El grafiti que sacó los colores a un claustro renacentista, a UGT y a un museo

Intervención de PichiAvo en el Centre del Carme de Cultura Contemporània de València.

Peio H. Riaño


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Es la primera vez que al director de un museo español se le condena por un delito leve de daños imprudentes contra el patrimonio. José Luis Pérez Pont, director del Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana y del Centre del Carme de Cultura Contemporània (CCCC) desde 2016, deberá pagar una pena de seis meses de multa a razón una cuota diaria de seis euros (1.080 euros, en total). El juez Esteban Tabernero, en el Juzgado de Instrucción número 5 de Valencia, ha condenado a Pérez Pont por emplear pintura plástica para decorar los muros del claustro renacentista del Convento del Carmen (del siglo XVI y XVII) y sede del CCCC, declarado Monumento Histórico Artístico de carácter Nacional en 1983. El magistrado cree que el director debería haber retirado las capas de este tipo de pigmento que se acumulan una sobre otra desde hace décadas y favorecen la humedad de las paredes. El actual director llegó al cargo hace seis años, en 2016.

El magistrado, a pesar de lo que ha aparecido publicado estos días en diversos medios de comunicación, no sentencia en contra de Pérez Pont por el grafiti que la pareja de artistas PichiAvo estampó en los muros de las cuatro galerías del claustro, en febrero de 2019. Aclara que el acto artístico no fue el causante de los daños. El magistrado entiende que es la “imprudencia grave” fue aplicar la última capa de color granate de pintura plástica para ocultar el grafiti de los PichiAvo, al término de la exposición Eureka. Y cuyo responsable es “claramente” el director del centro. Sin embargo, la competencia patrimonial del edificio no es del Consorcio, sino de la Generalitat Valenciana. La sentencia no es firme y José Luis Pérez Pont informa a elDiario.es que la recurrirá ante la Audiencia Provincial de Valencia.

Este periódico ha tenido acceso a la sentencia y en ella el juez insiste en que la acción de los artistas sobre “no puede considerarse como imprudente la decisión de realizar la exposición incluso directamente sobre el muro”. Lo que el juez sostiene que es “una negligencia inexcusable para el cargo que ostenta” fue optar por cubrir el muro “con una nueva capa de pintura impermeable”. Al magistrado también le parece “inexcusable” que Pérez Pont no valorara los efectos de mantener sobre los muros, afectados por la humedad, “una capa de pintura impermeable”. La condena contra Pérez Pont es por sumar una capa más de pintura plástica. Desde 1989 se han estado realizando intervenciones en esos muros constantemente, incluso cuando era dependencia del IVAM.

Unos muros húmedos

Los muros del claustro están afectados por la humedad desde los años sesenta, cuando se intervinieron erróneamente con una reforma que usó morteros de cemento sobre los muros de mampostería. Esto “ha dificultado la transpiración de sus fábricas y la acumulación de sales que disgregan internamente sus materiales y afloran al exterior”, puede leerse en un informe pericial redactado por Sofía Martínez Hurtado, restauradora de Noema Restauradores, y presentado ante el juez. Es decir, la pintura ni siquiera ha tocado los muros de fábrica original. Además, la especialista ha comprobado cómo los colores usados por PichiAvo son “solubles” con el uso de alcohol. Se podían haber borrado. 

La exposición “Evreka” fue organizada por el Consorci de Museus de la Comunitat Valenciana y que abarcó la sala Refectorio y el claustro renacentista del CCCC. Pichi (Juan Antonio Sánchez santos) y Avo (Álvaro Hernández Santaeulalia) rindieron homenaje al grafiti clásico usando sólo colores plata, blanco y negro. Usaron espray del fabricante Montana Colors, conocida por su calidad. Los artistas no añadieron ninguna capa de preparación en las paredes previa a su intervención. El Ayuntamiento de Valencia también les encargó ese mismo año la falla municipal: una monumental imagen de 26 metros de altura de una figura femenina de tradición clásica a la que vistieron con sus grafitis y que el 18 de marzo de 2019 ardió durante la Nit del Foc

El juez cree que el director del museo cometió el error de “no planificar una solución para retirar” la “repintura” plástica y evitar la humedad que amenaza los paramentos del claustro desde hace más de una década. Sin embargo, la denuncia que desata este insólito proceso -presentada un día después de la inauguración de la exposición, el 20 de febrero de 2019- acusaba al director del museo de permitir a PichiAvo una actuación que “no puede tener la consideración de expresión artística o cultural”.

Un viejo conocido

El escrito aportaba fotografías del claustro grafiteado, cuyo resultado al denunciante no le agradó y aportó las imágenes como prueba de lo que calificó de “deslucido”. Y concluye la denuncia “que siendo responsabilidad del Sr. Pérez Pont la conservación del Bien, con su actuación ha autorizado su grave menoscabo, deslucimiento y deterioro actuando de forma contraria a la obligación garantista que tiene encomendada”. No hay referencia a las humedades, ni a las capas de pinturas plásticas por las que el juez condena al responsable del centro. El único delito que parece esgrimir la denuncia es el arte contemporáneo actuando en un claustro del siglo XVI con muros de cemento. Es decir, una cuestión estética.

