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Los herederos de Mozart tocan Dvorák y Beethoven

València —

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La Orquesta del Mozarteum de Salzburgo, ciudad natal de Mozart, fue fundada en 1841, medio siglo después de la prematura muerte del genio, con el apoyo de sus hijos y su viuda, Constanze. Con este concierto regresaba al Palau de la Música, donde había estado en dos ocasiones. La primera, el 15 de marzo de 1988, dirigida por Hans Graff. La segunda, el 26 de abril de 2018, con Leopold Hager. Sus programas siempre han incluido obras de Mozart, junto con alguna de otro compositor. En este caso, solo era del músico de Salzburgo la que iniciaba el programa: la obertura de La flauta mágica, célebre ópera que triunfaba en Viena en 1791 mientras un Mozart agonizante componía el no menos famoso Requiem que hubo de acabar su discípulo Süssmayr.

Dirigía Trevor Pinnock (Canterbury, 1946), una de las grandes figuras del movimiento historicista, fundador en 1972 del English Concert, con muchas y muy notables grabaciones en su haber. Como clavecinista ha registrado recientemente las Variaciones Goldberg de Johann Sebastian Bach. Intervino como solista de violonchelo Julia Hagen (Salzburgo, 1995). La orquesta, con una composición de corte clásico (10/8/6/5/3 en la cuerda) ofreció en primer lugar una cristalina versión de la obertura de La flauta mágica, de tempo animado, intensa y expresiva.

A continuación, una obra que se estrenó algo mas de un siglo después, en 1896 en Praga, el Concierto para violonchelo y orquesta de Dvorák, probablemente el más famoso de cuantos se han escrito para este instrumento y la última obra que compuso en Estados Unidos, aunque no presenta rasgos americanos. Julia Hagen, que toca un Francesco Ruggieri de 1684, hizo una lectura apasionada, intensa, profunda, de muy bello sonido y gran virtuosismo. Tras la introducción orquestal, en la que el clarinete canta el primer tema, el violonchelo de la solista sonó fogoso y muy redondo en las dobles cuerdas. El contraste fue la muy dulce exposición del segundo tema. Un segundo movimiento de gran vuelo romántico dio paso a un tercero que puso de relieve de nuevo el dominio técnico de Hagen en las agilidades y los agudos con una afinación perfecta. El público que llenaba la sala aplaudió insistentemente hasta que Julia Hagen ofreció, junto con el solista de la orquesta el Minuetto del primero de los Cuatro duetos para violonchelo Hob X:11 de Haydn. Las ovaciones fueron recompensadas por un nuevo bis, la Sarabande de la Suite número 1 para violonchelo solo de Bach, con una versión serena y profunda.

Si el Concierto de Dvorák es el más célebre en su género, la Quinta sinfonía en do menor de Beethoven no solo lo es también entre todas las sinfonías compuestas, sino probablemente entre todas las obras de todos los tiempos. E. T. A. Hoffmann dijo de ella que es “el romanticismo que revela el infinito”. En esa obra, estrenada en Viena en 1808, Beethoven muestra su genialidad al construir un gran monumento sinfónico a partir de una sencilla célula temática que se desarrolla en el Allegro con brio inicial y reaparece en los otros movimientos de la obra. Pese a su gran popularidad, no es de las sinfonías de Beethoven preferidas por los directores debido a las dificultades que entraña.

En el Palau de la Música se interpretó hace poco más de siete meses, el 8 de abril de este año, en un concierto de la London Philharmonic, bajo la dirección de Vladimir Jurowski. Fue una interpretación muy diferente, con una cuerda algo más nutrida y cuatro trompas, al doblar las dos que prescribe Beethoven en la partitura. Pinnock, que no dobló las trompas, ofreció una versión animada, con marcados acentos y muy expresiva, en la que repitió la exposición del primer movimiento y la del cuarto, que Beethoven escribió inicialmente con destino a su Tercera sinfonía. Esta última repetición es omitida por algunos directores, como Karajan o Dudamel. Delicioso sonó el oboe en solitario, bellísimo y breve destello de calma en un primer movimiento tormentoso. Tras un intenso y bien fraseado Andante con moto, los dos últimos movimientos y la transición entre ambos: las nieblas dan paso a la luz de un triunfal do mayor, en un crescendo que Pinnock condujo con maestría. El público que abarrotaba la sala pidió más con su ovación. El director inglés y los músicos de la orquesta heredera de Mozart recurrieron a Schubert, de vuelta a Viena, con el tranquilo y melodioso primer número del ballet Rosamunde.