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Opinión
Tribuna Abierta

De pequeños antivelocistas y de buenos vecinos

Imagen cedida

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Tengo un sobrino con una sonrisa tan amplia como su profundo ritmo caribeño. Es un niño pausado, minucioso, con sangre de abeja, que desde que aprendió a caminar —de genuflexión en genuflexión— ha sido el reverente de margaritas y gazanias, y el recolector oficial de caracoles de la casa. Este ilustre coleccionista de ámbar y fósiles es un niño lento: un pequeñuelo que pone a prueba tu paciencia cuando se eterniza desayunando, vistiéndose o paseando. El otro día, mientras sus padres le apremiaban para subir a las cumbres nevadas de Sanabria, más arriba del lago, con la vocecita de su orgullo magullado protestaba: “No soy siempre el último de clase, solo el penúltimo”. 

Yo, lenta recalcitrante, antivelocista del camino de Santiago, mariposa Macaón de la bici que se entretiene con cualquier fresa silvestre, quisiera contarle que en ocasiones llegar el último es la prueba fehaciente de haber disfrutado del camino, que marchar despacio te permite conectar más intensamente con el entorno porque —veraz tautología— ese instante que sucede solo sucede en ese instante. Aunque bien pensado, creo que lo sabe, lo sabe con sus huesos alargados, lo cela en su cofre de los tesoros y lo retiene en sus pupilas. Es un niño notable, con un toque extravagante de potencial naturalista. Y sé que algún día descubrirá que ese gusto suyo por la pausa, esa ternura suya hacia los seres diminutos es la vanguardia de un mundo nuevo. 

Desde Sanabria, pajarean estas palabras hacia las montañas de León y aterrizan en Villamanín. Estas navidades, las nevadas trajeron el gordo. Los jóvenes de la Comisión de Fiestas del pueblo fueron los responsables de la dicha y la desdicha, ya que cometieron un error gravísimo al no consignar un talonario completo de 50 papeletas vendidas. En la práctica, esto significa que hay 50 papeletas que carecen del respaldo de sus diez décimos premiados, y que, por lo tanto, esos 4 millones de euros no se pueden cobrar. La disyuntiva es clara: repartir el dinero de los 80 décimos aceptando una quita para que todos los premiados tengan su porción de suerte o sumergirse en un complicado y larguísimo proceso judicial que dejaría esos 26 millones en un limbo legal durante años. En prensa y en la radio se escuchan los testimonios de algunos vecinos partidarios de renunciar a una pequeña parte de su premio: «Me da igual cobrar un 10% menos porque he ganado un 90», explicaba Inmaculada con una buena dosis de benevolencia hacia los integrantes de la Comisión. No hay otro camino; colectivizar el error y compartir el premio, abjurar de la avaricia son las mejores opciones para una comunidad herida por el azar.

Como mi pequeño sobrino, en esta tercera década del siglo en la que ya hemos traspasado siete de los nueve límites planetarios, estos vecinos que aceptan una quita en sus papeletas premiadas son los prefigurantes de un porvenir deseable. Como mi pequeño sobrino, también estos vecinos representan un ser social imprescindible para afrontar las múltiples crisis ecosociales en las que estamos sumergidos. Pues el signo de este siglo es aprender a compartir el espacio y el tiempo, a colectivizar la pérdida y abrazar la renuncia.

Un reciente estudio publicado en Nature Climate Change el pasado diciembre, proyecta un aumento drástico en la desaparición de glaciares en todo el globo, que alcanzará su punto álgido entre 2041 y 2055, con la desaparición anual de hasta unos 4.000 glaciares en función de las medidas que tomen hoy los gobiernos. Los glaciares se pierden, la Antártida reverdece y, por primera vez en la historia reciente de la humanidad —aprovechando el deshielo—, se abre una ruta comercial que atravesará el Ártico para que los cachivaches fabricados en China lleguen más rápido a Europa.

La Ruta de la Seda Polar, así llamada, realimentará la fuerza motriz del capitalismo fósil que impulsa hacia arriba las emisiones de CO2. Este es el estado de las cosas: cuanto más cerca está Shein, nuestro único futuro amable está más y más lejos.

Y es que, aunque nos quieran hacer creer que esto de la descarbonización va de cambiar refinerías por granjas fotovoltaicas o de cambiar el coche de combustión por el eléctrico, no es así. El planeta no tiene recursos para sostener un parque automovilístico creciente de 1.500 millones de coches y es indistinto que la energía que los anime sea la gasolina o una batería. El modelo por cuestionar es el privilegio de que todos tengamos un coche a la puerta de nuestras casas. Lo que necesitamos es una sociedad organizada en torno al transporte público en la que los coches privados dejen paso a los coches compartidos (y subrayo el adjetivo compartidos). Necesitamos sociedades que acerquen los servicios a las personas —y no al revés— minimizando la movilidad y reforzando la cercanía.

Del mismo modo, las renovables en sí mismas no solo son petrodependientes, sino que además son incapaces de sostener procesos industriales de alto requerimiento energético. Y así nos engañamos, sumergidos en trampantojos que nos impiden reconocer que estamos desterraformando nuestro único planeta habitable mediante un sistema económico que —con el crédito metabólico de los hidrocarburos— está en continua expansión colonizándolo todo, incluida nuestra atmósfera.

Delante de nosotros, en un mundo translimitado en el que el espacio vivible está en disputa, se nos abren dos caminos. Abrazar la autocontención, la sobriedad y el reparto, construyendo sociedades más lentas, igualitarias y decrecentistas o ahogarnos en un mundo oscuro, vertiginoso, en el que de invasión en invasión arañaremos los posos de nuestros recursos energéticos para matarnos los unos a los otros y arruinar la belleza y el fondo bienhechor de nuestra biosfera.

A veces dialogo con el futuro y me cuenta que mi sobrino será un hombre de paz, discípulo de Frans de Waal, de Edward O. Wilson o de Jane Goodall.

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