La denuncia lleva el sello de UGT y la firma Gonzalo Fernández Martínez, que se presenta ante los juzgados como responsable del Sector de Administración Autonómica de la Federación de Empleados de Servicios Públicos de la Unión General de Trabajadores. Fernández Martínez es un viejo conocido de José Luis Pérez Pont, que como responsable del Consorci de Museus y del Centre del Carme decidió hacer en 2018 la primera Relación de Puestos de Trabajo (RPT) en 21 años. Esta situación había permitido el nepotismo y la discrecionalidad en la contratación. El resultado fue una plantilla configurada afín a los anteriores gobiernos del PP

Pérez Pont aseguró a la prensa que estaba “poniendo orden” a una “institución atrófica”. Pero la reestructuración del personal y oferta de empleo público no sentó bien al responsable de UGT, Gonzalo Fernández Martínez, que demandó la reestructuración de la plantilla. Fernández aseguró a este periódico que “no se podía consentir” que el director no negociara con los sindicatos mayoritarios la relación de los puestos de trabajo. Unos meses después interpuso una nueva denuncia contra Pérez Pont, esta vez ante el Ministerio de Empleo y Seguridad Social por un presunto “trato degradante” contra los trabajadores del organismo. Tanto estas dos denuncias como otras tres más han sido archivadas.

Días después de interponer la denuncia con el sello de UGT, el secretario general del sindicato, Ismael Sáez, salió a declarar que desaprobaba la medida judicial por las pinturas en el claustro. Gonzalo Fernández Martínez se retiró tres años después, en enero de 2022, de la denuncia y la fiscalía cogió su testigo.

Ni daño, ni agresión

Seis días después de la denuncia, la Generalitat Valenciana encarga al Instituto Valenciano de Conservación, Restauración e Investiganción (IVCR+I) una investigación sobre los posibles daños causados. El informe lo firma Greta García, técnico superior en restauración de arte moderno y contemporáneo de la institución, y en sus conclusiones es muy clara: “Las pinturas murales realizadas por PichiAvo no suponen ningún problema de conservación para dichos muros ni para el edificio”. Y como los muros tienen revestimientos recientes, aclaraba que el grafiti “no supone un daño ni agresión sobre ningún elemento patrimonial”. Por último explica que PichiAvo actuaron de manera reversible y que no comportan alteración de la situación anterior.

La restauradora que firma el informe cuenta que la pintura plástica sobre la que pintaron “había sido renovada en múltiples ocasiones, la última en 2015”. Porque son paredes que se usan como lienzo. Tienen un constante uso expositivo y requieren de mantenimiento de pintura plástica de exterior, añade dicho informe. La especialista en conservación de la Generalitat indica también que algunas zonas de esos muros estaban levantadas por problemas de humedades debido a la capilaridad que asciende desde el suelo.

En el centro de esta historia de patrimonio, grafiteros y venganzas políticas figuran estas cuatro galerías abovedadas cuya conservación no ha sido una prioridad de la Generalitat en las últimas décadas. En este lugar aprendió a pintar Joaquín Sorolla en 1879, cuando fue Escuela de Bellas Artes de San Carlos, pero esto tampoco parece haber animado a la Dirección General de Cultura y Patrimonio de la Generalitat en anteriores gobiernos a atender el estado, por ejemplo, de los muros. De hecho, todavía quedan aulas con pizarras y mesas de dibujo tal y como era cuando se convirtió en facultad de Bellas Artes de San Carlos, en los años ochenta, saliendo del Centre del Carme por el deteriorado estado del edificio.

El informe más técnico de todos los presentados al juicio fue redactado por María Gómez, especialista en conservación, que hizo pruebas estratigráficas de parte de los muros del claustro. Al analizar la pintura plástica que se superpone halló, como mínimo, siete capas. Según este estudio, el total de capas de pintura acumuladas sobre el muro mide un milímetro (un milímetro tiene mil micras). La pintura aplicada en 2019 mide 110 micras, mientras que la pintura plástica aplicada en 2015 por el anterior director de la institución, Felipe Garín Llombart, mide quinientas micras.

Otro de los estudios aportados lo firma Sofía Martínez Hurtado, restauradora de Noema Restauradores. Asegura que el revestimiento de yeso de los muros no parece ser el revestimiento original de las fábricas del claustro. También indica que en los años sesenta se realizaron importantes obras de reformas en las que se usaron morteros de cemento para los muros. Esto ha “dificultado la transpiración de sus fábricas y la acumulación de sales que disgregan internamente sus materiales y afloran al exterior”. Es decir, la pintura ni siquiera llegó a tocar los muros de fábrica original. También comprobaron cómo los colores usados por PichiAvo eran “solubles” con alcohol, es decir, se podían “borrar”. Quizá sea más fácil hacer desaparecer un grafiti que la animadversión hacia ellos.

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