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CATALUNYA

Ada Colau, un año después

Hace un año Barcelona recuperó su tradición de ciudad transformadora y volvió a figurar en el mapa europeo como un inmenso laboratorio social y político. El tiempo situará la elección de Ada Colau como alcaldesa de Barcelona en su justa perspectiva histórica. Pero un año después ya podemos apuntar algunas claves

En las elecciones municipales de mayo del 2015, Ada Colau ganó pese a tener la práctica totalidad de los medios de comunicación en contra. Su partido era más bien un movimiento cívico (Barcelona en Comú) que creó su propio sistema de comunicación en las redes y, especialmente, en las calles y los barrios. Por encima de todo partía de la 'autoridad moral' ganada por Ada Colau en las movilizaciones sociales contra la crisis. Había sido la líder y cara visible de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), y esta condición representaba un enorme capital ético, político y social que fue reconocido por una parte muy significativa de la sociedad. Es este mismo capital el que resultó clave para que la confluencia En Comú Podem ganara las elecciones generales del 20-D en Catalunya.

Que una mujer con su biografía llegara a ser alcaldesa de Barcelona tiene un gran significado político y social. Que la líder del movimiento contra los desahucios llegue a gobernar Barcelona, el principal motor económico de Catalunya, una de las ciudades de referencia en Europa y en el mundo, tiene una extraordinaria trascendencia. Un año después podemos apuntar siete claves:

1. El sistema sigue en guardia

Por primera vez una candidatura formada por personas procedentes del activismo social accedía al gobierno de una institución de la relevancia del Ayuntamiento de Barcelona. Ada Colau se había enfrentado al sistema económico que condenaba al desahucio a miles de familias y después ha asumido la responsabilidad de transformar en decisiones políticas las reivindicaciones que había defendido en la calle. Y además en un escenario, Barcelona, con proyección internacional, donde cada una de sus medidas adquiere un potente valor simbólico. Lo que está en juego en Barcelona es un nuevo reparto del poder, en beneficio de aquellos que nunca lo tuvieron. Y eso, a ojos de quienes lo han ostentado siempre, el establishment, la estructura de poder tradicional de Barcelona, resulta revolucionario.

Un año después, la impresión es que el establishment sigue vigilante, pero respira más tranquilo. Ada Colau ha tenido la habilidad de evitar una confrontación directa con el estatus quo. Pero las élites, a través de los poderes mediáticos que controlan, mantienen una presión constante para que la alcaldesa y su equipo sepan que pueden enfrentarse a una campaña despiadada si osan romper las reglas del juego. Para que sepan que pueden pagar muy caros sus errores.

2. Poder de largo recorrido

El 'factor Colau' no es pasajero. Puede resultar determinante en la política catalana y tiene proyección española en la medida que participa de la regeneración de la izquierda. Según todas las encuestas, Ada Colau conserva la credibilidad, el valor más preciado de la política en estos momentos, lo que le permite construir un liderazgo social y político alternativo a la mayoría soberanista. Colau apuesta por la reivindicación que el independentismo ha abandonado pero que sigue siendo mayoritaria en Catalunya, el derecho a decidir. Y para ello cuenta con la complicidad de Podemos, el partido que ha tenido el coraje de defender las aspiraciones de Catalunya ante el conjunto de España. Por eso, la confluencia de En Comú Podem ganó las elecciones el 20-D y, de alguna forma, se convirtió en la 'tercera vía' real entre el independentismo y el unionismo.

De la misma forma, el 'factor Colau' ha roto la dicotomía España-Catalunya porque se enmarca en las llamadas 'ciudades rebeldes', que es un fenómeno que alcanza a Madrid, Valencia Santiago… Colau prepara su propio partido, a la vez que teje complicidades con el Govern de Puigdemont a la hora de hace frente común ante la ofensiva del PP contra las leyes sociales aprobada por el Parlament de Catalunya. Toda una muestra de que estamos ante un nuevo poder de largo recorrido.

3. En la estela de Maragall

Catalunya vivió durante tres décadas bajo dos liderazgos enfrentados, el de Jordi Pujol y el de Pasqual Maragall. Por razones obvias, nadie quiere ahora el legado de Pujol. En cambio, son muchos los que se proclaman herederos de Maragall, el vencedor moral del largo pulso catalanista. ERC intentó, sin éxito, apropiarse de la figura de Maragall al incorporar a los disidentes del PSC.

Ahora es Ada Colau quien más reivindica al "mejor alcalde de Barcelona", al "visionario" que transformó la ciudad. Es la corrección de un cierto adanismo inicial del equipo de Barcelona en Comú, que pasaba por descalificar el camino recorrido antes de su llegada al gobierno municipal. También es 'maragallista' la voluntad de Ada Colau de incidir en la política española, y de aquí la obsesión de En Comú Podem por tener grupo propio en el Congreso. Y, quizás, como ocurrió con Maragall, el Ayuntamiento de Barcelona puede convertirse un día en la plataforma ideal para acceder a la presidencia de la Generalitat.

Existen, eso sí, grandes diferencias. Maragall pertenecía a las grandes familias de Barcelona. Era el sistema. Colau ha combatido este sistema desde el activismo. Maragall practicó un cierto 'despotismo ilustrado' (le llamaban el Príncipe). Colau, para ser coherente, necesita hacer todo lo contrario. Su gran reto es la participación ciudadana y la transparencia en la toma de decisiones.

