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CATALUNYA

La cal y la arena de esta segunda transición democrática

Las consecuencias de aquella fuga de cerebros vecinales tuvo un tono claroscuro: de un lado, se institucionalizaron demandas históricas sociales que aportaron un salto muy relevante en la calidad de vida del vecindario. Ahora bien, la cruz de la misma moneda fue el debilitamiento de liderazgos y contenidos de muchos movimientos sociales, no sólo el vecinal

Durante estos meses de intensa campaña electoral ya lo veíamos venir desde la Confederación de Asociaciones Vecinales de Cataluña (CONFAVC): diferentes activistas vecinales se acercaron para decirme que dejaban su asociación para revolucionar unos ayuntamientos, algunos de los cuales, es verdad, no han estado a la altura de la saturación de emergencias sociales en los barrios.

Por lo tanto, después de estas elecciones tildadas de «segunda transición democrática» para muchas nuevas formaciones políticas, hay que reconocer que el movimiento vecinal ha sufrido importantes bajas: una fuga de capital humano y liderazgos fuertes han ido a espolear nuevas listas para oxigenar unas administraciones locales golpeadas por la corrupción, el capitalismo de amigos y por el mismo Gobierno central con leyes que los han desinflado de presupuestos y servicios.

No hay que ir muy lejos ni rebuscar mucho: encontramos este caso en la lista ganadora de las elecciones de Barcelona, BcnEnComú, liderada por caras conocidas de los barrios. La misma Ada Colau y algunas de sus compañeras de lista –por cierto, muchas mujeres– formaban parte de jóvenes hornadas de activistas vecinales. También ha sido así en Madrid, donde el antiguo presidente de la beligerante Federación Regional de Asociaciones Vecinal de Madrid, Nacho Murgui, es el segundo de Ahora Madrid, liderada por Manuela Carmena. Y en casi cada municipio se ha multiplicado este fenómeno que ya se dio en las primeras elecciones democráticas de 1979.

Ante esta transferencia de capital vecinal hay que hacer una mirada retrospectiva al pasado, cuando muchos y muchas activistas llenaron los cuadros políticos y técnicos de las administraciones públicas de aquella joven democracia.

Las consecuencias de aquella fuga de cerebros vecinales tuvo un tono claroscuro: de un lado, se institucionalizaron demandas históricas sociales que aportaron un salto muy relevante en la calidad de vida del vecindario. Por ejemplo, los centros de salud reproductiva de las mujeres habían sido una lucha clandestina del movimiento feminista pero también de nuestras vocalías de mujeres, y ahora son una realidad bien consolidada en los Centros de Atención Primaria.

Ahora bien, la cruz de la misma moneda fue el debilitamiento de liderazgos y contenidos de muchos movimientos sociales, no sólo el vecinal.

Ante este fenómeno hay que tener claro que, aunque voces amigas ahora formarán parte de los ayuntamientos, nuestro campo de batalla, el de las asociaciones vecinales, debe seguir siendo los barrios, nuestra trinchera. No debemos bajar la guardia, porque la cal de tener compañeras y compañeros en los ayuntamientos se convirtió también en una movediza arena en el pasado.

Desde el movimiento vecinal cada vez estamos más seguros de que hay que buscar complicidades con otros movimientos sociales, que codo con codo están luchando con nosotros contra el desmantelamiento de la sanidad pública, de la educación pública en catalán, o en la lucha real por un acceso digno a la vivienda y los suministros básicos como la luz, el agua y el gas.
Hay que volver a ser muchas y muchos: el baile vuelve a empezar. Y no se detiene aquí. Porque la dignidad del vecindario no se combate desde ninguna oficina, sino en la plaza o en la esquina, donde vemos salir el sol cada día.

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