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Sobre este blog

‘En legítima defensa’ és un espai de distanciament crític o d'implicació serena amb les coses de la vida, que s’imposa com a objectiu primordial la defensa del dèbil davant d’això que anomenen actualitat, que no és el que passa, sinó el que volen que creguem que passa, o això ens sembla. La nostra arma preferida és el floret, però no renunciem a fer ús de l'estoc si cal, encara que això puga restar-nos una mica de prestància.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

Morfina

Doctor and Doll - Norman Rockwell, 1929

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A principios de 2019 —hace una eternidad— un amigo compartía una noticia que era una pequeña pieza literaria de terror. En ella se daba cuenta de que, no hacía mucho, un hombre que estaba moribundo en un hospital de California había recibido en su habitación la visita de un robot de aspecto pretendidamente antropomórfico, una especie de tablón con ruedas, con una pantalla empotrada en lo que viene a ser el pecho y una pequeña cámara donde Shiva tiene el tercer ojo, que no es donde lo solemos tener los occidentales. En la pantalla aparecía un fulano, que decía ser médico y venía a informar al paciente que, dado que sus pulmones no daban para más, se disponían a quitarle el oxígeno. También le comunicaba, graciosamente, que si quería podían suministrarle morfina para hacerle la agonía más llevadera. No quedaba claro si el uso del narcótico se le planteaba como opción debido a algún escrúpulo moral —ya saben, aquello de «morirás con el sudor de tu frente»—, o era como cuando en el restaurante te avisan de que si quieres unas gotas de coñac en el café, te las van a cobrar aparte.

Hay que aclarar que el hombre no tenía nada contagioso, lo suyo era cáncer, por lo que el uso del robot no respondía a una cautela aséptica. En esos momentos solo estaban en la habitación el pobre diablo, boqueando como un rodaballo fuera del agua y sin poder articular palabra, pero consciente, y su nieta, una adolescente a quien le tocó intermediar entre el enfermo y el presunto médico, que tal vez estaba al otro lado de la pared pero les hablaba desde la pantallita. Presunto, porque aquel sujeto bien podría ser el encargado de cambiar las bombillas, alguien que, de ocho a diez, se ocuparía de entrar en un pequeño set que simulaba un despacho con diploma, colgarse un estetoscopio al cuello y ponerse delante de un ordenador a repartir pasaportes entre a los que ese día les tocara doblar la servilleta. Encima de la mesa tendría la lista preparada, con los nombres de los agonizantes y el temario bien clarito, como los vendedores de planes de telefonía. Previamente lo habrían adiestrado para esquivar preguntas incómodas y cortar la comunicación cuando el asunto se pusiera incómodo. Lo que él tendría delante también sería una pantalla en la que aparecerían bultos resollando en habitaciones penumbrosas que, solo en algunos casos, como en este, tendrían a una jovencita desconcertada que les hiciera de portavoz. Para hacer todo eso no hace falta ser médico. Con un cursito de Radio Maymó basta.

El desahuciado se fue al hoyo al cabo de dos días, y posteriormente su viuda se quejó de lo que ella consideraba una práctica inhumana. El centro sanitario, a través del «responsable de comunicación» contestó utilizando un lenguaje más propio de un hotel con spa que de un hospital: «Lamentamos no haber cumplido con las expectativas del paciente y de la familia en esta situación», se limitaron a declarar. Lo más que consiguió la buena mujer fue que el hospital prometiera revisar el protocolo «para mejorar la experiencia del paciente en la interacción con el tele-vídeo». «Tele-vídeo», el engendro ya tenía nombre y había venido para quedarse, su existencia no se ponía en cuestión y es de suponer que lo han seguido utilizando con éxito. No se sabe en qué han consistido las mejoras anunciadas, pero, según dijeron, estaban pensando en hacer que la tecnología utilizada fuera «suficientemente sensible para captar señales sociales matizadas, como el lenguaje corporal y el tono de voz, en un momento emocionalmente cargado». Nadie parecía caer en la cuenta de que eso se arreglaba mandando a un médico de verdad. Y en ningún caso pensaban dejar de utilizar ese cacharro para tales menesteres. La noticia no aclaraba si el paciente amortizado había hecho uso del generoso ofrecimiento del médico virtual, pero si había elegido morfina, teniendo en cuenta como funciona la sanidad en Estados Unidos, es bastante probable que la nieta se haya quedado sin herencia y esté pensando en prostituirse para pagar los generosos servicios de tan moderno hospital.