4. Una política de gestos

Ada Colau domina la comunicación. Incorpora las emociones y los sentimientos a la política. Mantiene la imagen de proximidad con los ciudadanos. Tiene intuición política. Horas después de que Félix de Azúa, en un acto de sumo clasismo, la calificara de 'pescadera', la alcaldesa se fotografiaba en el mercado con las pescaderas de verdad. Otros gestos tienen mucha más carga política, como la retirada del busto del rey Juan Carlos del Salón de plenos del Ayuntamiento, o cuando las cámaras de televisión mostraron a la alcaldesa diciéndoles a dos oficiales que "preferimos que no haya presencia militar en el Saló de l'Ensenyament".

Otros son puramente anecdóticos, como aquel Padre Nuestro feminista recitado durante la entrega de los Premis Ciutat de Barcelona que desató las iras del catolicismo más conservador. Son gestos que tanto reafirman a sus seguidores, como alimentan los prejuicios de sus detractores. Los gestos de Colau respecto a las reivindicaciones catalanas también muestran buenos reflejos. En el 75 aniversario del fusilamiento de Lluís Companys, lo reivindicó como 'president màrtir', pero también como abogado laboralista en la Barcelona libertaria. Hace sólo tres días proclamó que no asistiría a la final de Copa si se prohibían las banderas esteladas.

5. El baño de realidad

Ada Colau reconoce que su primer año al frente de la alcaldía de Barcelona ha significado un baño de realidad. El más evidente ha sido la gestión del conflicto de los manteros, los vendedores que encarnan tanto un problema legal (la venta de productos falsificados) como un grave problema social: inmigrantes sin otro medio de vida. El dilema, en el que la Guardia Urbana es un actor clave, ha resultado irresoluble para el equipo de Gobierno. Casi como el que afrontó con la huelga de metro en pleno Mobile World Congress. Fue todo un desafío y Colau no cedió.

El baño de realidad también le ha llegado por parte de sus antiguos compañeros de la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH), que le reprochan no haber hecho suficiente en política de vivienda. Y la realidad política ha acabado imponiéndose. Once concejales, sobre 41, no son suficientes. Colau ha firmado un pacto con el PSC, lo que le ha valido tanto críticas por la falta de coherencia, como elogios por el pragmatismo.

De nuevo, el juego de equilibrios tan propio de la ciudad de Barcelona. Equilibrios que a Colau le han permitido aprobar una nueva política fiscal y la ampliación de presupuestos (con el voto de PSC, ERC y la abstención de la CUP). El baño de realidad también debe servir de vacuna ante el riesgo de caer en el nepotismo, en la tentación de rodearse solo de fieles, incondicionales, o la arrogancia, aquella que Colau atribuía a Pablo Iglesias, en el libro Ada, la rebelión democrática.

6. Un nuevo modelo de ciudad

Más allá de los gestos y de la política, el reto del gobierno de Colau es definir un modelo de ciudad. Xavier Trias no tuvo tiempo de implantar su propio proyecto y el que durante décadas impulsaron los socialistas, junto a ICV, ya está plenamente agotado. El impacto de la crisis, hace que, de momento, el modelo de Ada Colau esté centrado en los planes de choque contra la pobreza, los pisos de alquiler social, las inversiones en los barrios más vulnerables o los programas de empleo.

Un modelo acorde con los tiempos, y por eso Barcelona acaba de anunciar que no contratará con empresas que operen en paraísos fiscales. En el campo estratégico, Colau, como Maragall, apuesta por la dimensión metropolitana de Barcelona. El proyecto que simboliza esta opción es 'El tranvía de la Diagonal'. Ahora funciona un tranvía en el área del Llobregat y otro en el Besós. Pero no están conectados.

Colau defiende que, a través de la Diagonal, el tranvía comunique toda el área metropolitana. Sabe que necesita consensos. Ha pactado el proyecto con el Govern de Puigdemont y ha puesto al frente del mismo a Pere Macias, exconseller y exportavoz de CDC en el Congreso. Otra vez, 'el juego de equilibrios', que Jordi Hereu, el último alcalde socialista, no gestionó con habilidad y acabó por costarle la alcaldía. Hereu, como Trias, también se vio desbordado por la 'invasión de turistas'. Este es uno de los grandes retos de Colau: hacer compatibles los beneficios del turismo con la 'paz social' de los barrios que sufren su impacto.

7. Barcelona, ciudad refugio

En el 2003, Barcelona se convirtió en el símbolo de la oposición ciudadana a la invasión de Irak. Las grandes manifestaciones del 'No a la guerra' llevaron incluso al presidente George Bush a proclamar que ciudades como Barcelona no afectarían a su determinación de poner fin al régimen de Sadam Husein.

Trece años después, ¿cuál es el papel de Barcelona en la crisis de los refugiados? Posiblemente el impacto emocional, la indignación y el compromiso de una mayoría de barceloneses sean las mismas que en el caso de Irak. Pero Barcelona no es hoy todavía un símbolo a la hora de denunciar la crisis de los refugiados, pese a que se ha proclamado 'ciudad refugio', que se ha preparado para acoger cientos de refugiados y que su alcaldesa ha proclamado ante las Naciones Unidas su indignación con el gobierno español y con la pasividad europea.

El caso de los refugiados demuestra que llevar el activismo a las instituciones no resulta suficiente. Que sigue siendo imprescindible la movilización ciudadana. Este es el principal reto de Ada Colau, hacer compatible el gobierno de la ciudad con aquella Barcelona movilizada y comprometida que la aupó a la alcaldía hace ahora un año.

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