Tolosa, jugando un papel fundamental en la reconquista, y llegando a constituir una de las órdenes más poderosas por su capacidad económica y militar.
Finalmente, como legado andalusí en el sur de Castilla-La Mancha, se encuentra la antigua alquería islámica de Higueruela, en Albacete, construida cuando el Califato de Córdoba se descomponía y surgieron las taifas. Documenta el tipo de vida de los campesinos musulmanes de Al-Andalus.
La conquista de Toledo por Alfonso VI en 1085 marcó el fin de la presencia musulmana en la ciudad y en gran parte de Castilla-La Mancha, aunque se realizó parcialmente durante muchos años mediante la reconquista hasta la unión de los reinos de Castilla y Aragón.
Arrancó así la monarquía hispánica, mediante la unión dinástica de sus monarcas, Isabel I de Castilla y Fernando II de Aragón, a través de su matrimonio en 1469. Esta unión no fue una fusión institucional inmediata, sino que cada reino mantuvo sus propias leyes, instituciones y fronteras. Es el motivo por el que los vestigios en lo que ahora conocemos como Castilla-La Mancha se fusionan unos con otros, como ya había ocurrido en el pasado.
La región fue un continuo campo de batalla, con frecuentes incursiones de ambos bandos, musulmanes y cristianos, y escaso poblamiento humano. El máximo dominio almorávide (los monjes-soldado procedentes del Sáhara) llegó tras la Batalla de Uclés, en el año 1108, que obligó a los castellanos a replegarse hasta el río Tajo.
En los años siguientes a la Batalla de las Navas de Tolosa, casi toda Castilla-La Mancha quedaría definitivamente bajo control castellano, así como el valle del Guadalquivir, a cuya repoblación se le otorgó prioridad frente a la de Castilla-La Mancha, buena parte de la cual quedó bajo el dominio de las órdenes militares como la mencionada Orden de Calatrava en lo que hoy es Ciudad Real; la Orden de San Juan, la Orden de Santiago, y dentro de esta última, la Mancha Alta y el Campo de Montiel.
Las guerras civiles propiciaron castillos y fortalezas
Como parte de los reinos de Toledo y de Murcia (en su parte suroriental), integrados ambos en la Corona de Castilla, La Mancha fue escenario y sufrió las consecuencias de las guerras civiles castellanas que tuvieron lugar en los siguientes siglos, y como zona fronteriza de Castilla con la Corona de Aragón, también fue escenario de las luchas entre ambas.
El Portal de Cultura refleja que durante estos años algunos ejemplos de vestigios castellanos en la región son sus castillos y fortalezas como los de Belmonte, Almansa o Sigüenza. Lógicamente, también muchas iglesias, especialmente góticas, así como decenas de palacios, plazas como la de Almagro, arte rupestre y monumentos como el Monasterio de Uclés.
Si hablamos exclusivamente de civilizaciones, la mayoría de historiadores establecen el año 1492, con la expulsión de los judíos y la conquista de Granada, como el inicio de lo que hoy conocemos como España, entonces imperio español o “civilización española”. Sin embargo, otros investigadores hablan de la entidad o nación española partir de la Constitución de las Cortes de Cádiz de 1812. Y además hubo una breve temporada intermedia de ocupación francesa desde 1808 hasta 1813.
De cualquier forma, en Castilla-La Mancha, los vestigios de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX se manifiestan en una variedad de monumentos, edificios y sitios arqueológicos. Destacan la arquitectura religiosa, como iglesias y conventos, y la arquitectura civil, incluyendo palacios, casas nobiliarias y edificios históricos.
En cuanto a iglesias y conventos, destacan la Catedral de Toledo y el Monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo, o el Convento de la Merced en Ciudad Real. También se construyeron monumentos como el Palacio de los Condes de Cirat en Albacete, y casas nobiliarias que hoy son museos o edificios históricos. Igualmente, el Hospital de Tavera en Toledo es un ejemplo de la construcción de hospitales durante este periodo.
Ya en el siglo XIX, se construyeron estaciones de ferrocarril como la de Cuenca (la de Toledo, de estilo neomudéjar, sería en el siglo XX), que son un símbolo del desarrollo industrial de la época, así como numerosos edificios civiles imitando los estilos de épocas pasadas.
Antes de todo ello, en 1833 ya ha se había realizado la división administrativa de España en provincias, con algunas variaciones respecto a la actualidad. Surgieron las provincias de Guadalajara, Toledo, Ciudad Real, Albacete y Cuenca, pero no eran todavía castellanomanchegas.
Se creó una región geográfica e histórica con el nombre de Castilla La Nueva, anterior a la actual división en comunidades autónomas, la cual abarcaba las provincias de Ciudad Real, Cuenca, Guadalajara, Madrid y Toledo. Es decir, como la actual Castilla-La Mancha, salvo por Madrid y por la provincia de Albacete, que pertenecía a la Región de Murcia.
Una tierra de emigrantes que después fue industrializada
Las décadas que siguieron a la Guerra Civil estuvieron marcadas por la masiva emigración de castellanomanchegos, tanto a las zonas más industrializadas del país, como al extranjero. Entre los años 1950 y 1960, más de medio millón de personas emigraron de la región.
Durante todo el siglo XX, destacan sobre todo estilos arquitectónicos como Art Decó, el racionalismo y regionalismo, pero sobre todo resultó relevante la industrialización, que trajo consigo la construcción de fábricas y plantas industriales. La evolución de la sociedad se reflejó igualmente en la transformación de las ciudades, con la creación de nuevos barrios, la ampliación de las infraestructuras y la construcción de edificios públicos.
Y años después de la llegada de la transición democrática, en 1982, se aprobó el Estatuto de Autonomía de Castilla-La Mancha, con las cinco provincias que hoy conocemos. Ahora, este texto va a cambiarse. Y todavía hoy perduran algunos debates sobre los límites de la comunidad autónoma, como el que tiene en su centro al Rincón de Anchuras, una isla entre provincias que reclaman para sí desde las Tierras de Talavera, incluso demandando una sexta provincia. Porque la historia de la civilización humana, por ahora, continúa.