«La ventaja de tener ya cierta edad» —comentaba mi amigo corresponsal, el que me envió la noticia— «es que no me va a dar tiempo de ver cómo esto termina de deshumanizarse y se va a tomar por culo». (Pido disculpas por la grosería, pero es que mi amigo es así de expresivo). «Seguro que a los papanatas que se apuntan a lo último solo por ser eso, por ser lo último, les parecerá cojonudo», añadió. Yo le respondí que participaba de su optimismo. A continuación, él escribió (ya saben cuán compulsivo es esto del WhatsApp): «Comparto la noticia para joderle la tarde a algunos amigos». «Bien hecho. En eso consiste la filantropía bien entendida», aplaudí. Pero mi amigo se equivocaba en sus cálculos. Esto está acabando de deshumanizarse sin que a él le haya dado tiempo de palmarla. Porque ni él ni nadie contaba con el maldito coronavirus. La noticia es de antes de que, a raíz de la pandemia, la sanidad pública, la nuestra, empezara a atender sistemáticamente a los pacientes de atención primaria por teléfono. Es importante recordarlo para darse cuenta de que el virus no ha creado ciertas dinámicas, sino que simplemente las ha acelerado.

«La covid-19 va a impulsar el avance de la telemedicina. Hemos dado en semanas un salto de cinco años», decía hace poco, tan ufano, el consejero delegado de la boyante empresa de telemedicina Ever Health. Las aseguradoras privadas hace tiempo que lo están fiando todo a los sistemas de prestación virtual de servicios, y la pandemia les ha venido como anillo al dedo. Lo que parece un despropósito es que la sanidad pública se esfuerce en seguir los mismos pasos. Se habla de «aliviar» los sistemas nacionales de salud, de rapidez en la atención, de eficiencia en el uso de los recursos, de ahorrar costes… ¿Y por qué tendríamos que hacer todo eso? ¿A quien había que aliviar no era a los enfermos? ¿Por qué nuestro objetivo no habría de ser justo el contrario, ampliar la asistencia presencial, alargar el tiempo de las consultas tanto como hiciera falta, tener más médicos, más centros de asistencia, más medios, más tiempo, más contacto entre médico y paciente?

Se centralizan servicios y se elaboran protocolos cada vez más refinados de atención telemática para tratar de sortear todos los inconvenientes que la atención telemática plantea y que se solucionarían de un plumazo si la atención telemática desapareciera. Sortear los inconvenientes, que no eliminarlos, porque eso solo se podría conseguir revirtiendo el proceso de extrañamiento entre el médico y paciente. Pero no: habrá telemedicina sí o sí. Ha venido para quedarse. La adopción de todo tipo de cacharros electrónicos interpuestos entre médicos y pacientes es una premisa que nadie parece cuestionarse. Toda esa tecnología aparece como un imperativo divino al que hay que adaptarse con un fatalismo religioso (si han leído fanatismo, también vale). El médico-robot está aquí. Los pacientes-robot también. Tanto como nos había costado descubrir que «no hay enfermedades, sino enfermos». ¿Cuál es la razón de este desvarío? Si es progreso, ¿hacia dónde? Si es por eficacia, ¿en hacer qué? Si es por rentabilidad, ¿para quién?… Ustedes mismos. Yo elijo morfina.

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‘En legítima defensa’ es un espacio de distanciamiento crítico o de implicación serena con las cosas de la vida, que se impone como objetivo primordial la defensa del débil ante eso que llaman actualidad, que no es lo que pasa, sino lo que quieren que creamos que pasa, o eso nos parece. Nuestra arma preferida es el florete, pero no renunciamos a emplear el estoque si hace falta, a pesar de que eso pueda restarnos un poco de prestancia.

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Publicado el
22 de diciembre de 2020 - 12:34 h

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