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Los Barbany, cuatro generaciones de canteros esculpiendo la Sagrada Família: “Es el puzle más grande del mundo”

Arnau y Jordi Barbany, la familia de artesanos canteros que trabajan para la basílica de Antoni Gaudí

Sandra Vicente

Llinars del Vallès (Barcelona) —
25 de mayo de 2026 23:17 h

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Hay una familia en Llinars del Vallès (Barcelona) que, cuando mira a la Sagrada Família, puede reconocer la huella de su estirpe. Son los Barbany, un linaje de picapedreros que llevan más de 130 años dedicados al oficio y que, durante cuatro generaciones, han suministrado su artesanía al templo de Gaudí.

Todo empezó a finales del siglo XIX con Joan, el primer Barbany que se dedicaría a la piedra. Se formó en Marsella y, una vez de vuelta a Catalunya, en seguida se hizo un nombre. A pesar de ser nuevo en el oficio, hay iconos de Barcelona que llevan la marca de su cincel. Aunque él no esculpió para la basílica, sí suministró material de su cantera durante los primeros años de su construcción.

Las primeras piezas talladas íntegramente para la Sagrada Família en este taller familiar datan de los años 90 del siglo pasado, de la mano de los hijos de Joan: Peret y Pitu. Desde entonces, se han elaborado, entre otros centenares de piezas, las columnas de los portales de la Glòria y de la Pasión, las esculturas de los cuatro Evangelistas, la recién instalada cruz de Jesús (que ha convertido a la Sagrada Familia en el templo más alto del mundo) o las célebres escaleras de caracol del interior.

Hoy, quien está al cargo de la empresa es Jordi, el nieto del fundador, y quien ya está preparando el relevo para que su hijo, Arnau, se quede al frente de Granits Barbany. Con él, de 32 años, se ha alcanzado la cuarta generación de canteros de esta familia. “Si estoy aquí es porque mi bisabuelo, mi abuelo, mi tío abuelo y mi padre estuvieron antes. Pero también es porque me gusta el trabajo”, dice el joven.

Reconoce que es un oficio duro, cansado y “sucio”, pero que vale la pena: “Cuando ves una escultura tuya colocada en la Sagrada Família, satisface un montón”, cuenta. Para él, que su familia sea parte del templo, es motivo de orgullo. “Es continuar el legado de mucha gente. Y estamos aquí para acabarlo”, cuenta Arnau.

Él y su padre serán los últimos Barbany que trabajarán para el templo de Gaudí, que tiene previsto acabar definitivamente sus obras en la próxima década. El fin de la construcción da un poco de vértigo a esta familia de artesanos, que no niega que la basílica un gran cliente para este negocio en que la artesanía resiste como puede ante las grandes empresas.

Pero su fama les precede y se pueden anotar el tanto de diversas esculturas y monumentos de Barcelona y Catalunya. Suelen trabajar con artistas como Jaume Plensa y han decorado lugares tan emblemáticos como el Passeig de Gràcia. También trabajan para particulares que quieren “caprichos” en sus casas, cuenta Arnau, que presume de una escultura que hicieron de un Mandalorian a tamaño real, con un Baby Yoda en brazos.

Joan, Peret y Pitu, los Barbany que han precedido a Jordi y Arnau al frente del taller

Del cincel a los robots

A pesar de que trabajan con grandes moles de piedra que, cuando llegan al taller son poco más que una gran roca sin forma para un ojo profano, los Barbany pueden convertirlos tanto en finas esculturas llenas de detalles como en piezas robustas y esenciales para la estructura. “La Sagrada Família es el mayor puzle del mundo”, cuenta Jordi, señalando lo que será la peana de una columna.

La pieza está siendo perfilada por Canut, uno de los robots antropomórficos de seis ejes que se encargan de tallar la roca. Se trata del segundo paso del proceso: primero se hacen diversos cortes rectos para acercarse lo más posible a la forma final. Luego, estas máquinas se dedican a pulir detalles, a dar formas curvas y a generar relieves.

“Antes, era un trabajo que mi padre y mi abuelo hacían a mano. Al tener máquinas que hacen esta tarea más rudimentaria, nos podemos dedicar al diseño, a la escultura y a las obras de arte”, explica Jordi. Las máquinas han alcanzado un nivel de precisión altísimo en los últimos años y, mediante diversas técnicas de erosión, consiguen adelantar mucho el trabajo más pesado. Pero los Barbany son artesanos y saben perfectamente que la mano y la sensibilidad humana no se pueden substituir.

Una vez Canut acaba con una pieza, llega el turno de los artistas y escultores. Ellos son los que realmente dan vida a la piedra. Ahora, en el taller trabajan dos mujeres que están ultimando los últimos detalles de sendas piezas que se colocarán próximamente. Son Teresa y Mercè Riba, dos escultoras que, a pesar de que comparten apellido no son familia; solo comparten el hecho de formar parte de las miles de manos que han esculpido para el templo.

Mercè Riba, junto a su talla de Sant Josep Oriol

Mercè es la autora de una estatua de Sant Josep Oriol, una figura que se caracterizó por su voto de pobreza y por ayudar a los más desfavorecidos. Por eso, el santo aparece flaco, con ropajes roídos y ofreciendo un trozo de pan y un botijo con agua. Esos detalles son cosecha de la artista, que reconoce que ha tenido mucha libertad para crear.

“Gaudí dejó muy pocas indicaciones, pero yo sabía que era un gran amante de la naturaleza y un gran conocedor de la historia de la religión, así que quise hacerlo todo muy bien”, cuenta Mercè, que se puso en contacto con la diócesis para consultar si las ropas, los rasgos y la pose del santo eran correctas. “Es muy importante jugar con las metáforas”, sostiene. Por eso, ha colocado un pájaro en su hombro. Pero no es un ave cualquiera; es un Oriol [Oropéndola, en castellano]. “Es un juego de palabras que no entenderá todo el mundo. Pero a quien lo haga, le saldrá una sonrisa”, dice.

Ella ha tallado a mano la textura de las ropas y ha acabado de perfilar los rasgos con diversas herramientas. Igual que hace Teresa con los cuatro ángeles que le han sido encargados y que forman parte de la ascensión de la Virgen. Como su compañera, tenía pocas indicaciones: sólo que los ángeles no tenían que tener alas y que sus bustos debían fundirse con la estructura de la capilla.

Teresa Riba repasa con sus manos el trabajo en uno de sus ángeles

“Al principio no sabes cómo hacerlo, pero la piedra te habla. Es un diálogo constante y te dice qué necesita”, dice Teresa, que acaricia el rostro y el cuerpo de sus ángeles a medida que va trabajando. Sus manos, casi más que sus ojos, son las que le dicen si va por buen camino.

En un mundo donde la automatización está cada vez más al día, ellas trabajan de pie, bajo el sol y llenándose de polvo. “No se puede hacer de otra manera; el arte es esto”, dicen. Ambas empezaron este proceso en 2023, cuando se presentaron a un concurso para esculpir sendas imágenes. Ahora, tres años después, están ultimando sus obras.

“Ha sido un gran honor. Trabajar para la Sagrada Família es algo muy grande, pero he intentado no pensar en la magnitud del encargo, porque si no, algo tan importante se te puede comer”, confiesa Teresa. Para Mercè también es un orgullo poner parte de su tiempo y su arte en la basílica. Sobre todo porque un bisabuelo suyo, también artista, ya esculpió una escultura para el templo. “Es continuar un legado iniciado por artistas catalanes de hace años, es formar parte de la historia y, además, seguir una estela familiar”, dice, orgullosa.

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